Pollock vs. Pollock

Por Samuel Sebastian

I Pollock vs. Pollock

La Fundació Miró ha estrenado recientemente una exposición que, bajo el título ¡Explosión! El legado de Jackson Pollock, refleja la influencia de este pintor americano en muchos artistas posteriores como Andy Warhol, Yves Klein, Niki de Saint Phalle, Bruce Nauman o John Baldessari, entre otros muchos. Aglutinar una serie de artistas en torno a una figura–madre o un tronco común es algo que hacemos con más frecuencia de la que sería deseable, lo cual a veces nos hace perder la perspectiva de lo que estamos tratando. Una cosa es afirmar que Jackson Pollock fue un artista muy influyente en los años sesenta y setenta (¿Quién no conocía a Pollock en aquella época?) y otra muy distinta colgar una serie de obras de artistas muy dispares y afirmar que todos beben de la misma fuente común solo por el hecho de que sean obras en las que la pintura está utilizada como un objeto arrojadizo y descontrolado. El arte nos exige mirar las cosas con una profundidad mayor que la mera interpretación superficial de las obras, más aún cuando las obras se descontextualizan y se proyectan en ámbitos muy lejanos del que fueron concebidas y, además, sus autores han fallecido hace tiempo y su legado (sí, esa maldita palabra) pertenece ahora a personas que poco o nada saben de sus ellos.

La gran tragedia del pintor Jackson Pollock fue no entender a los que hablaban de su arte, ya que eso fue distanciando poco a poco sus obras de las interpretaciones que se hacían de ellas.

Por supuesto, no vamos a negar el valor de la interpretación. Para que exista una obra artística debe haber interpretaciones sobre ella, si no hay un público que la interpreta, esa obra de arte será como si estuviera expuesta en una isla desierta. La cuestión nace cuando esa obra artística se encasilla en una serie de características que, según los intérpretes, la unen a otro grupo de autores y obras artísticas para formar un conjunto que sea fácilmente estudiable y rápidamente asimilable. Como todavía padecemos el lastre de la forma de estudio escolástica, que se desarrolló a partir del siglo XI, en cuanto vemos una obra de arte, rápidamente lanzamos cuatro o cinco palabras que nos parecen claves, en lugar de reflexionar sobre su contexto, la intencionalidad del autor o su aportación intelectual. Pollock no entendía nada de esto cuando le hablaban los grandes críticos o mecenas de la época, como  Peggy Guggenheim, porque no era capaz de explicar con palabras qué era lo que estaba haciendo y, en el fondo, tampoco le importaba. Y es así como debemos interpretar sus pinturas, como un arte sin palabras, nacido desde sus puras entrañas, polifórmico y críptico, un enorme campo de color que aspiraba a ser un continuo y eterno pictórico que se expandiera a partir de una explosión creativa. Sus cuadros son lo más parecido al Bing Bang en el que, a partir de un gran momento único, se creó todo lo que vemos y sentimos ahora mismo. Sin embargo, todo esto lo encontramos reducido a un conjunto de manchas superpuestas colocadas al lado de las manchas de otros autores a los que se las ha dado ese barniz de inocua qualité que tiene gran parte de las exposiciones de arte contemporáneo actuales. Colocar a Pollock entre el activismo feminista de Niki de Saint Phalle y las performances provocadoras de Paul McCarthy es exactamente igual que afirmar que el legado de Miguel Ángel se encuentra en un anuncio de Nokia: poco importa el sustrato de la obra, su esencia o su origen, lo importante es la capacidad que todavía posea para generar dinero y será esta y solamente esta, la única razón por la cual una obra continúe reinterpretándose una y otra vez.

II Pollock vs. Pollock

Como vivimos en una sociedad de símbolos, no adoramos a los objetos en sí sino a los símbolos que los envuelven. Somos devotos de las cosas que nos rodean no por como son, sino por lo que significan. Un Picasso no es un cuadro–objeto más, es un Picasso, y con ello ya entendemos a qué nos referimos. Y el valor simbólico de un Picasso no es el mismo que el de un ordenador Apple o un teléfono Nokia, y su valor, en todo caso, dependerá siempre de su impacto económico en nuestra sociedad. Con Pollock pasa lo mismo. Aunque él nunca estuvo especialmente interesado en la trascendencia de su obra, una gran cantidad de gente a su alrededor, comenzando por su mujer, la pintora y marchante Lee Krasner, se dedicaron a gestionar el legado de su autor de forma que nada se escapara de la imagen que ellos habían creado del artista, lo cual incluye, por supuesto, los generosos royalties que continúa produciendo. No es el único caso de este tipo, algo parecido sucede con Picasso, Chaplin o Kubrick, entre muchos otros. Su obra hoy en día está indefectiblemente vinculada a la voluntad de sus supervivientes, una voluntad en apariencia invisible pero que muchas veces se despliega de forma avariciosamente tangible. En el caso de Pollock, uno de los momentos culminantes de su herencia supone la realización de una película sobre su persona por parte del actor Ed Harris.

Pollock (Pollock, 2000) viene a ser el certificado de entrada de Jackson Pollock en el mainstream total del siglo XXI.

La cultura popular adquirió entonces un nuevo icono para los años futuros, la historia de un pintor hecho a sí mismo, salvaje e incomprendido, cuya vida se desarrolló en los años cincuenta del siglo veinte, un momento en el que, mientras Europa todavía se encontraba atónita por su brutal capacidad de autodestrucción (algo de lo que parece que no hemos aprendido), los Estados Unidos vivían una etapa feliz en la que la sociedad descubría el consumo de masas. Sin embargo, el verdadero Jackson Pollock nunca se sintió a gusto en aquel mundo que nunca llegó a comprender del todo.

Al igual que los artistas de postguerra europeos comenzaron a mirar a la pintura pura, alejada del estilismo burgués que, según ellos, les había llevado a la decadencia; Pollock, desde el otro lado del océano y tal vez sin conocerlos, desarrolló igualmente una pintura como expresión pura del sentimiento interior, del dolor, de las contradicciones de la mente, alejada de cualquier tiempo o significación histórica. El auténtico Pollock era huraño y encantador a la vez, apasionado y alcohólico y la esquizofrenia que tanto le atormentó, sin duda fue la impulsora de su fuerte personalidad artística. En el Pollock que nos ha legado Harris hay algo de esto, es cierto, aunque no todo. Resulta escandaloso que, por ejemplo, no aparezca una sola referencia a cómo los indios nativos que, con sus pinturas con arena, influyeron decisivamente en el desarrollo de la técnica del dripping. Tal vez a Harris le pareció que estos indios no eran lo suficientemente “americanos” como para tener una presencia importante en su película. Esta influencia india, por cierto, está largamente desarrollada en el libro en el que se basa la película, Jackson Pollock: Una saga americana de Steven Naifeh y Gregory White Smith, ganador de un premio Pulitzer en 1991.

La separación tan frontal que existía por entonces entre el arte americano y el europeo ha hecho que pocas veces se establezcan vínculos entre autores de un lado y otro del océano. Resulta extraño que nunca se haya asociado a Jackson Pollock con Jean Fautrier, un pintor que, durante la II Guerra Mundial, se hizo pasar por loco para permanecer en un hospital psiquiátrico y salvarse así de la persecución del ejército alemán. Durante las noches, oía cómo los nazis fusilaban a la gente de los pueblos cercanos en la misma pared del psiquiátrico y sentía que, como era la única persona cuerda de todos los pacientes, él era el único que se daba cuenta de la tragedia que estaba sucediendo. Para sobrevivir a este tormento, Fautrier pintó una serie de retratos, llamados Los rehenes, en los que imaginó los rostros de las personas que estaban siendo ejecutadas. Son unos cuadros llenos de emoción, desgarradores, en los que la pintura y el sentimiento corren de la mano. Tal vez, cuando hablemos de Pollock deberíamos relacionarlo con obras como estas y no manejar su legado en relación a la fama de los artistas posteriores.

III Pollock vs. Pollock

No sé quién se inventó la infame frase en la que se afirma que si Shakespeare viviera hoy, sería guionista de televisión. Dado que no hay que responder ante nadie por una frase tan desafortunada, es fácil ir reproduciéndola una y otra vez hasta que una gran cantidad de público que nunca ha leído a Shakespeare, se la crea. En realidad, no es más que otra forma de mostrar la banalización de la cultura de masas en relación al legado de muchos artistas. Sus obras son despedazadas, trituradas, cocinadas y después, una vez envasadas, ya están listas para el consumo masivo. Y el problema no es solo ese, sino que, desde el principio, se da por sentado que la audiencia es tan tonta que preferirá siempre una mala copia a un buen original. Sin embargo, ¿qué sucede cuando ese legado, ese símbolo remanente, aparece de súbito, como un puñetazo en el rostro?

Es exactamente el efecto que causa en el espectador la extraña contraposición entre Rothko y Pollock que se hace en la película Cosmopolis (David Cronenberg, 2012).

Los créditos iniciales están inspirados en los cuadros de Pollock mientras que los finales lo están en los de Rothko y, en medio, hay una gran cantidad de referencias más o menos directas a ambos pintores: Pollock aparece vinculado al movimiento, a la violencia, a la evolución constante de la tragedia, a la mirada al abismo antes de saltar, mientras que Rothko está relacionado con la espiritualidad del poder y la ostentación y son precisamente ambos caminos los que toma el protagonista, Erik Parker, en su extraño retorno hacia el barrio de sus orígenes. El legado de Pollock y Rothko, reinterpretados por Cronenberg, se manifiesta en la película de manera sutil y críptica, como lo eran los cuadros de ambos artistas pero, al mismo tiempo, también aparecen como el símbolo de poder económico que son hoy en día: la lujosa limousine del protagonista se mancha de sangre evocando las formas de un cuadro de Pollock y el protagonista alude varias veces a la compra de una iglesia de Rothko como un mero acto de ostentación. De forma brutal, el director canadiense nos muestra así cual es el legado del arte contemporáneo en el mundo capitalista actual.

 

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