Smiley, una història d’amor

Dos puntos, guión, paréntesis cerrado Por Fernando Solla

“Todo te lo puedo dar menos el amor, baby”Katharine Hepburn en La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938)

Bienvenidos a una de las mejores muestras de teatro contemporáneo que coronan nuestra cartelera. Irresistible texto, puesta en escena e interpretación que convierten lo cotidiano en un cómico y emocionante abanico sentimental (también) contemporáneo. Ejemplo magnífico de la vocación de ese espacio de creación y exhibición llamado Sala Flyhard, con sede en la calle Alpens del barrio de Sants barcelonés. Ejemplo también del ciclo “Aixopluc” del Teatre Lliure, que mantiene su “Espai Lliure” abierto al público gracias a la acogida que proporciona a estos títulos de pequeño formato que han conseguido cierta (o mucha) repercusión en los circuitos alternativos.

Y finalmente, ejemplo de que cuando una obra funciona tan bien como Smiley no entiende de espacios de representación.

Qué más da que sea en una sala fronteriza respecto a los canales de exhibición mayoritarios, en un teatro público o, como actualmente, en una de las salas del Club Capitol, céntrico (y privado) espacio que suele exhibir comedias, monólogos y proyectos con la vocación de llegar al público más amplio. Comercialidad y calidad van cogidas de la mano. No hace falta repetir que es posible esta coexistencia feliz y pacífica (es absurdo pensar lo contrario). Los autores son plenamente conscientes que hay textos que por su temática o planteamiento escénico pueden aspirar a llenar plateas más grandes o pequeñas, pero si por comercial entendemos llegar al mayor número de espectadores posible ¿quién no firmaría? Es más, si la finalidad del teatro es convertirse en esa especie de foro social en que la población intercambia y comparte ideas, maneras de pensar, emociones y sensaciones, cuando más amplio y heterogéneo sea el espectro receptor, más satisfactoria resultará la experiencia. Y eso es Smiley, un cúmulo de buenos y reconfortantes ejemplos, el último al que haremos mención (y quizá el más espontáneo y externo a la obra en sí, aunque evidentemente propiciado por ella) el de la espectacular acogida que han mostrado críticos profesionales y/o blogueros aficionados, que han inundado las redes sociales con opiniones y textos, muchos de ellos elaboradísimos, defendiendo vehemente, perseverante y constantemente (desde el estreno en la Sala Flyhard hasta la fecha actual) las virtudes de la obra y de todos los implicados y responsables de la calidad y el éxito de esta divertidísima, tierna, romántica, seductora, sensual y por momentos (sobretodo mentales, reproducidos en la imaginación del espectador) libidinosa, historia de amor.

Smiley

Siguiendo la estructura de la comedia romántica más (o menos) clásica, Guillem Clua en Smiley ha aparcado los dramas casi apocalípticos a los que nos tenía acostumbrados para contarnos la historia de Àlex y Bruno, dos chicos de características (incluidas las físicas), hábitos y costumbres totalmente opuestos.

Un equívoco provocado por Àlex les pondrá en contacto. A partir de entonces, se conocerán (antes física que emocionalmente, como hacemos la mayoría de mortales aunque no queramos reconocerlo), se atraerán, rechazarán, discutirán, tantearán, agobiarán… Nada nuevo. ¿O sí? Afirmativo. Todo nos parece novedoso en esta maravilla de obra, del mismo modo que cuando conocemos a alguien y nos enamoramos (encaprichar sería el verbo adecuado en muchas ocasiones) nos parece único, diferente o especial para terminar siendo ¿igual? En la incógnita está la clave. Y tanto la incógnita, la clave (como la forma) la maneja estupendamente Clua, con la ayuda imprescindible de dos actores (Ramon Pujol y Albert Triola) excelentes, en dos interpretaciones cómplices, divertidas, sensibles, sentidas, certeras, cercanas, verosímiles, entregadas (en cuerpo y alma, como para no hacerlo), estimulantes… Exitosamente  contemporáneas. No se suele valorar a veces la verosimilitud en el teatro ambientado en la actualidad (psíquica o geográfica) cuando, en la humilde opinión de un servidor, conseguir que el público confíe, reconozca como propia y se crea una situación que ha experimentado personalmente es tanto o más complicado que imaginar o recrear épocas o situaciones pretéritas. Y cuando se consigue con creces, como es el caso, tanto o más agradecido.

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“Aclaración para los heterosexuales del público…”

Habrá unas cuantas durante la representación. Y realmente no sabemos a qué sector de la platea (llegado este momento nunca sé si debería decir tendencia, opción, inclinación, decisión, debilidad, necesidad… sexual) se le desencajará antes la mandíbula. Uno de los mayores (uno de tantos) aciertos de Guillem Clua es la oportunidad (que no oportunismo). Hace unos años no creemos que fuera posible que el público se acercara con tanta despreocupación a un libreto de contexto homosexual. Sin aprovecharse ni hacer apología, pero plenamente consciente de ello, el dramaturgo nos encandila, precisamente, porque dicha homosexualidad no es la temática del texto, ni una excusa o algo a explicar o justificar, sino una característica más de los dos protagonistas. No es la forma, sino el fondo. Como si con la forma (la pose, como diría Bruno) de Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013) nos enfrentáramos al fondo de, por ejemplo, Weekend (Andrew Haigh, 2011). Y precisamente por centrarse en la universalidad de esos complejos disfrazados de prejuicios, que lo son hacia los demás pero en el fondo hacia nosotros mismos, y en la necesidad que parecemos tener de integrarnos en un sector o target (genial el detalle de las camisetas de tirantes o las camisas de cuadros) cuando lo que verbalizamos es lo que creemos nos hace únicos, especiales o más interesantes que el resto. Por mostrar esas inseguridades y a la vez la esperanza de agarrarse a un hierro ardiendo (¿se puede expresar mejor con la leyenda del hilo rojo invisible del destino?) Por esa llamada telefónica de Àlex que todos hemos reproducido y ensayado mil veces en nuestra mente pero que nunca hemos sido capaces de verbalizar. Por todo eso (y mucho más, que dejaremos que descubra cada espectador) Clua ha conseguido que el mensaje llegue a todas las opciones ya no sexuales, sino sentimentales, reflejando a la vez y perfectamente, las características o peculiaridades de las relaciones homosexuales. Grindr o Badoo, en el fondo es lo mismo.

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¿Cine clásico o cine actual? ¿En blanco y negro o en color? ¿La fiera de mi niña (Bringing up Baby, Howard Hawks, 1938) o Avatar (James Cameron, 2009)? Ir a dos gimnasios u organizar cenas para hablar de la reforma urbanística de Tokio? ¿Hay un futuro en común para todos nosotros, los Àlex y los Bruno del mundo? Haciendo nuestras tus palabras, Guillem Clua, te diremos que con un símbolo has roto esta máxima que se nos enseña en las escuelas de Periodismo (y seguro que en muchas otras) que pretende que si no somos capaces de convertir en palabras el mundo que nos rodea o a nosotros mismos estamos negando su (o nuestra) existencia a los demás. Precisamente a través de una obra de teatro, nos enseñas que todo lo podemos resumir con dos puntos, un guión y un paréntesis cerrado. Y como respuesta, te queremos decir que lo has conseguido. Nos has atrapado con tu Àlex y con tu Bruno. Nos has emocionado. Con un emoticono, el tuyo, te queremos decir que Smiley es la obra que buscamos ver cuando compramos una entrada de teatro, por la que tantos intentos y visitas a las salas toman sentido y merecen la pena.

A los espectadores que todavía no hayan asistido, no se la pierdan. Los que ya hemos repetido, volveremos seguro. De momento, hasta el trece de mayo en la Sala 2 del Club Capitol de Barcelona.

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