Fordlandia Malaise

Fantasmagoría Por Damián Bender

Hay un pequeño —gran— problema con el pensamiento utópico de cualquier orden: para poder llevarlo a cabo con efectividad todos los involucrados deben estar en la misma página. Cada uno de los implicados tiene que creer en la posibilidad de realización de este pensamiento para trabajar fervientemente en pos de él. Todos los valores deben alinearse, las diferencias deben difuminarse o desaparecer completamente de forma que todos tiren para el mismo lado. Por desgracia, el mundo es más complejo que la más simple de las utopías. Las diferencias son parte de la idiosincrasia de cualquier sociedad, la divergencia se hace presente en todo tipo de tema, sea económico, social o artístico. Las sociedades, entonces, buscan establecer consensos, ideas en las que todos estén más o menos de acuerdo y que faciliten la convivencia a pesar de la diversidad de opiniones. Estos sistemas distan de ser perfectos, pero subsisten gracias a estos acuerdos tácitos. Cuando se pasa de estos conceptos y se busca imponer una matriz de pensamiento por la fuerza, se desata una especie de regla proporcional: cuanto más dura la imposición, más fuerte la resistencia. Incluso en aparente docilidad esta resistencia late, se acumula y, eventualmente, se hace manifiesta.

 Forlandia Malaise

Estas dinámicas de imposición y resistencia tuvieron su lugar en Fordlandia, un pueblo ubicado en el corazón de la selva amazónica que fue construido por un magnate que jamás se estableció en esas latitudes. La ciudadela de Henry Ford aspiraba a explotar los recursos naturales de la región para la producción de caucho natural, para cubrir la demanda de este material dentro del entramado empresarial de Ford y asegurar una total independencia de los países europeos que en ese entonces le proveían del material y fijaban los precios. Pero además, Fordlandia se presentaba como un lugar en el que cimentar las bases de una sociedad que siga los valores que su fundador consideraba fundamentales. Una sociedad que siguiera los valores estadounidenses dentro de una matriz productiva que apuntase al progreso. Fordlandia Malaise, mediometraje de la directora portuguesa Susana de Sousa Dias, es un reflejo del fracaso del proyecto fordista, de cómo la imposición de una cultura foránea sobre la autóctona genera resistencias, tensiones que en el caso de este asentamiento, culminaron en un absoluto abandono.

Este enfrentamiento es en principio introducido a partir de la interacción entre la imagen y el sonido. La primera parte del filme trabaja principalmente con material de archivo. Fotografías y pequeños fragmentos de imágenes en movimiento que se reproducen en distintas velocidades ocupan la pantalla, mostrando la quema del terreno para preparar la construcción, los primeros asentamientos, la combinación de estadounidenses y nativos que conformaban la población de Fordlandia. El tratamiento de este material es tan simbólico como lúdico: el montaje de las imágenes adquiere un carácter rítmico con el objetivo de seguir a la música. La samba y la batucada típica de Brasil marcan el pulso, un pulso que con el paso del tiempo se vuelve más rápido y vertiginoso, acelerando el montaje en una sinergia representativa del arrasamiento geográfico y el choque cultural que tuvo lugar en esas tierras. La fuerza percusiva tan características de la música brasileña, su pulso cada vez más intenso, engulle a las imágenes de la colonización y las arrastra con una fuerza gravitatoria sintomática de lo que estaba por venir.

¿Qué estaba por venir? La confrontación, la retirada y el abandono. El paso del tiempo condenando al proyecto de utopía a la quietud y la agonía. La representación de la decadencia del proyecto fordista es trabajada a partir de la independencia entre lo que vemos y escuchamos. Susana de Sousa Dias recorre los territorios arrumbados de Fordlandia desde el llano y desde la altura, explora cada espacio y muestra su vacío. La utilización del blanco y negro en perjuicio de las imágenes en color retrata estos espacios como si estuvieran congelados en el tiempo, en una dualidad pasado-presente que transforma cada construcción en una entidad fantasmagórica. El método de registro de las imágenes se antoja clave: posiblemente estemos ante uno de los mejores usos del drone como vehículo expresivo en su breve historia en el mundo cinematográfico. La directora aprovecha la practicidad del aparato y sobre todo su mecánica precisión para generar una sensación de irrealidad permanente. Lo que caracteriza a un plano panorámico realizado con un drone de uno realizado por un camarógrafo en un helicóptero es la naturaleza de su movimiento, mucho más preciso y recto en su trayectoria, más perfecto y por lo tanto menos orgánico. Esta cadencia marcada por la exactitud es la que el espectador reconoce y muchas veces rechaza por sentirse artificial. Fordlandia Malaise hace de esta característica una virtud: la precisión del drone realza la quietud fantasmagórica de los espacios, cada desplazamiento cenital se asemeja más a un recorrido por una fotografía que a un desplazamiento físico por un espacio real. Aunque el diseño sonoro o una motocicleta en movimiento nos indiquen que estamos ante imágenes en movimiento, la perfecta traslación de la cámara aunada a la textura del blanco y negro dan la sensación de estar ante un “efecto Ken Burns”, un movimiento de cámara sobre una vieja fotografía de una naturaleza muerta.

 Fordlandia Malaise 2

Mientras la imagen del pasado perdido colisiona con los sonidos del presente, Fordlandia Malaise le da voz a la gente que sigue allí, a pesar del abandono de estadounidenses y brasileños por igual. En estos testimonios —que se hacen presentes solamente en audio y no en imagen— se encuentra la clave del conflicto: el choque cultural. Los acólitos de Ford buscaron imponer sobre los habitantes nativos una forma de vida y una visión moral que no se condice con la forma de ser de la gente del Amazonas. La sumisión inicial no tardó en transformarse en resistencia, y los conflictos terminaron por consumar un fracaso tanto social —al no poder establecer los valores fordianos en la población, lo que llevó a revueltas permanentes— como económico —la producción de caucho natural se volvió inútil con la invención del caucho sintético pocos años después del asentamiento de Fordlandia— que culminó con el éxodo de los estadounidenses y el posterior abandono del establecimiento por parte de ciudadanos y autoridades. De esta manera, Fordlandia se convirtió en el territorio fantasmal que es actualmente: un pueblo que ya no tiene rastro de sus habitantes originales ni de sus propósitos en la región, y que para los propios brasileños se percibe como ajeno, como un elemento foráneo susceptible a las maldiciones y leyendas de la particular mitología amazónica. Leyendas que terminan de definir el carácter fantasmal de Fordlandia en la actualidad.

El gran mérito de la obra de Susana de Sousa Dias reside en poder manifestar este choque de culturas y las secuelas de la imposición de la utopía fordista en la población amazónica, a partir de los elementos audiovisuales. El uso de las características físicas del drone para incrementar la sensación de irrealidad, el blanco y negro que ancla las imágenes en un pasado remoto que contrasta con la claridad y definición del diseño sonoro que remiten a la actualidad, las historias y testimonios que brindan el marco humano ausente desde lo visual. Esta combinación de elementos conforma un resultado audiovisual capaz de capturar la esencia del lugar que está retratando. Ese espíritu que late en Fordlandia y que parece esconderse en ese plano final que asciende y pasa del blanco y negro al color. Que nos devuelve al aquí y ahora para mirar hacia un horizonte silvestre, repleto de selva y río en el que a alguien se le ocurrió plantar un pedazo de cosmovisión importada como si se tratase de algún producto manufacturado listo para su utilización. Sin pensar en lo que latía en su interior.

TRAILER:

Fordlandia Malaise – Trailer from Kintop on Vimeo.

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