#SEFF2019: Liberté, El joven Ahmed, Little Joe, Sobre lo infinito y Dios existe, su nombre es Petrunya

Parte I Por Ignacio Pablo Rico

Liberté (Albert Serra, 2019). Sección Oficial.

En el último plano de La muerte de Luis XIV (La Mort de Louis XIV, Albert Serra, 2016), el responsable de la autopsia del monarca fallecido espeta a la cámara: «Señores, la próxima vez lo haremos mejor». Liberté, película de época en las antípodas literales del filme previo del director, es esa «próxima vez». Si Saló, o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giomate di Sodoma, Pier Paolo Pasolini, 1975) y El imperio de los sentidos (Ai no korîda, Nagisa Oshima, 1976) no fueran prácticamente clásicos populares a día de hoy, podríamos hablar de un largometraje provocativo. La representación del sexo entre libertinos, en una serie de encuentros donde se confunden el placer y el dolor, no es atrevida por su explicitud visual o verbal, sino por una plasmación más cercana a la lujuria feísta de Tinto Brass que a los muchos referentes hipsters que la imagen pornográfica nos ha legado en años recientes. Serra cincela material de derribo para plantear una nueva obra sobre el intento, inevitablemente condenado a la decepción, de transgredir los límites del cine. Una orgía nocturna en el bosque pretende anular, éxtasis mediante, todo rol y categoría entre sus participantes; el esfuerzo, en el fondo, es vano. El filme termina por ser un ejercicio sobre la esencia de lo cinematográfico: la subjetividad inevitable de la mirada, la línea divisoria entre sujetos y objetos. Liberté ahonda en jerarquías existenciales y audiovisuales inquebrantables, y alude a la potencialidad mágica de abolirlas momentáneamente. La noche sirve como espacio poético donde muere el tempo fílmico y todo se hace (aparentemente) posible.

 Liberté

El joven Ahmed (Le Jeune Ahmed, Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2019). Selección EFA.

A partir del estreno de El silencio de Lorna (Le silence de Lorna, 2008) se han operado importantes cambios en el quehacer de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, desde lo que respecta a su relación con los géneros narrativos hasta su perspectiva de lo dramático. En El joven Ahmed vuelve a confirmarse el abandono de su determinismo marxista —que, tan a menudo, asfixiaba relatos y personajes en una visión autárquica de «lo real»—, así como el renovado interés por la fe en las posibilidades del individuo. De este humanismo —heredero, en el fondo, de un cineasta tan admirado por los belgas como es Charles Chaplin— surge el plano que cierra El joven Ahmed, el cual apela no tanto a la redención como a la recuperación de una pureza esencial; esa misma fitrah que, como todo musulmán, Ahmed persigue en nombre de Allah. Los Dardenne no intentan, afortunadamente, explicar un fenómeno tan complejo como la radicalización yihadista: en el filme, esta parece formar parte del enigmático angst adolescente. En consonancia con ello, más allá de veraces pinceladas a propósito de la presencia del islam en la Europa contemporánea, lo que cuenta El joven Ahmed va más allá de un contexto sociocultural concreto, y se postula en última instancia como historia acerca de la transición de la niñez a la adolescencia, y la impotencia de las instituciones para canalizar los arrolladores impulsos de la pubertad. Acaso el trabajo más depurado visualmente del tándem hasta la fecha, los movimientos de cámara establecen con precisión encomiable las complejas relaciones —en ocasiones, tensas o ciegamente jerarquizadas— entre Ahmed y su entorno.

 Joven Ahmed

Little Joe (Jessica Hausner, 2019). Sección Oficial.

La incursión más rotunda de Jessica Hausner en el fantástico, Little Joe, depende de manera manifiesta del cine de David Cronenberg; concretamente de Vinieron de dentro de… (Shivers, 1975). Pero si en la película del canadiense los instintos reprimidos eran liberados, aquí ocurre precisamente lo contrario: una flor genéticamente modificada es capaz, con su polen, de convertir a los individuos en simulacros de sí mismos. Sin embargo, el discurso de Little Joe acerca de la felicidad entendida hoy como producto balsámico tiene un vuelo corto en las imágenes. En los primeros segundos, Hausner ha dicho todo lo que pretendía: la cámara de vigilancia recorre un invernadero, mientras el jefe del proyecto detalla las características del mismo. Este sesgo explicativo —asumido con cierta distancia irónica, que en ocasiones se desliza hacia la socarronería— marca las pautas de un relato que nace agotado, dependiente en exceso de su modelo, y que fracasa cuando pretende jugar con las percepciones parciales de la realidad. Un trabajo fallido, finalmente, aunque no desdeñable. Destacamos esos travellings que la realizadora utiliza indistintamente, con calculada frialdad expositiva, para filmar tanto las macetas como a un conjunto humano hierático, caracterizado físicamente —desde lo cromático al lenguaje corporal— como si fuese parte de la flora.

 Little Joe

Sobre lo infinito (Om det oändliga, Roy Andersson, 2019). Sección Oficial.

Tal vez Sobre lo infinito nos brinde la mejor ocasión para abordar lo mucho que se ha sobrevalorado a un director estimulante, pero lejos de la grandeza, como Roy Andersson. El autor de las recomendables Canciones del segundo piso (Sånger från andra våningen, 2000) o Una paloma se sentó a reflexionar en una rama sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014) vuelve a dar una lección de rigor cinematográfico a través de un encomiable trabajo escenográfico y una labor de fotografía —a cargo de un colaborador habitual, Gergely Pálos— que halla matices asombrosos entre tonos ocres y pastel. En mayor medida que nunca, y siendo esta su producción más ambiciosa artísticamente hasta la fecha, Andersson nos demuestra el escaso alcance de sus alardes meditativos. Se suceden una serie de estampas que alternan lo histórico —con un efectismo irritante, por cierto— y lo cotidiano; siendo alguna de ellas ingeniosas, en la mayor parte de los casos resultan tan poco sugerentes como esas cadenas de Power Points sobre lo bello o lo triste de la vida que estuvieron en boga durante los primeros 2000. Hay excepciones, por supuesto: en contados instantes, con efectivo sentido del humor, Andersson alcanza a vislumbrar los absurdos y maravillas que se repliegan en nuestro día a día.

Sobre lo infinito

Dios existe, su nombre es Petrunya (Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija, Teona Strugar Mitevska, 2019). Sección Oficial.

Teona Strugar Mitevska escribe, en Dios existe, su nombre es Petrunya, a una heroína inusual, de rasgos fascinantes: Petrunya es una millennial orgullosa hasta la arrogancia, descuidada consigo misma y con su entorno, que gracias a un impulso irreflexivo se convertirá en una suerte de Antígona de la Macedonia del siglo XXI. Este arrojo hará de ella un icono mediático, aun cuando no había detrás de su acto intención alguna. De esta premisa se deriva una narración acerca del peso abrumador de las tradiciones, susceptibles de poner en jaque el marco legal de un Estado de Derecho. Desgraciadamente, Mitevska exhibe mayor motivación por halagar la sensibilidad de ciertos públicos que por mantener una coherencia en el complejo desarrollo de los acontecimientos. Así pues, no duda en otorgarle la razón a un personaje de rasgos tan problemáticos como el de Slavica, una periodista que desea urdir, a partir del arresto de Petrunya, un relato amarillista, cuyos tintes feministas se antojan antes oportunistas que sinceros. Este talante demagógico, sumado a un pulso que languidece a medida que el metraje avanza, terminan por emborronar los apreciables rasgos que manifestaba Dios existe, su nombre es Petrunya en un principio.

dieu-existe-son-nom-est-petrunya

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] esta no ha sido la tónica habitual. Los últimos filmes de Jean-Pierre y Luc Dardenne —El joven Ahmed (Le jeune Ahmed, 2019)— y Robert Guédiguian —Gloria Mundi (2019)— abandonan, […]

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