El chico de la última fila

De cuentos, mirones y adaptaciones cinematográficas Por Belén Sagredo

La vida sin cuentos no vale nadaGerman en El chico de la última fila, Juan Mayorga, 2006.

Si bien ni la única ni la última, una de las más memorables escenas en que un actor rompe lo que se da en llamar la cuarta pared 1, es aquella en la que Woody Allen, hastiado de las conversaciones de un intelectualoide en la cola del cine, nos interpela a nosotros su público voyeur de su Annie Hall (1977) para hacernos partícipes de su cabreo (célebre cameo de McLuhan mediante):

- “Qué hacer cuando estás atrapado en la cola del cine con un tipo como ése.

- Un momento ¿por qué no puedo dar mi opinión? ¡Este es un país libre!

- Claro que sí. ¿Por qué no lo hace en voz baja? ¿No le da vergüenza pontificar de esa manera. ¡Lo más gracioso es que usted no sabe nada de Marshall McLuhan!”

Woody Allen en Annie Hall.

Un recurso, el de volver la cámara sobre el mirón (y convertirle entonces en el mirón mirado), utilizado con más o menos perfidia por otros autores para lograr que se subviertan las reglas aceptadas por todos de antemano 2 : el espectador pierde su status, se siente cazado y se vuelve vulnerable, cómplice y a la vez culpable de observar, hasta entonces impunemente, la “vida de los otros”.

El miedo a que esto ocurra, a que vulneren mi espacio de poder, me acompaña desde que piso la sala del Teatro Galileo de Madrid para asistir a la representación de El chico de la última fila (Juan Mayorga, 2006), en ésta ya su segunda temporada en la capital, y que se trata de la obra que sirve de germen e inspiración a la película de François Ozon, En la casa (Dans la Maison, 2010). Un temor que se mantiene e incrementa hasta casi hasta el final de la obra.

Al entrar y antes incluso de que ocupemos nuestros asientos nos espera una sugerente sorpresa en forma de innovadora puesta en escena: los intérpretes nos esperan a nosotros, espectadores, sentados alrededor de cinco mesas de pupitre alineadas en forma de una gran mesa de colegio que nos remite a nuestra infancia, apenas iluminados, ¿observándonos?, mientras ocupamos nuestro lugar. Desgraciadamente, y aunque es viernes, la sala está medio vacía. El precio, no desproporcionado pero sí quizás elevado para una población denostada por el paro, la crisis y el evidente hecho de que otras sean sus prioridades, parece que ha relegado la cultura a un puesto residual en cuanto a las preferencias a la hora de gastar el dinero. Lamentable.

El chico de la última fila

El chico de la última fila es un fascinante ejercicio de imaginación sobre la génesis y el desarrollo de una obra literaria, teatral y/o cinematográfica, sobre la avidez y la necesidad que tenemos como seres individuales y como grupo de inventar y creer en historias ajenas y de soñar con ellas hasta el punto de convertirlas en el centro de nuestras vidas, y también sobre el finísimo, a veces inexistente y peligroso, límite entre la realidad que vivimos y la ficción que construimos a partir de ésta.

Pero también es, y sobre todo, la crítica a esa sociedad de las apariencias, moralmente ambigua y obsesionada de manera tan creciente como malsana por el voyeurismo indiscriminado como vía de escape a una realidad personal enervada, tediosa y frustrante: ahí están para corroborarlo el exponencial ascenso de las redes sociales cuya razón de ser es contemplar y estar al tanto de los demás, y las demoledoras audiencias televisivas de esos programas que consisten en espiar, juzgar e interiorizar las vidas ajenas como propias.

Y todo relatado a través de sus dos personajes protagonistas: el alumno aventajado y el patético profesor cuyo punto de vista como público compartimos en todo momento, y que utilizan al resto de personajes no tanto como inspiración creativa sino como material de obra para obtener el objetivo que ahora les ocupa.

El ritmo de la obra no decae durante su hora cuarenta minutos, tal como sucede también en la cinta protagonizada por Fabrice Luchini, gracias en gran medida a las líneas escritas por el autor, pero también a las excelentes y enérgicas interpretaciones masculinas de Miguel Lago Casal y Óscar Nieto San José, así como a la puesta en escena escogida por Víctor Velasco quien, a través de un inteligente juego de luces y de espacios, convierte el escenario en un ambiente onírico y múltiple en que se desarrollan las diversas escenas. Una escenografía, por lo tanto, conscientemente cinematográfica. Mucho más cinematográfica que lo que tiene de teatral la puesta en escena escogida por Ozon en su película, quien prefiere vehicular su Dans la maison en múltiples espacios (la casa de Rafa, la de German, el Instituto, la galería de arte de Jeanne, etc.), alejándose así oportunamente de otras adaptaciones dramatúrgicas para el cine (encontramos un claro ejemplo en la de Yasmina Reza para el Polanski de Un dios SalvajeCarnage, Roman Polanski, 2011 –).

El chico de la última fila 2

No obstante y acordado que la propuesta de Mayorga es, sin duda alguna, imaginativa, inteligente y seductora a partes iguales (si no, ¿de qué iba a haber reparado en ella el director de películas como Bajo la arena -Sous le sable, 2000) es necesario afirmar que no se trata En la casa de ninguna fotocopia cinematográfica de lo que se pensó como una obra teatral sino, más bien, de una propuesta creativa que complementa la primera hasta completarla y mejorarla.

Así Ozon lleva la obra de Mayorga un poco más allá en lo que a intensidad dramática y retorcido planteamiento se refiere, mientras convierte la no, tan inocente, curiosidad ajena de la obra de Mayorga en una perversa y autodestructiva obsesión. Una perversidad que entronca con el cuestionamiento y la descripción de las pulsiones íntimas y secretos inconfesables de sus protagonistas en la película del renovador cineasta francés, como se puede volver a comprobar en la Isabelle de su último largometraje Joven y bonita (Jeune et jolie, 2013), esa bella e infinitamente seductora efigie fría e intocable quien por momentos se parece mucho a Claude.

El chico de la última fila 3

En la casa

Afortunadamente para Claude, no sé si tanto para la película, Ozon en su modo de completar el retrato de El chico de la última fila añade una justificación (que yo percibo como innecesaria y emocionalmente manipuladora) de las razones de éste para inventar esas vidas ajenas que le hacen huir de la suya no presente en la representación teatral: la secuencia en que vemos a éste ayudando a su padre impedido. Sin duda, la cuestión genera una empatía hacia el protagonista de la película hasta ahora casi inexistente, que en la obra teatral -más inocente y condescendiente en general y con el personaje de Claudio en particular-, no parece resultar necesario.

De lo que no hay duda es de que Ozon saca el mayor partido de la exquisita obra de un dramaturgo consagrado que puede presumir de poseer entre otros el premio Nacional del teatro (2013) y que, como él mismo reconoció cuando, alentado por el propio director, subió a recoger el premio del jurado al mejor guión en el Festival de Cine de San Sebastián en 2012, ha tenido la suerte de que los tentáculos del cine, cada vez más débiles, hayan dado su obra a conocer al gran público:

 “Yo soy un hombre con suerte que tuve la fortuna de que un día, un hombre entrase en el teatro como espectador, François Ozon, viese mi obra y viese teatro y soñase cine y quisiese compartir su cine haciendo una película bellísima que en cada plano está lleno de amor al cine y de amor a la vida. Viva el teatro, viva el cine y viva la vida, François.” Juan Mayorga. 3

Al final, el miedo inicial a que los actores rompan la “cuarta pared” en la escena-homenaje a La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) de Hitchcock –también presente en la película de Ozon- en la que estos nos miran a nosotros, espectadores voyeurs, directamente a la cara, y el temor a que se enciendan las luces y nos pillen ahí de frente mirándoles tal como Claude y German observaban la casa de Rafa, no tiene lugar. Pero la sensación de comprender por qué Ozon, brillante y especial contador de historias no dudó en convertir esta obra en suya propia, eso, había ocurrido mucho antes de que los actores saludaran al público dados de la mano.

TRAILER:

 

  1. Referida ésta al espacio reconfortante y seguro que ocupa el espectador en una obra teatral primigeniamente y extensible al ámbito cinematográfico, a la televisión, etc.
  2. Encontramos ejemplos en Jean Luc-Godard y la perturbadora mirada final de Patricia Franchini en Al final de la escapada – À bout de souffle, 1960 – o Haneke en la si cabe más inquietante mirada de sus macabros protagonistas en Funny Games , 1997
  3. Discurso de agradecimiento al recoger el premio del jurado al mejor guión por Dans la Maison, en la 60 edición de cine de San Sebastián.
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