Memory: The Origins of Alien, Reborn, Il signor diavolo, Echoes of Fear, Z y Hex

Nocturna Parte III: de entre las brumas del pasado Por Ignacio Pablo Rico

En varias de las películas proyectadas durante estos días en el Nocturna, los héroes enfrentaban males que emergían de un pretérito que podía ser individual, histórico o, por supuesto, cinematográfico. Algo muy habitual en un género tan hiperconsciente de su pasado como es el fantástico; desde el El último exorcismo (The Last Exorcism, Daniel Stamm, 2010) como Ghostland (Pascal Laugier, 2018), pasando por un comentario fundamental a nuestro momento cultural como es La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, Drew Goddard, 2012), en los últimos diez años se ha reflexionado con especial hincapié —a veces desde un ánimo festivo, otras veces con consciencia crítica— sobre las deudas del fantástico actual con respecto a sus múltiples referentes.

El documental de Alexandre O. Philippe Memory: The Origins of Alien (2019. Panorama) es un viaje a la génesis de una obra maestra tan lastrada por la mitomanía y su explotación fan como es Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979). El libreto de Memory al que alude el título, firmado por Dan O’Bannon y semilla de lo que llegaría a ser más tarde la película de Scott, es el punto de partida para una fluida corriente de meditaciones que van desde la antropología hasta la literatura, pasando por el feminismo y las formas cinematográficas. El mayor mérito de Memory: The Origins of Alien es su capacidad de otorgar coherencia interna a la participación de personalidades con backgrounds diversos —profesores universitarios, técnicos, actores, críticos de cine…—, rehuyendo de la repetición de manidos mantras y loas en torno al filme de 1979. Sin resultar particularmente creativa en su disposición visual, la labor de montaje es intachable, esencial además para apreciar los valores de un trabajo que honra el arte de pensar las imágenes y su lugar en nuestra cultura.

Memory The Origins of Alien

Memory: The Origins of Alien

Barbara Crampton, leyenda del fantástico contemporáneo gracias a sus colaboraciones con Stuart Gordon, protagoniza Reborn (Julian Richards, 2018. Dark), variación del influyente filme de culto Re-Animator (Stuart Gordon, 1985). Articulada en torno a una Crampton que, podría decirse, está próxima a encarnarse a sí misma, esta metaficción a propósito de una madura actriz de serie B que intenta relanzar su carrera a la par que lidia con el trauma de un aborto no deseado, adquiere tintes melodramáticos durante buena parte del metraje. La culminación de su vertiente autorreflexiva se despliega en un ensayo teatral donde madre e hija confunden sus sentimientos reales con los de los personajes interpretados. Una escena digna en su concepción del John Cassavetes de Noche de estreno (Opening Night, 1977). Ciertamente discreta en la ejecución de sus set-pieces de terror, Reborn es una película de bajo presupuesto, pero nunca barata de espíritu: como el inspirado último plano nos confirma, Richards y el guionista Michael Mahin desean, ante todo, apostar por la capacidad del cine para hacer de caja de resonancia de los peores temores, y a su vez, de otorgar sentido a nuestros relatos identitarios (o no).

El único mito viviente del fantástico que ha presentado un filme en esta edición del Nocturna es el todoterreno Pupi Avati. Il signor Diavolo (2019. Sección Oficial), en torno a un crimen marcado por la cultura católica supersticiosa y milagrera alla italiana, podría haber sido rodada perfectamente cuarenta años atrás —si descontamos una límpida fotografía a la que cabría pedirle matices—, ya que conecta en su discurso y modos cinematográficos con algunos de los filmes más relevantes del autor, como Thomas e gli indemoniati (1970) o La casa de las ventanas que ríen (La casa dalle finestre che ridono, 1976). Pero no se trata únicamente del regreso de Avati sobre su propia obra, sino de la detallada reconstrucción de un paisaje político, social y cultural desaparecido. El choque, en los años 50, entre Roma y un pueblo veneciano, es el punto de partida de un relato policíaco de tintes existenciales, menos interesante por cómo encajan las piezas del intrincado puzle que por su firmeza a la hora de invocar, en espíritu, otro tiempo cuyas corrientes subterráneas continúan influyendo, secretamente, en el sentido que damos a nuestros órdenes individuales y sociales.

Reborn

Reborn

Echoes of Fear (Brian Avenet-Bradley y Laurence Avenet-Bradley, 2018. Dark Visions) es una de esas producciones cuyo entusiasmo por expresiones diversas del fantástico ayuda a calibrar el alcance e influjo, en la cultura popular, de ciertas corrientes. Trista Robinson —probable estrella en ciernes de la serie B, a la que hemos visto en The Human Race (Paul Hough, 2013) o Purgatory Road (Mark Savage, 2017)—, a la cabeza del reparto, es una joven encargada de restaurar la casa de su abuelo recién fallecido. Los sucesos paranormales no se hacen esperar. Los códigos propios del cine de «casas encantadas» han desaparecido prácticamente del panorama contemporáneo. Ya Insidious (James Wan, 2010) firmaba en el terror mainstream su certificado de defunción. Echoes of Fear abandona pronto dicha vertiente para ceñirse a una narración detectivesca —rebosante de maletines misteriosos y habitaciones ocultas—, en el sentido arcaico y tenebroso que Edgar Allan Poe le daba al género. El filme del matrimonio Avenet-Bradley propone, además, un arriesgado viraje de los tropos del J-Horror a los del slasher; operación que en términos narrativos y visuales fluye con pasmosa naturalidad. Gracias a su honesta vocación de tren de la bruja —en ocasiones, el aluvión de sustos resulta abusivo—, Echoes of Fear funciona de un modo básico, pero tanto más reivindicable en tiempos en que el género se aborda a menudo desde la condescendencia, el manierismo vacuo y la higienización visual e ideológica.

A la heroína de la muy disfrutable Z (Brandon Christensen, 2019. Sección Oficial) son sus fantasmas particulares los que la acosan. Z, amigo imaginario procedente de su infancia que aún reside en algún recoveco de su mente, intenta recuperarla doblegando su voluntad. Un humor más sutil del habitual en este tipo de producciones redondea la perversa radiografía que realiza Z de una familia nuclear, cuyas debilidades estructurales comenzarán a evidenciarse cuando Joshua, el hijo de Elizabeth —Keegan Connor Tracy, a reivindicar eternamente— y Kevin, comience a manifestar pulsiones violentas. Desde el cine de James Wan, pocas visiones de la paternidad ha dado el género tan maliciosas como la vista en Z; por no mencionar los hábitos familiares en los que está felizmente atrapada Elizabeth. En este gozoso festín de sobresaltos, el monstruoso Z es, antes que cualquier otra cosa, un síntoma que emerge del subconsciente: la réplica salvaje a esa disfuncionalidad que se agazapa en las tradiciones. Desembocando en un ácido desenlace que la sitúa al otro lado de la conservadora Babadook (Jennifer Kent, 2014), en Z poner el mal a raya supone un acto trascendente de renuncia: el sacrificio maternal definitivo.

Z

Z

Aunque se trate de una de las películas peor acogidas del festival, Hex (Rudolf Buitendach, 2018. Panorama) no nos ha parecido tan desdeñable como ha llegado a decirse. El viaje a Camboya de Ben, quien ha sufrido recientemente una tragedia familiar, adquiere los contornos de una perfecta fantasía romántica geek: la supuesta «inmersión» en una cultura lejana y ajena, los flirteos con Amber, una fogosa turista americana… Sin embargo, Buitendach pervierte el arquetipo de la manic pixie dream girl por medio de la presencia de una fuerza diabólica y ancestral, anclada en el ignoto pasado del lugar. A la vez, siguiendo la estela de Hostel (Eli Roth, 2005), Hex satiriza el americanocentrismo, y cuestiona ese velo orientalista que, aun en un mundo globalizado, no ha perdido vigencia. El filme se trastabilla cuando se esfuerza por tejer un trasfondo orgánico para los acontecimientos inexplicables que comienzan a sucederse en pantalla. Este defecto de escritura, sumado a una realización llana e impersonal, impiden que Hex adquiera relevancia como largometraje fantástico.

Hex

 Hex

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] nos entregamos a semejantes cavilaciones, una película llamada Z, del director canadiense Brandon Christensen, va recorriendo festivales de menor renombre como el […]

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