Happy Lamento y Endless Tail

¿Nuevas narrativas de la imagen contemporánea? Por Paula López Montero

Me he tomado la libertad de hablar conjuntamente de dos de las películas que me han suscitado más reflexión de la 15 edición del festival de SevillaHappy Lamento (Alexander Kluge, 2018) y Endless tail (Beskrajni rep, Željka Suková, 2018) y que, además, considero que parten de una misma premisa: pensar la cultura de Occidente, su imagen contemporánea y su contenido a través del cuestionamiento de la narrativa hegemónica y la quiebra de la sintaxis cinematográfica que cuestiona las relaciones de tiempo, espacio y sentido a la vez que ponen en intermitencia la relación dialéctica entre las imágenes.

Aunque pueda parecerlo, la aparición de este tipo de filmes de claro carácter experimental e intelectual no es algo novedoso para la corriente cinematográfica de las últimas décadas. En realidad ni las más sonadas películas de corte experimento-intelectual como son Adiós al lenguaje (Adieu au langage, Jean Luc Godard, 2014) ni la reciente El libro de imágenes (Le livre d’image, Jean Luc Godard, 2018) vienen a corromper de una forma súbita la tradición cinematográfica. No, se puede decir que desde los años cincuenta en adelante –con especial atención a los filmes tras Mayo del 68- ha ido apareciendo toda una oleada de cineastas que trataron de buscar y repensar a través del lenguaje cinematográfico, nuevas narrativas que pusieran en suspenso nuestra realidad y relación política con las imágenes. De hecho, me atrevería a decir que el cine experimental en vez de haber ido in crescendo, se puede apreciar cierto diminuendo, lo cual, bajo mi punto de vista, vociferaría la ciega y opaca emancipación de la era millennial respecto a su contexto e imagen y el escaso margen que deja la persecución por el novum. En este sentido creo que tanto Happy Lamento como Endless tail ejercen más que la innovación, la resistencia. Una resistencia, un pulso que tratan de mantener los artistas e intelectuales respecto al tsunami y verborrea hegemónicos que ponga en duda la capacidad de esta imagen de hacernos libres de pensamiento y acción y nos ofrezcan una alternativa que, mediante la alusión y dialéctica de las imágenes aparentemente inconexas con nuestro contexto, despierte la conciencia del espectador y se active su asociacionismo reflexivo.

Happy Lamento (1)

Happy Lamento

Happy Lamento. Alexander Kluge, Alemania, 2018

Se puede decir que, también desde los 80, la radicalidad del cine de Alexander Kluge ha perdido cierto interés. Pero considero que en Happy Lamento – ahora que se cumplen diez años de la que ha sido su última gran obra como es News from Ideological Antiquity: Marx/Eisenstein/Capital (Nachrichten aus der ideologischen Antike: Marx/Eisenstein/Das Kapital, 2008) una reinvención del proyecto inacabado de Eisenstein de filmar El Capital de Karl Marx- vuelve a tomar las riendas de ese cine comprometido, independiente, disyuntivo y distante, de claro corte antiestético del que abogan sus mejores filmes como son Una mujer sin historia (Abschied von gestern, 1966), Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos (Die Artisten in der Zirkuskuppel: ratlos, 1968) o Trabajo ocasional de una esclava (Gelegenheitsarbeit einer sklavin, 1973) de la que, por cierto, habla con profundidad e inteligencia mi compañero Ignasi Mena. Happy Lamento, “lamento feliz”, [por cierto, recalco la curiosidad del lamento aludido en este filme y la reflexión sobre la pena social representada en Pity (Babis Makridis, 2018)] auna algunas de las premisas de las que parte la renovación del cine alemán de Kluge. El cineasta se fija con atención y reiteración en la fragmentariedad de la imagen; en el mundo del circo y el espectáculo de masas, a la par que trae a colación imágenes de archivo políticas de Trump o de Hitler, el conflicto Israel-Palestina, el de Sudán, el de los refugiados; que reflexiona sobre la relación del cinematógrafo de Edison con la invención de la luz y con los experimentos de electrocución de elefante en el filme que produce: Electrocuting an elephant (Edwin S. Porter y James Blair Smith, 1903); además de aludir al triunfo del capitalismo derrocando a la monstruosidad y resistencia King Kong. Todo ello bajo la reiteración de las múltiples versiones de la única canción que compone la banda sonora del filme, Blue moon (Richard Rodgers, 1934), que fue interpretada entre otros por Billie Holiday, Elvis Presley, Frank Sinatra, The Marcels, etc., cuya letra alude constantemente a esa cara de la luna que quizá algún día podamos ver, un lamento feliz puesto que, a pesar de conocer la existencia de esta cara, preferimos lamentarnos desde la distancia más que del conocimiento. Y esta es la relación y reflexión que ronda constantemente Alexander Kluge al tiempo que introduce imágenes de ese otro lado del mundo, Manila que –recreadas desde la ficción- ofrecen el contrapunto antiestético del film como intento de liberar al lenguaje de su sintaxis. Porque sólo siendo “antibonito” puede uno emanciparse de esa estructura del lenguaje.

Me sigue pareciendo meritorio el poder de evocación dialéctica del cineasta mediante el cual saca a flote, desde el imaginario reconocible de los espectadores y desde su cotidianeidad y tipificación, esos atisbos de reflexión en la que el espectador acaba encontrando genuinidad y, precisamente, la otra cara de la moneda, el blue moon. Que duda cabe que el cine de Kluge fue creado como provocación a la par que como reflexión sobre los movimientos y cambios más importantes del siglo XX o el acercamiento a los discursos marginales como fueron, en su día, el feminismo y la lucha obrera. Considero que Happy Lamento habla por y para el intelectual adormilado en los vaivenes de la imagen periodístico-televisiva tratando de sacar de su mansedumbre algún atisbo revolucionario que, más que excitación por ver algo innovador, se sume al barco de la resistencia cinematográfica que rema a contracorriente del relato y discurso típico.

Happy Lamento 2018

Happy Lamento

Endless Tail (Beskrajni rep). Zeljka Sukova, Croacia, 2018

Fuera de convencionalismos se encuentra, asimismo, Endless Tail de la cineasta croata Željka Suková, cuyos anteriores títulos han pasado casi desapercibidos incluso para el circuito minoritario como son Marija’s Own (2011) –que tuvo un silencioso estreno en Toronto y Karlovy Vary-, Zima/Zázrak (2012) o Český žurnál: Obnažený národ (2013) y que, sin embargo, a mi parecer, guardan mucha imaginación e inteligencia. Partiendo del imaginario y juego familiar –esta cinta es un video casero hecho para la prolongación de la voz de su círculo familiar- que nos deja ver como arranque del filme unos dibujos de los hijos de la directora, introducidos con unos rótulos, coloridos y un uso de los sonidos y de la música que recuerdan a los de la cineasta checa Vera Chytilova – Las margaritas (Sedmikrásky, 1966), We Eat the Fruit of the Trees of Paradise (Ovoce stromu rajských jíme, 1970), Hra o jablko  (1977)-, Željka Suková va dejando fluir ese juego de infancia en donde los saltos temporales, el espacio y el sentido quedan en suspenso en detrimento del divertimento y la capacidad imaginativa. Sin embargo, a pesar de ser un juego, en este juego hay enganches a los que el espectador se suma y acaba vehiculado, como si del juego de la oca se tratara, hacia una reflexión sobre el movimiento, las migraciones y la crisis de los refugiados que plantean, desde un universo infantil, una salida fuera de toda esa tertulia barata y partidista. A medio camino entre la vulgaridad profana de un campo en medio de la nada y de lo sagrado de un cementerio, Suková traza un cauce por el que sus hijos van navegando, jugando a su vez, como buena cineasta experimental e ingeniosa, con el aguante del espectador ante un filme aparentemente sinsentido, en una cinta casera en la que uno se mete sin saber muy bien qué hay de valioso en aquellas imágenes que sólo cobran sentido en la identidad familiar.

Como defensora del riesgo y siendo consciente del escaso margen que le quedan a la experimentación intelectual que no caiga en otra reflexión sobre la construcción y el lenguaje, en una demolición permanente de los discursos de Occidente -pongo por caso La casa de Jack (The House That Jack Built, Lars Von Trier, 2018)- como conciencia de un intelectual de la alta esfera al que solo le queda demoler y demoler sobre los vestigios del lenguaje, me parece que apostar y probar con el aparente sinsentido de este tipo de filmes para cuestionar la posición del espectador en el cine, a la par que apela a su comodidad y a su relación política con las imágenes en detrimento de la búsqueda continua de lo nuevo, dan a pensar que aún, en el terreno del arte, queda mucho por hacer, deshacer, discutir y replantear.

 Endless Tail

 Endless Tail

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