Under the Silver Lake

It Smells Like Teen Spirit Por Martín Cuesta

El pantano Silver Lake, en Los Ángeles, es un depósito de agua que provee aproximadamente a 600.000 personas de la parte sur de la ciudad, un área en el que se encuentran, entre otros, espacios tan conocidos como Culver City, Santa Mónica, Beverly Hills y, por supuesto, Hollywood. Es, por tanto, la fuente de la que beben las estrellas y también los que aspiran a formar parte de ese firmamento.

Sam, el protagonista de la nueva película de David Robert Mitchell, podría ser uno de esos aspirantes al estrellato, aunque en realidad, y no casualmente, nunca llegamos a saber cuáles son sus objetivos profesionales. Sam sobrevive, pasivamente, en uno de esos apartamentos que podrían haber dado cobijo a Philip Marlowe o Sam Spade y que forman parte del contexto cultural que un casi siglo de novelas y cine negro han edificado en nuestro subconsciente. Quizás el propio nombre del héroe de la función haga referencia al detective privado creado por Dashiell Hamett. No sería extraño, porque si intentamos definir Under the Silver Lake con pocas palabras, con algún término concreto que sirviera de pista a nuestros lectores, deberíamos usar sin duda el de enciclopedia de referencias, el de catálogo pop, una panoplia de imágenes y sonidos que va de la Vidas Rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston al Vertigo (1958) de Hitchcock, de El Gran Lebowsky (The Big Lebowski, 1998) de los Coen al Mulholland Drive (2001) de David Lynch.

Quizás con esta última es con la que se establecen los vínculos más consistentes dentro del film de David Robert Mitchell, no por el tono alucinado de su relato, que aquí es más lisérgico que puramente onírico, sino por el trasfondo de ambas cintas, lo que subyace bajo su engañosa superficie, esto es, la desesperanza crónica de los que han sido apartados del país de los sueños, de los sustitutos, de los que tienen que buscar pagar sus facturas mensuales trabajando como escorts, trapicheando con drogas, asistiendo a fiestas absurdas con la esperanza de que algún tipo que maneja los engranajes de esa maquinaria se fije en ellos.

 Under the Silver Lake

Precisamente en ese mecanicismo hollywoodiense merece la pena detenerse un instante para mencionar otra de las claves de Under the Silver Lake y su relación con la opus magna del amigo Lynch. Si en aquella se aludía al carácter industrial e insondable de la maquinaria que movía los hilos de la capital del cine, la de Robert Mitchell cita a la cultura pop como el envoltorio, el disfraz que envuelve todo. En ambas existe el misterio, claro, pero aquí el rompecabezas está en lo que vemos cada día: la caja de cereales del desayuno, la inane canción que suena en la radio fórmula de moda, en los anuncios que vemos en la prensa o en la televisión. Todo este universo de sonidos e imágenes que nos envuelve con su eco infinito guarda quizás la clave para poder desentrañar sus secretos, si lo hacemos quizás podríamos dejar de ser los losers que somos.

Es así, como un estudio sobre la soledad, la apatía y la derrota, sobre la cara-b del país de La La Land ( Damien Chazelle, 2016) como hay que leer el marciano largometraje de Mitchell, pese a la apariencia de filme detectivesco pasado de rosca que adopta exteriormente. Tampoco queremos decir, ciñéndonos a la sinopsis, que la búsqueda por parte del protagonista de su amiga desaparecida sea una mera excusa narrativa sin ningún interés, que esté elegida casualmente. Más bien su investigación incide en su tema central, la plena dedicación a encontrar a alguien a quien acabamos de conocer indica hasta qué punto son frágiles los lazos que se establecen en este mundo preñado de inseguridad, donde todo es líquido y fugaz.

El lector podría pensar que David Robert Mitchell abandona en esta su tercera película su estudio sobre la adolescencia, pero, en realidad, solo va un paso más allá, retratando adolescentes que biológicamente han dejado de serlo pero que persisten en vivir persiguiendo unas fantasías que jamás alcanzarán. El mal olor que desprende Sam y que todos los personajes con los que se cruza se encargan de recordarle es así, ni más ni menos, el único olor que no se permite en el país de las estrellas, el olor del absoluto fracaso.

Under the Silver Lake Andrew Garfield

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