Palabras para Julia (o las manos de Stacey Gordon)

Barrio Sésamo Por Aarón Rodríguez

I look at you all, see the love there that's sleepingGeorge Harrison, While my guitar gently weeps

01.

Las manos de Stacey Gordon son las manos de Dios.

Esta tarde atravesaba en silencio el Campus. Me gustan esos segundos de calma en los que me dirijo al aula con la cabeza agachada, repasando mentalmente los contenidos de la lección que toca –nunca utilizo presentaciones en Power Point, Dios me libre. A mí me hubiera gustado hablar a mis alumnos de Julia, la pequeña marioneta que desde el capítulo 4715 de Barrio Sésamo (1969 – ), comparte escenario y cámara con el resto de personajes de la serie. Julia es lo más maravilloso que ha ocurrido en el mundo audiovisual de 2017, lo más importante, lo que debería estar en el centro de todo lo que escribimos. No es más que treinta centímetros de tela de colores chillones, gomaespuma, plástico. Pero Julia es el futuro y las manos que mueven sus manos –las manos que accionan los movimientos con los que Julia se relaciona con el mundo, las manos de Stacey Gordon- son las manos de Dios.

Julia, seguro que ustedes ya lo saben, es autista.

 Julia Stacey Gordon

02.

Quizá recuerden aquellos versos. Tu destino está en los demás/tu futuro es tu propia vida/tu dignidad es la de todos. Ahí es nada.

Los que escribimos o enseñamos sobre las imágenes, sin excepción, lo hacemos porque creemos en ellas. Porque creemos en los efectos de significación, en sus implicaciones sobre el mundo, porque creemos que sirven para no enloquecer y para frenar la locura. Cuando el Estado Islámico utiliza las imágenes de sus brutales ejecuciones quizá cree que está sedimentando su poder mediante el miedo, pero muy a la contra, está obligándonos a responder con una contundencia ética total. Está obligándonos a construir imágenes mejores. Y ahí entra Julia, con sus treinta centímetros de tela de colores chillones, gomaespuma, plástico. Frente a la negación de la vida, la defensa de la alteridad. Frente a la supremacía de aquellos que se señalan elegidos por Dios para decidir quién (y cómo) puede amar o quién debe morir, una única respuesta: dos ojos azules. Frente al miedo, frente a la alimentación de los odios que provoca la diferencia, ¿cómo no podríamos sentirnos desarmados, inocentes, cómplices de Julia? Con sus pequeños movimientos, con su pequeña risa que atraviesa las esquinas de Barrio Sésamo, con su simple presencia dentro del encuadre ha conseguido llegar más lejos de lo que yo jamás llegaré en ningún texto: es una reivindicación del amor en estado puro.

Digámoslo claramente. Julia ha perdonado mi pasado.

 Julia Stacey Gordon Barrio Sésamo

03.

A los que cayeron en la trampa ochentera de la nostalgia y recuerdan las emisiones patrias de Barrio Sésamo se les suele olvidar que aquella sociedad nuestra tenía unas raíces de odio hacia el diferente increíblemente sórdidas y arraigadas. En el barrio lumpen –ese barrio que luego los Owen Jones del terruño han intentado sublimar de manera incomprensible- se le perseguía mucho al maricón, se le zurraba mucho al mongolito, que era la palabra españolísima y castiza para meter en un saco a todos los discapacitados intelectuales que se marchaban a casa entre lágrimas y meados encima de puro miedo. No está de más recordar que cuando nos sentábamos para ver las emisiones de TVE con el sempiterno y vomitivo sándwich de Nocilla habíamos venido de jugar a darle balonazos al hijo del emigrante, o al niño gitano que subía de la periferia y olía mal porque su padre estaba metido en el caballo, su madre vendía collares por la calle y no tenían pasta ni para comprar un bote de Ariel.

Eso era la España de la sacrosanta transición –quien lo probó, lo sabe-, y al niño que bailaba se le llamaba marica de mierda, y los padres miraban raro en las reuniones del APA al niño que no jugaba al fútbol porque a saber qué trama, y a la niña que le crecían las tetas demasiado pronto se la catalogaba automáticamente de puta y se elegía para ella un notabilísimo puesto como peluquera del barrio. Mucho Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) y mucho Stranger Things (Matt Duffer, Ross Duffer, 2016 – ) pero, seamos sinceros, el diferente llegó a los noventa con una neurosis de campeonato. De ahí la inagotable proliferación de trastornos alimenticios que punteaba las confesiones en los años universitarios, las autolesiones, de ahí la terrible tristeza, una tristeza desquiciada que nos asola a mis contemporáneos y que emerge como un torrente en el cine de Carlo Padial, Pablo Hernando o la gente de Canódromo Abandonado.

Owen Jones, vamos, no me jodas.

En nuestro Barrio Sésamo, los bakalas entraban a robar al centro de trabajo para enfermos de síndrome de Down y se llevaban radiales, cobre, herramientas que luego malvendían por las chamarilerías y se sacaban cinco talegos para el speed del finde. En nuestro Barrio Sésamo, los chavales de la Alpha Industries se descojonaban de la adolescente con sobrepeso y le tiraban los minis llenos de orina desde el coche tuneado mientras retumbaba el Stay with me de Noyze. En nuestro Barrio Sésamo, los skinheads mataron a navajazos al hermano de una compañera de clase simplemente porque era un poco moreno y le confundieron con un africano. Owen Jones, vamos, no me jodas.

04.

La parte buena es que yo me aprendí de memoria todo aquello para poder dar testimonio y no empezar a babosear ante la enésima reposición de Regreso al Futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985). Aprendí más del rostro del Otro con los chavales de la Alpha Industries que con Lévinas, a qué engañarse. La parte buena es que, de pronto, un puñado de gente valiente comenzó a entender que ya nos habían reventado los cojones y el alma lo suficiente y comenzó a incorporar palabras en los planes de educación como integración, como transexualidad, como discapacidad, como diferencias en los procesos de aprendizaje. La homosexualidad, la inmigración, la intelectualidad, poco a poco, comenzaron a dejar de ser terrenos para la exclusión.

Y no, no lo hemos conseguido.

Las clases están llenas todavía de jóvenes aprendices de Cristiano Ronaldo y de niñas que son educadas para tronistas de Hombres, mujeres y viceversa. En muchas casas todavía se sintoniza el Sálvame a la hora de los deberes. Muchos padres todavía no se levantan para recoger la mesa y seccionan el mundo en cosas de hombres y cosas de mujeres. En las clases de catequesis de los Nuevos Movimientos Religiosos católicos se sigue diciendo que los hijos concebidos mediante fecundación in vitro son menos cariñosos porque claro, no es lo mismo una probeta que un lecho bendecido por Dios. El ser humano sigue teniendo, en esencia, los mismos mimbres miserables y excluyentes.

Pero de pronto, de manera inesperada, llega Julia y nos golpea a todos por lo evidente de su presencia. Julia reinventa los márgenes de lo que puede decirse, de lo que esperamos de un programa infantil, y nos enfrenta directamente con la diferencia. Julia es el enigma teológico total, la pregunta por el sufrimiento y el sentido, la pregunta por el amor en su estado más puro – ¿somos nosotros, estamos preparados, para compartir esos programas infantiles, tenemos la altura necesaria para alzarnos esos treinta centímetros de tela y asumir, definitivamente, que no estamos preparados para aceptar el enigma del autismo?

 Julia-Elmo-Barrio-Sesamo_Stacey Gordon

05.

Las manos de Stacey Gordon son las manos de Dios.

Deslizadas por el interior de Julia, consiguen que la pequeña protagonista amarilla se desplace por el encuadre.

El hijo de Stacey Gordon tiene 12 años y es autista. Ella ha estudiado sus gestos, se ha sometido a su laberinto, y finalmente, esas manos que han tomado en brazos al niño diferente –que lo han aceptado en su imposible verdad- se deslizan en el interior de la tela. Ella es la heroína más valiente, más conmovedora, la auténtica artista que debería dejarnos a todos mudos de admiración. Nos ha legado todo su dolor, su aprendizaje –el gesto de la caricia hacia su hijo discapacitado- para exhibirlo de manera pública y abierta, para meterlo en nuestros hogares, para demostrarnos que no, que no lo hemos conseguido, pero que quizá estemos en el buen camino.

Tenemos derecho a seguir confiando en las imágenes. Tenemos que seguir pensándolas, seguir a su lado, seguir pensando que las imágenes pueden cambiar las cosas y pueden abrir un espacio para la diferencia que silencie de una maldita vez las líneas directas con todos los dioses y todos los miedos. Tenemos que creer en Julia y en Stacey Gordon más que en nosotros mismos.

Si las imágenes no sirven para tender un puente de amor hacia el otro… ¿entonces para qué sirven? ¿Para qué?

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] (Sigue leyendo en Cine Divergente) […]

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