La Belle Indifference y Half-sister

Karlovy Vary 5: La crisis que no se cierra Por Pablo Sánchez Blasco

La película turca La belle indifference (Küçük şeyler, 2019) y la eslovena Half-sister (Polsestra, 2019) supusieron el regreso de sus directores a la Sección Oficial y a la vez acabaron constituyendo el mejor prototipo de esta edición: descripciones realistas de los problemas sociales y familiares de la clase media, con preferencia por cinematografías del centro o el este de Europa, películas sólidas y rigurosas en cuanto a su forma pero a la vez aliviadas por un sentido del humor próximo, capaz de generar empatía en los espectadores y lanzar un posicionamiento claro sobre la progresiva incomunicación entre las personas y la consecuente deriva de las relaciones humanas.

El amo de casa

 La belle indifference

El director turco Kıvanç Sezer continúa en La belle indifference (Küçük şeyler, 2019) lo que se anuncia como una trilogía sobre la sociedad actual turca, el mundo del trabajo y las consecuencias del capitalismo entre sus ciudadanos. Si My father’s wings (Babamın Kanatları, 2016), que también compitió en Karlovy Vary, trataba sobre un obrero que contempla el suicidio para salvar la economía de su familia, esta segunda describe la crisis de otro empleado, en este caso ejecutivo, al ser despedido de su empresa en un recorte de plantilla.

Las contradicciones sociales siguen palpables en este segundo trabajo, aunque Sezer apuesta por expresarlas desde los límites del humor absurdo y las situaciones disparatadas. Se trata de hacer humor desde la pérdida de la razón y de uno mismo, en los dominios de la alienación urbana que ni siquiera es consciente de su densidad. Nada de esto es nuevo, por supuesto, y algunas situaciones –como las técnicas de recursos humanos y las marcianas reuniones de coaching empresarial– suenan a ideas ya sabidas. Sin embargo, el cineasta consigue provocar la carcajada con varios momentos de inspiración surrealista o con algunos diálogos muy ingeniosos, en concreto la escena del taxista o el primer diálogo de la pareja en el restaurante.

Su protagonista se considera el sustento para su esposa y el niño que pronto esperan tener. Vive literalmente de su trabajo, existe debido a su trabajo, y al perderlo, pierde también su masculinidad y su sentido dentro del sistema. Así, el personaje pasa de ser el hombre de la casa a ser el amo del hogar, en una nueva versión, adaptada a los tiempos, de los problemas de un personaje masculino para ocuparse de tareas reservadas, hasta el momento, a la mujer.

Onur no se adapta, y no acepta su nueva condición de parado, porque no acepta tampoco los cambios sucedidos en el mundo laboral en los últimos años. La alienación de este hombre, y por tanto el humor de la obra, manifiesta todavía una visión machista de los modelos sociales que, por ejemplo, se hace visible en el trato condescendiente que utiliza con la entrevistadora o con la coach a la que él mismo ha contratado para que le ayude. Incluso algunos momentos de comedia provocaron más incomodidad que risas entre el público, como cuando Onur intenta tener sexo con su esposa y, al forzarla, esta se da un golpe contra la mesilla; o cuando intenta obligarla a que le escuche y ella tiene que huir tras darle un golpe con el paraguas.

Según avanza el filme, ese humor satírico y sugestivo se va diluyendo en el drama que, a fin de cuentas, nos intenta contar el director. Unas nubes negras se forman alrededor de la urbanización en la que viven los protagonistas. Su edificio se cubre de lluvia y, en el último instante, de una niebla que no permite ver nada más. Si Sezer rebaja el tono inicial de comedia para derivar hacia el melodrama de pareja es porque, en el fondo, ninguno de estos temas le parece digno de risas, o quizá porque no confía en el género para expresarlos de la misma manera. Este desnivel dentro del filme hace que, al repetir un running gag en sus últimos momentos, las risas acudieran casi incrédulas, como un déjà vu de los derroteros marcados por el director en su presentación.

La belle indifference, en definitiva, se muestra muy coherente con el resto de la Sección Oficial, aunque no alcanza el nivel de otras propuestas que también tratan la crisis económica con una mezcla de drama y humor.

El apartamento

 Half-sister

Un leve tono condescendiente, de cierta complacencia, no empaña la eficacia narrativa y emocional de Half-sister (Polsestra, 2019), la propuesta del director esloveno Damjan Kozole, ganador del premio a la Mejor Dirección en la edición de 2016. De hecho, la película fue una de las más aplaudidas en la sala grande de Karlovy Vary y estuvo entre las candidatas al Globo de Cristal hasta los últimos instantes de la gala.

Half-sister cuenta la convivencia forzada en un piso de Liubliana de dos hermanastras que apenas han tenido relación en el pasado. Se trata de dos mujeres duras, endurecidas y acostumbradas al silencio, que, como dijo el cineasta en su presentación, “no se conocen, pero ya se odian” debido al abandono del padre común, a su distinta nacionalidad –una es de madre eslovena, la otra de madre albana– y a la insatisfacción de su lugar en la sociedad del patriarcado.

En lo temático, otra historia de incomunicación quebrada, de miradas atentas y tiempos muertos donde se percibe la huella de la crisis y la economía liberal –ambas comparten habitación porque los precios han subido debido al abuso de Airbnb–, de la xenofobia que se extiende por el centro de Europa y también de la violencia psicológica y sexual contra las mujeres, como representa la trama del divorcio entre Irena y Brane, donde la ley se muestra incapaz de proteger a una mujer indefensa.

Formalmente, el film de Kozole podría ser uno de los más rigurosos vistos en la Sección Oficial junto a Lara (Jan-Ole Gerster, 2019). Concentrando la mayoría de escenas en el interior del piso, el cineasta crea un espacio propicio al intercambio de miradas, al encuentro de puertas entreabiertas, al contraste de costumbres entre las dos hermanastras. Las mujeres de Half-sister parecen vivir siempre en celdas de una cárcel, como el piso de la madre de Irena o como la peluquería en que trabaja esta, siempre a la vista del público, igual que un gran expositor en el que las persianas añaden la categoría de rejas a su estatus social.

Si mencionaba más arriba una cierta condescendencia del filme era porque, alcanzado cierto punto, la narrativa de Half-sister –obviamente destinada al encuentro y la comunicación de las dos mujeres– decide abandonar su rigor y su hermetismo y abrirse a distintas formas de empatía con el público. A través de los diálogos, primero agresivos y utilizados como armas arrojadizas, después irónicos, retorcidos e ingeniosos, el director se aleja de la impostura realista y acepta recursos y tonos más propios de una cinta comercial, de una comedia dramática para todos los públicos.

Mencionaba también en la crítica a La virgen de agosto (2019) de Jonás Trueba que aquella había sido la única película afirmada en positivo de toda la Sección Oficial. Pero algo de ello se aplica también a esta Half-sister, que comienza desde el silencio y la introspección para abrirse a un humanismo simpático y hasta contagioso, como si ciertas exigencias de seriedad estuvieran bien para enumerar las críticas al sistema, pero la confianza en su poder transformativo debiera expresarse de otro modo, desde la propia diversión del espectador y la comodidad con su relato.

Como prueba de esto, cuando aparece la violencia en la parte final, el drama ya ha sido tomado por la comedia, y el momento de mayor tensión se resuelve con un gag cómico tan improbable como satisfactorio. Mientras La belle indifference partía de situaciones humorísticas para alcanzar un extremo que ya había perdido la gracia, Half-sister relaciona el drama con la distancia e iguala humor y sinceridad, fortaleza y comedia para emitir un mensaje optimista sobre las posibilidades de reencuentro en la Europa de hoy.

 

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