The Father (Bashtata) y El hombre del futuro

Karlovy Vary 2: De Road Movies paternofiliales Por Pablo Sánchez Blasco

Dos películas de la Sección Oficial han coincidido este año en proponer relatos sobre la incomunicación entre padres e hijos a lo largo de un viaje por carretera. En la primera, galardonada con el Globo de Cristal, el trayecto se convierte en una línea de comunicación capaz de unir dos mundos, dos épocas, dos realidades. Del viaje surge la experiencia y la puesta en valor de las dudas; solo mediante el viaje se puede alcanzar el regreso y algo, quizás, parecido, o algo semejante, a lo que podríamos llamar revelación.

En la segunda película, sin embargo, los itinerarios de sus personajes logran converger a través de un movimiento divergente. La carretera dibuja un laberinto de distancias y en sus retrovisores se difuminan los rostros y los paisajes de los que uno se aleja sin remedio. El viaje, en ocasiones, puede aproximarnos en el espacio, pero el tiempo no se detiene ni admite reducciones.

Mensajes del más allá

 The Father

Lo nuevo de Kristina Grozeva y Petar Valchanov (The Father, 2019) se presenta desde el comienzo como una película cruda, de un realismo abrupto y un sonido raudo, violento, atento a cortar las transiciones con una brusquedad exenta de finuras. Su atención a los primeros planos logra desarrollar nuestra empatía contra el propio esfuerzo de la cámara en mano, del montaje rápido, de los teleobjetivos que borran el entorno y, en definitiva, del ímpetu y la agresividad del presente en el que vivimos.

Mediante el viaje como mediador del relato, la pareja de cineastas plantea un castillo de contradicciones entre la vida terrenal y la fantasmática, entre el doctor y el parapsicólogo, entre un mundo urbano basado en el estrés y la tecnología frente a un mundo rural olvidado y todavía nostálgico del viejo sistema comunista. Una película, como antes Lara (Jan-Ole Gerster, 2019) y antes Patrick (Tim Mielants, 2019), entre el melodrama familiar y el humor absurdo, a la vez capaz de arrancar carcajadas y de conmover con un sutil discurso sobre reconciliaciones familiares e incomunicaciones finalmente comunicadas.

El periplo del padre y el hijo en The father se aproxima en lo personal a otras odiseas paternofiliales como Nebraska (2013) de Alexander Payne –a su vez muy inspirado por La hermandad de la uva (1977) de Fante– pero, a un mismo tiempo, deja en su estela un retrato ácido de la situación social del país, en el que abundan parapsicólogos de pacotilla con colas de acceso, médicos que incapacitan a gusto del cliente o empleadores de freelance que reclaman continua atención. En el campo persisten las tradiciones y los ritos familiares y la fe supersticiosa. En la ciudad, nada, probablemente, una voz en off al otro lado del teléfono y un espacio invisible, o invivible, cuya actual despersonalización se expresa mediante su ausencia.

El trayecto de Vasil y Pavel se cifra, por lo tanto, en la pérdida más que en el beneficio final. Es un viaje en globo sin apenas lastre que, irónicamente, persigue el cielo arrastrándose por el barro. El fotógrafo Pavel, por ejemplo, arranca de manera tan imprevista que sale de casa sin zapatos, y esa nueva relación con el suelo se transmite a un puñado de situaciones hilarantes e improbables, de actos indignos y desbocados como la escena en la comisaría o la búsqueda del padre en el bosque.

No obstante, donde The father crece y resuelve cualquier titubeo de segundo acto es en su última media hora, posiblemente de lo mejor que hemos visto este año en Karlovy Vary. Cuando el viaje se detiene y la acción alcanza su período reflexivo, todos los elementos dispersos adquieren su coherencia y, de forma similar a un relato policiaco, vislumbramos una diseminación-recolección narrativa en la que cada uno de ellos alcanza un sentido trascendente y sí, en cierto sentido mágico como pretendía el anciano Vasil. El ingenio de los guionistas –premiados ya por su labor en el Festival de Gijón de 2016– transforma una mermelada en una pócima secreta y un teléfono móvil, antes denostado como elemento de acoso y ansiedad, en un instrumento de acceso a lo prohibido, en la línea capaz de enlazar los distintos tiempos, lo que está vivo y lo muerto, y poner en contacto las sensibilidades del padre y el hijo, ahora también padre para mayor ilación.

Si primero Vasil pretendía dibujar a la madre para hacer una representación total de su vida, al final es el cine o la imagen fílmica la que funciona como intermediario de su voz y su deseo. El viaje concluye en la casa, al igual que ocurría en Lara, y su odisea astrológica, tras sueños de meteorito y persecuciones en carro, en la continuidad del ciclo de la vida, en la necesidad de volver a pisar descalzos y pensar en las necesidades básicas del ser humano.

La vida en la carretera

El hombre del futuro

La primera película de Felipe Ríos, El hombre del futuro (2019), resulta una propuesta excéntrica desde cualquier aspecto que se la contemple, incluso dentro de un género tan poco dado a los centrismos como la road movie.

Para empezar, su recorrido pretende conseguir la confluencia de dos personajes que viajan en direcciones contrarias, como polos desimantados, sin que apenas se conozcan, sin que se dirijan la palabra, sin que uno sepa lo que el otro intenta. El padre empieza el relato en la puerta de la hija, a punto de llamar al timbre, pero sin atreverse a hacerlo. Esta, a su vez, quiere encontrarse con el padre pero no realiza ningún acto para lograrlo y, según intuimos, emprende un viaje en autostop que les va a separar para siempre.

Durante gran parte de El hombre del futuro, los protagonistas avanzan en paralelo con la única unión del movimiento, de una huida excéntrica, paradójica, contradictoria. Al padre y la hija de la historia es el viaje el que los ha separado. Él es camionero y vive en la carretera. Ella es boxeadora y ha tenido que luchar para salir adelante. Y, sin embargo, este obstáculo se ofrece también como circunstancia que puede reunirles, aunque haciendo del encuentro algo provisorio, incompleto, en el fondo fugaz.

Esta impresión de asistir a un relato momentáneo, a una historia esquiva y quizá equivocada, está latente así mismo en el uso de la imagen. En vez de utilizar el paisaje como fuente de emociones, Ríos decide aislarlo con teleobjetivos con un rango mínimo de foco que están siempre a punto de perder su referente, siempre en el límite de lo borroso y de lo ajeno. Rara vez nos deja ver el entorno fuera de la luna de un camión, que con frecuencia aparece empañada, taponada por la lluvia y las condiciones atmosféricas que tampoco dan descanso a los viajeros.

Por todo esto, El hombre del futuro parece llevar la incomunicación a su lenguaje narrativo. Su viaje aleja y no libera. Las carreteras separan a quien las transita. No existe ninguna trascendencia en el impulso al movimiento, o en los desangelados campos de la Patagonia chilena. En esta geografía asfixiante, el único mapa fiable son los rostros y las líneas que marcan sus miradas, los labios sellados, las pieles curtidas, azotadas, enfermizas. Miradas al vacío, al fuera de campo o al pasado. Segundos menos elocuentes de lo que la cámara quisiera, o de lo que su tempo nos pide durante tan largo recorrido. La satisfacción siempre a medias, siempre abrupta o incompleta para todos.

Si en lo fílmico la película se aproxima a The father, es en lo filosófico donde Ríos se compara con Ode to nothing (Oda sa wala, 2019), ya que la tristeza embarga ambas sin dar oportunidad a sus protagonistas. El padre y su hija fraternizan en un cementerio abandonado. Se sinceran en una habitación de hostal. Y se separan en una bifurcación del camino. Uno hacia el último trayecto de su vida. La otra hacia la vida, o hacia el lugar donde espera encontrarla.

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