Mosaic Portrait y Ode to nothing

Karlovy Vary 6: la presencia asiática Por Pablo Sánchez Blasco

Dos películas muy distintas han representado al cine asiático en la 54º edición de Karlovy Vary. Dos directores muy jóvenes, el chino Yixiang Zhai y la filipina Dwein Baltazar, que han coincidido en su atención a la mujer como centro de la propuesta y, en ambos casos, a mujeres aisladas e incomunicadas, víctimas de la violencia externa y además acostumbradas a serlo entre entornos rurales de pieles ásperas y personajes duros. Dos películas, en resumen, de intención contemplativa, de ritmo lento y cierta exigencia que han puesto una nota distinta a una selección mayoritariamente europea.

El retrato incompleto

 Mosaic Portrait

La joven protagonista de Mosaic Portrait (Ma sai ke shao nv, 2019) de Yixiang Zhai ha quedado embarazada. La chica confiesa que ha sido a la fuerza y, ante la presión del padre por saber un nombre, delata a su profesor del instituto, un hombre divorciado que, hasta ese momento, no había sido objeto de ninguna suspecha. Pero en el pequeño pueblo de Ying no va a desatarse una caza de brujas similar a la de La caza (Jagten, 2012) de Thomas Vinterberg. Todo lo contrario. La policía dice no tener pruebas para acusarle. El instituto encarga una investigación sin ningún resultado. La opinión pública prefiere obviar el conflicto y la chica, la propia afectada, se comporta con una entereza impropia de su nuevo papel como víctima.

En el segundo filme de este joven director chino, la búsqueda de respuestas típica del policiaco deriva en un cuestionamiento de las preguntas de carácter más sociológico. Desde el principio, intuimos que toda pretensión lógica debe abandonarse para disfrutar Mosaic Portrait. Su propio título nos indica las intenciones fragmentarias del cineasta. El objetivo de Yixiang Zhai se dirige hacia la propia conciencia del pueblo, a una indagación del dolor y el daño en la niña semejante, salvando las distancias, y sobre todo las distancias culturales, con el cine de Atom Egoyan o con policiacos intimistas como la serie Top of the lake (2013-2017) de Jane Campion.

La película se suma así a una serie de obras en la última década que cuestionan los métodos del género policíaco desde dentro, atacando el raciocinio como medio de conocimiento incompleto y banal. Pero a la vez es tan potente la raigambre del género que su estructura también sirve para negarla. El policíaco funciona incluso sin nombre del culpable –el primer elemento sobrante, la primera fuente de satisfacción para el lector conformista–, sin estudio de pistas ni proceso deductivo –el periodista Jia se limita a acompañar a la chica, a mirarla de cerca, a intentar comprender su dolor desde fuera– o incluso sin crimen, pues al final solo intuiremos la prueba sutil de su existencia.

Con el periodista Jia como único referente para el público, el misterio transcurre con un tempo lento y contemplativo como si toda pretensión de saber se derramara entre las manos y las imágenes de la película. Porque no se trata de saber, sino de comprender, lo que ocurre. No se trata de responder dudas, sino de preguntar. Y el procedimiento no es una deducción, sino una abducción en el mejor de los casos. Ni siquiera cuando el test de ADN indica otro nombre se dará por resuelta la pregunta de Mosaic Portrait. Según el padre, las pruebas pueden equivocarse. Para las autoridades, tampoco es posible estar seguros.

Mosaic Portrait retrata una China rural todavía atrasada, caracterizada por la rudeza y los prejuicios de la gente adulta y la violencia y la alienación de los jóvenes, influidos por sus videojuegos y por una agresividad estructural que vuelcan hacia cualquiera, especialmente hacia las mujeres. En la segunda parte del filme, la chica es recluida en un centro especial para niñas con problemas donde, en lugar de superar sus lesiones, el trato de los docentes y el aislamiento institucional agravan su estado psicológico. De este modo, este último tercio logra condensar la frustración de sus dos primeros actos hasta materializar el dolor interno en una imagen traumática de sus pesquisas, en una herida final sobre sus imágenes que anuncia el inicio del duelo para la adolescente. O el final de la investigación y la película.

Muertos con vida

 Ode to nothing

Una de las sorpresas de esta edición de Karlovy Vary ha sido el número de películas que han utilizado el sentido del humor para exponer temas graves, para exteriorizar las contradicciones de la sociedad o solo para simpatizar con su público, aligerando la carga de sus propuestas desde una perspectiva irónica y desprejuiciada.

La película filipina Ode to Nothing (Oda sa wala, 2018) de Dwein Baltazar se suma de igual modo a esta estrategia, y lo hace por las tres razones al unísono, llevando al extremo el contraste entre un relato opresivo sobre la soledad de una mujer madura y un humor macabro, sardónico, de tintes muy negros, del que quiso avisar a los asistentes el propio locutor del pase.

La protagonista Sonya vive con la única compañía de su padre en una funeraria de escasa clientela. El dinero se le agota mientras las deudas crecen. Las visitas son casuales e involuntarias. La vida ha perdido su sentido por completo. Hasta que aparece el cadáver anónimo de una anciana a la que va a convertir en su mejor compañía. Sonya la viste y la pinta y la sienta a su mesa y comienza a tratar el cuerpo en descomposición como si fuera una interlocutora privilegiada. De modo que la muerta transmite algo de vitalidad a Sonya y a su padre, mientras estos, dos fantasmas en vida, pueden alargar su amargura durante hora y media de largometraje.

Porque esperanza en Ode to Nothing no hay ninguna. El título no puede ser más apropiado para un homenaje al transcurso vacuo del tiempo, a la tortura de los días sin otro propósito que alcanzar el siguiente. Rodada en formato cuadrado y con una luz tamizada de verdes vegetales, el filme reposa en la pantalla como si fuera una planta que apenas necesitara luz. La convivencia de la mujer viva con la muerta da lugar a secuencias tan tétricas que provocaron risas nerviosas y casi hilarantes entre el público de la sala grande. Cuando aparecen los secundarios, sin embargo, las perspectivas solo empeoran: familiares de fallecidos capaces de llorar por un descuento, vecinos codiciosos, visitantes adúlteros o caseros crueles y con gusto por el ensañamiento que hacen intuir, más allá de la funeraria, un tiempo todavía más inhóspito que el que congelan las estancias de la mansión.

Gabriel García Márquez escribió un relato titulado “El ahogado más hermoso del mundo” con un tema parecido. En aquel, los habitantes de un pueblo recibían del mar un cadáver tan alto y fuerte que se iba convirtiendo en una leyenda colectiva. Las mujeres le otorgaban un nombre, un pasado y una personalidad hasta unir en su abrazo mítico a todos los habitantes del lugar. El proceso de colusión a través de un muerto, de una presencia sin vida, resulta similar a la que intentan Sonya y su padre en Ode to Nothing. Para el hombre, se trata de una réplica de la esposa fallecida. Para la mujer, constituye a la vez una amiga y una confidente, un espejo en quien mirarse y reconocerse, quizá por estar tan muerta como lo está ella.

Sin embargo, el filme de Dwein Baltazar tampoco permite al público participar de esa ilusión, ni siquiera por unos segundos de aburrimiento. A diferencia de la literatura, el cine es tajante en cuanto a las representaciones visuales, y la directora quiere evidenciarnos en todo momento la locura de su personaje. Solo hay un instante, unos cinco minutos de esperanza, donde la fantasía parece superponerse a la realidad y ocurre un milagro, un hecho inaudito que pronto descubriremos como falaz. Y, a partir de ahí, el reencuentro con la nada. La tortura, otra vez. El tiempo que no pasa. El humor como último reducto de la desesperación. La muerte de no estar vivo para nadie más.

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