#SEFF2019: CODA

Reflexiones finales Por Ignacio Pablo Rico

Europa se desmorona, o mejor dicho, comenzamos, demasiado tarde, a hacernos conscientes de ello. Hace más de quince años, Manoel de Oliveira nos instaba con Una película hablada (Um filme falado, 2003) a confrontar con actitud crítica la Historia antigua del continente. En sus conclusiones, Oliveira presagiaba el advenimiento de una nueva Edad Media. En términos similares, recién amanecido el siglo, el Zishe Breitbart de Invencible (Invincible, Werner Herzog, 2001) intentaba transmitir a sus vecinos, desesperado, la profecía ominosa que habían revelado sus sueños. A punto de finalizar la década, tiñen de rojo el horizonte la amenaza de una nueva recesión, el auge de populismos de raíz autoritaria e incompatibles con el legado de la Ilustración, guerras casi silenciosas pero aún activas, o formas de violencia terrorista inéditas en gran parte de nuestras sociedades. Si hay algo común a la mayoría de las películas programadas en el SEFF 2019, es la reacción a un estado de las cosas. Durante estas jornadas, las maniobras posmodernas de escapismo, la irresponsabilidad cínica o el derrotismo apenas han tenido cabida. Ha habido, claro, excepciones: miradas proyectadas desde lo sombrío. Al sugerente fatalismo poético de Arima (Jaione Camborda, 2019) se le opone el naturalismo —entiéndase con la carga semántica decimonónica— superfluo de County Lines (Henry Blake, 2019). Esta última acaso sea la obra más arrogante descubierta estos días. Blake priva de toda libertad a los protagonistas, presos de un devenir atroz, sin que exista la opción de rebelarse… excepto cuando el cineasta decide que no tienen otra salida. Distinto es el caso de El monstruo de St. Pauli (Der Goldene Handschuh, 2019), ya que si bien Fatih Akin nos presenta a una galería de seres castigados por la Historia alemana del siglo XX, cuya voluntad se halla subyugada al alcohol, la amargura del turco responde a unos intereses diáfanos. La exhibición de miserias plasmada por Akin desvela la voluntad de hacer de la crónica negra una auténtica Historia alternativa a la oficial.

Pero, como decíamos, esta no ha sido la tónica habitual. Los últimos filmes de Jean-Pierre y Luc Dardenne —El joven Ahmed (Le jeune Ahmed, 2019)— y Robert Guédiguian —Gloria Mundi (2019)— abandonan, respectivamente, el determinismo asfixiante y el panfleto «tardosesentayochista» por el humanismo, es decir: la confianza en el individuo y sus posibilidades más allá de lo opresivo de entornos y circunstancias. Por su parte, Valentyn Vasyanovych, con su poderosa Atlantis (2019), se planta ante el horror sin apartar la mirada y asumiendo que hay caminos que ya es demasiado tarde para desandar, pero ofrece una obra extrañamente luminosa en forma de canto a los trabajos y los días —en un sentido casi bíblico—. Si Vasyanovych deposita su esperanza en el porvenir, Alexandr Zolotukhin, quien debuta con A Russian Youth (Malchik Russkiy, 2019), recupera de la Primera Guerra Mundial una candidez del espíritu —a la que 1918 pondría punto y final— con el objetivo de traerla a nuestros tiempos. Que Sinónimos (Synonyms, Nadav Lapid, 2019) baje el telón, significativamente, con una puerta cerrada ante los golpes imperiosos del protagonista —un ex soldado israelí en París—, no impide que elaboremos un par de escenas que nos hablan de la redefinición del European Dream a partir de una perspectiva foránea. La épica pertenece hoy, definitivamente, al emigrante: en una escena, el héroe tira abajo simbólicamente «las fronteras», para escándalo de las autoridades; en otra, individuos de diversas procedencias cantan la Marsellesa con heterogeneidad de acentos y entonaciones.

 Atlantis SEFF 2019

Atlantis

Si las películas mencionadas reflexionan sobre la reconstrucción/reconfiguración de un territorio entendido como hogar tanto para los nacidos en él como para quienes provienen de realidades divergentes, otras conciben a modo de horizonte únicamente la migración perpetua, pues Europa es incapaz de colmar los deseos y ansiedades de quienes esperan algo de ella. Si las mujeres y hombres expulsados de la corte de Luis XVI en Liberté (Albert Serra, 2019) se hallan condenados a refugiarse en una poética y «des-temporalizada» espesura nocturna para llevar a cabo sus fantasías de placer y dolor, la dimensión del bosque en Twin Flower (Fiore Gemello, Laura Luchetti) es directamente utópica; sus personajes se internan entre los árboles la última vez que los vemos, pero la cámara no va tras ellos, atrapada en la única triste realidad que puede concebir. El soldado de Encantamiento (Tlamess, Ala Eddine Slim, 2019) no solamente deja atrás su empleo y su ciudad natal: también su identidad. Fábula de tintes mágicos, esta coproducción tunecino-francesa imagina una radical revolución espiritual como salida a la vía muerta de la contemporaneidad — lectura, por cierto, asimilable a la de Juana de Arco (Jeanne [Joan of Arc], Bruno Dumont, 2019)—. Marco Bellocchio hace de Tommaso Buscetta otro hombre sin hogar, exiliado de su añorada Palermo entregado a un perpetuo vagar. Su gesto heroico final tampoco puede procurarle el regreso deseado, y le deja como emotivo consuelo celebrar junto a sus seres queridos un cumpleaños cantando, micrófono en mano, la nostálgica «Historia de un amor». El álter ego de Abel Ferrara en Tommaso (2019), en cambio, efectúa el camino inverso. Es un cineasta estadounidense que pretende encontrar el equilibrio personal y creativo en la Italia que vio nacer a sus padres. Su vivencia de Roma resulta agridulce, pues la idealización cultural con la que carga es uno de los problemas que abocarán al desastre su armonía familiar. Como la Jade de Dirty God (Sacha Polak, 2019), Tommaso lidia con el peligro acechante de convertirse en un exiliado de sí mismo, de su entorno inmediato.

 Encantamiento SEFF 2019

Encantamiento

El viaje, entendido en tanto peripecia que comienza con una ida y culmina con un regreso —concepto sobre el que se cimentan las más relevantes narrativas europeas originarias—, ha ocupado no pocos minutos en este SEFF 2019, si bien sirviéndose de mecanismos alejados del cine de aventuras. La famosa invasión de los osos en Sicilia (La fameuse invasion des ours en Sicile, Lorenzo Mattotti, 2019) cuenta cómo un ejército úrsido abandona sus montañas natales para reclamar a los hombres una cría secuestrada. Como en la Ilíada, un rapto deriva en conflicto bélico y, finalmente, en conquista y fundación de una nueva civilización. Los vicios de la modernidad terminarán recordándole a los osos cuál es su hogar natural; nadie puede ofrecerles la protección que hallarán resguardados en sus cuevas. Madre (Rodrigo Sorogoyen, 2019) es, en un sentido bien distinto, también la historia de un viaje. Elena ha llegado a la playa donde su hijo desapareció. Sin embargo, ese espacio que parece solamente existir en verano —la estación del tiempo suspendido— es fundamentalmente un limbo emocional del que, antes o después, ha de retornar. La inefable travesía del policía rumano Cristi a las Canarias en La Gomera (Les siffleurs, Corneliu Porumboiu, 2019) resulta, sobre todo, de orden lingüístico: se despoja del engaño y las dobleces de la lengua hablada, y vuelve a Bucarest transformado en otro -en términos poéticos-, comunicándose mediante los silbidos que usaban los guanches. La excursión que tiene lugar Family Romance, LLC (2019) no tiene lugar en el terreno de la ficción: es la de su propio director, Werner Herzog. Durante su última estadía en Japón, rodó una serie de materiales que le han servido para urdir este largometraje. Indudablemente, buena parte de las observaciones sociológicas del autor alemán responden exclusivamente a la actualidad cultural del país asiático. Pero asimismo, resulta evidente que Herzog ve en Japón tanto la máxima expresión de nuestra «edad del simulacro», como de una noción evolutiva de la sociedad basada en el progreso tecnológico. Family Romance, LLC tiene algo de advertencia al conjunto del mundo desarrollado, trascendiendo toda frontera nacional o continental para alertar acerca de la inminente pérdida de la «verdad» de nuestras redes afectivas —tema central de la discreta Little Joe (Jessica Hausner, 2019)—, aquello que nos permite seguir entendiéndonos como seres humanos. En definitiva, si pudiésemos sintetizar la diversidad de tendencias, registros y enfoques que nos ha brindado el SEFF 2019, optamos por aludir a la tensión entre los procesos de deshumanización y «rehumanización» de una Europa en crisis. El cine ni puede, ni pretende ofrecer soluciones, pero sigue demostrándonos, en los mejores casos, la capacidad de las imágenes para pensar la realidad, sus límites y posibilidades para nosotros.

Las cinco favoritas

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