Black Mirror

Detrás del espejo oscuro Por Samuel Sebastian

Al parecer, hay un concurso (o varios) en la televisión española, importado de otras televisiones internacionales, que consiste en ver cómo un puñado de gente más o menos conocida se lanza al agua para divertimento de los telespectadores. Lo más llamativo del asunto no solo es la cantidad de tiempo que ha ocupado en los medios de comunicación este lamentable espectáculo, sino también oír como periodistas y críticos de televisión hablaban de un formato “arriesgado”, “innovador” y hasta “original”. Sin haber visto ni un solo minuto de este programa (por prescripción facultativa abandoné mi último televisor junto a un contenedor en 2002), pienso que nos encontramos una vez más con uno de esos entretenimientos idiotizantes con los cuales nos vienen salpicando las cadenas televisivas desde hace muchos ya: la gente se entretiene con un espectáculo vacío, estúpido y olvidable, generado por la televisión para mantener la atención de los adictos a este electrodoméstico y, cuando termine, entrará un sustituto que, en el fondo, será igual que el anterior, pero que también nos lo venderán como “arriesgado”, “innovador”, “original”, si la época del año acompaña se añadirá también la palabra “fresco” y, en el súmmum de la extravagancia, también se nos venderá como un producto “dinámico” y “atrevido”. Así, la televisión no hace sino amplificar la cantidad de farsas que vemos diariamente en el teatro de la realidad. Farsas políticas, audiovisuales, sociales, farsas económicas, artísticas, ecológicas, farsas sobre la vida y sobre nosotros mismos, farsas que van desde la alta política hasta la alta cultura, farsas como el presidente del gobierno, la democracia o como Holy Motors. No importan, por cada farsa que se descubre nacen otras nuevas. Muchas personas recurren a Marx (el filósofo alemán del siglo XIX, no los hermanos filósofos americanos del siglo XX) para recordarnos su famosa frase de que en la historia, los acontecimientos se repiten “primero como tragedia y después como farsa”. Esta frase incluso ha dado pie al título de un libro de Slavoj Žižek, el gran heredero en el siglo XXI de los filósofos marxistas, tanto el del siglo XIX como los del siglo XX. El caso es que, siendo sinceros, todavía no he visto dónde se encuentra la tragedia, sino que más bien la historia de la humanidad, desde los tiempos de la caverna de Platón, se encuentra repitiendo una y otra vez las mismas farsas con diferentes protagonistas que, al final, acaban interpretando los mismos papeles mientras nosotros, prisioneros de la farsa social, los contemplamos encadenados en la cueva en la que nos han confinado.

Black_Mirror

Este es el punto de partida de la serie que nos ocupa Black Mirror ideada por Charlie Brooker y basada en una amplificación de las farsas cotidianas de nuestra sociedad a través de las nuevas tecnologías. Porque si a algunos críticos televisivos y periodistas les parece arriesgado e innovador ver a unos cuantos famosos lanzándose en bañador a una piscina, que se preparen para ver una serie cuyas temporadas son de tres capítulos independientes entre sí, en los que no hay ningún personaje en común, y que se basan siempre en futuros cercanos, distópicos por lo general, en los cuales las farsas sociales acaban convirtiéndose en tormentosas pesadillas. Sin duda, Brooker y su equipo supieron captar la atención de la audiencia y mostraron cuales eran las cartas con las que jugaría la serie a partir del primer capítulo, The national anthem: en un futuro cercano, la princesa más querida por los británicos, Susannah de Beaumont (una mezcla entre Lady Di y Kate Middleton) es secuestrada. Los secuestradores ponen como condición para liberar a la secuestrada que el primer ministro británico, que no atraviesa un momento de popularidad muy alto precisamente, tenga una relación sexual con un cerdo en directo. La voluntad del primer ministro a partir de ese momento quedará casi anulada por la presión de la opinión pública expresada a través de las redes sociales. Además del extremo dilema planteado, el capítulo reflexiona sobre la capacidad de actuación de la clase política en momentos de extrema crisis y de cómo gestionar esta crisis cuando hay millones de ojos observando cada movimiento que los políticos realizan. De hecho, uno de los puntos más incisivos de este capítulo es contemplar cómo quienes están acostumbrados a manejar los hilos de la nación, se sienten ahora utilizados y sin posibilidad de escape, cegados por la vanagloria del poder, han asumido que les correspondía en exclusiva manejar los mandos de la sociedad pero, de repente, ellos mismos son el objeto de burla y escarnio del vulgo. No por casualidad, el último capítulo hasta ahora de la serie cierra el ciclo de la farsa política: The Waldo moment plantea la descabellada campaña política que enfrenta a un político conservador acusado de pederastia, una candidata laborista con un pasado criminal que es seleccionada como simple títere de los organismos de poder del partido y un tercer candidato, Waldo, que es un dibujo animado controlado por un humorista fracasado y que es, sin duda, el candidato sorpresa, por su capacidad de decir las verdades que nunca se dicen en política escudándose en el humor y en su apariencia de dibujo animado, lo cual, en principio, le distancia del mundo “real”. Sin duda es en este capítulo en el que se hace un análisis más certero de la realidad actual, pasando de lo obvio (la política como farsa) a la crítica más afilada: el discurso público, de una forma u otra, siempre está controlado y ese control es el que hace que automáticamente el público clasifique de una manera o de otra las ideologías, por ejemplo, se suele menospreciar a candidatos como Berlusconi, Grillo o, en su momento, Joan Laporta o incluso Jesús Gil o Ruiz Mateos como “populistas”, como si los candidatos integrados dentro del sistema no lo fueran cuando en realidad, todos buscan lo mismo, el favor popular a un precio muy bajo.

Black Mirror 2

Los otros cuatro capítulos de Black Mirror también pueden dividirse en parejas ya que nos hablan tanto del uso de las nuevas tecnologías en el ámbito privado (The entire history of you y Be right back) como los nuevos espectáculos basados en la degradación humana (Fifteen million merits y White Bear).

Los dos primeros son escalofriantes por la acertada relación entre la tecnología, la vida cotidiana y necesidad de respuestas a algunas de las grandes preguntas de la humanidad como la búsqueda de la verdad y la existencia del más allá, un más allá tecnológico, claro. En los dos capítulos citados, esta búsqueda resulta devastadora para los protagonistas, que se ven sobrepasados por realidades demasiado poderosas como para poder asimiladas: si pudiéramos grabar qué es lo que hacemos en cada momento, recuperarlo y volverlo a ver, tal vez enloqueceríamos o nos sumiríamos en una fuerte depresión, al igual que las personas que  poseen la llamada memoria superior autobiográfica o hipertimesia, que causa un efecto casi traumático en las personas que la poseen, ya que sienten que el pasado es una enorme carga de la que no podrán nunca desembarazarse. Por el otro lado, los capítulos en los que se trata el espectáculo de la degradación humana tal vez sean un escalón más flojos que los demás. Fifteen million merits es el clásico relato distópico a lo In time (2011) de Andrew Niccol en el que el esfuerzo humano acaba siendo reconducido a un humillante espectáculo de masas en un triste bule sin fin. Más inquietante es White Bear, el más lyncheano de todos los capítulos, ya que el espectáculo en sí es tan descabellado como carente de sentido. La explicación del mismo, por farragosa, hace que pierda fuerza la narración pero su golpe de efecto final se encuentra entre los mejores momentos de la serie.

Es cierto que los nuevos formatos en la televisión son posibles y que no solo tienen cabida en los canales minoritarios, Black Mirror se estrenó en el canal público Channel 4 pero ha sido vendido a televisiones privadas de todo el mundo, despertando un gran interés allá donde se ha estrenado. En el caso de España, y en general en todos los canales de televisión mediocres, parece que estos formatos solo son aceptados si vienen de fuera, mientras que los productos propios continúan ofreciendo las mismas insanas estupideces que hace cinco, diez o veinte años.

Black Mirror


TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] la profundidad de su contenido se encuentra el primer capítulo de la segunda temporada de la serie Black Mirror (2011 –): Be right back. En él, una joven pierde a su compañero y contrata los servicios de una […]

  2. […] parcela de la moralidad, no hay componentes semejantes al tratamiento de las nuevas tecnologías en Black Mirror, serie que enuncia un discurso ambientando en un futuro distópico cercano, mientras #RealMovie […]

  3. […] jóvenes sin haber completado sus ciclos vitales; y lo padecemos en varios de los episodios de Black Mirror (Charlie Brooker, […]

  4. […] que nos dan una bofetada de realidad, y nos abren aquella mente estructurada por el audiovisual. Black Mirror, True Detective, Juego de Tronos, la ya clásica The Wire o la genial Breaking Bad; grandes series, […]

  5. […] de determinarlo, en una suerte de futuro muy cercano –mucho más que lo que propone la serie Black Mirror (2011-), pero sin llegar a ser una disección de la sociedad actual, como las que realiza David […]

  6. […] consiguen esto (Battlestar Galactica – Glen A. Larson, Ronald D. Moore. 2005-2009- o Black Mirror – Charlie Brooker, 2011- serían algunas excepciones en esta nueva Edad de Oro de la […]

  7. […] como bien vienen haciendo otros directores y escritores como Charlie Brooker con su desorbitada Black Mirror (2011- ), la necesidad de pensar el mundo absurdo al que nos vemos, terrible y parece que […]

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