True Blood

Esta no es otra estúpida serie americana Por Fernando Solla

“Todo lo que vive, vive para siempre. Sólo el caparazón,
lo perecedero muere. El espíritu no tiene fin.
Es eterno. Inmortal.”Peter Krause en A dos metros bajo tierra (Six Feet Under, Allan Ball, 2001-2005)

Con el guión de American Beauty (Sam Mendes, 1994), Allan Ball elaboró un prodigioso texto, que retrató, mediante el escarnio más salvaje, a la sociedad americana de clase media-alta, tomando como unidad de medida el núcleo familiar. El clan de los Burnham fue elegido como muestra representativa de todo aquello que el cine clásico norteamericano ha obviado mostrar al llegar el momento de escoger la trama más adecuada para las historias que se han querido explicar. El patriarca de los Burnham (sobrecogedor Kevin Spacey) encarnó con una espontaneidad que pocas veces se logra transmitir, dentro del contexto de una producción cinematográfica de gran formato, al hombre de mediana edad, anímicamente hastiado y miserable, con una vida sexual frustrada, que navega entre un entorno familiar patético y gris y una vida laboral aún más gris. Conjunto de catastróficas desdichas que sumadas se convierten en la más nítida fotografía de esa mentira social, culturalmente denominada, y aceptada, como el sueño americano.

Y entonces llegó A dos metros bajo tierra (Six Feet Under, 2001-2005). No contento con reventar el patrón en el ámbito cinematográfico, Ball decidió irrumpir personalmente en el domicilio de los consumidores de ficción televisiva, colocando una bomba contra la ilusión de harmonía familiar creada, contratada, pactada y aceptada socialmente, cuyo detonador se encontraba en el corazón de cada uno de los hogares retratados: el televisor situado en el salón, o punto de encuentro (al menos físico) de todos los miembros de cada estirpe, que matan la vida comúnmente (o la dejan pasar, que para el caso es lo mismo) y a los que la unión vinculante de los lazos sanguíneos oprime hasta la asfixia. Una familia, en este caso la de los Fisher, que irónicamente regenta, y vive, en una funeraria. El final del periplo sigue considerándose uno de los mejores (el mejor, según mi humilde opinión) para concluir una de las más logradas series de la historia de la televisión contemporánea.

De los Burnham y los Fisher, pasamos a los Stackhouse, los Compton, los Northman, los Merlotte, y compañía. De nuevo Allan Ball y de nuevo HBO.

Desde 2008 este seductoramente inquietante y eróticamente perturbador programa narrativo de ficción llamado True Blood nos mantiene en constante estado catatónico durante el visionado de cada episodio (aunque cierto es que aún estamos esperando que la actual quinta temporada levante el vuelo).

Humanos, vampiros, hombres lobo, mujeres pantera, cambia formas, ménades, brujas, hadas, mediums… Personajes de naturaleza variopinta con entidad propia más allá del género, especie o naturaleza, propios de cada ser, vivo o no. Como en el caso de A dos metros bajo tierra, la serie aborda, la búsqueda interior del propio yo de los personajes. A medida que avanza la historia cada uno va encontrando su lugar en el mundo (o en uno de los tantos mundos posibles que se nos presentan: pasado o presente, natural o sobrenatural).

La diferencia radical entre las dos ficciones televisivas (que de televisivas sólo tienen su medio de difusión, ya que el formato y la calidad, tanto técnica como argumental, son totalmente cinematográficas) es que mientras la primera se enfrentaba a esta búsqueda, recreada a través de situaciones tanto dramáticas como cómicas, de una manera espontánea y para nada morbosa, True Blood lo hace a través de la espectacularidad más grandilocuente y el morbo (la palabra se queda corta) más autocomplaciente que se ha visto en un producto no pornográfico.

Celebración del onanismo físico y psíquico totalmente desacomplejado es lo que nos propone al señor Ball en esta ocasión. Y nosotros, espectadores del mundo entero, nos entregamos encantados a la propuesta.

Volvemos a American Beauty y a ese reflejo de la infelicidad como medio de vida. Alan Ball vuelve a casa. Por un lado, traslada la localización de las atribuladas vidas de sus protagonistas a Bon Temps, pequeño pueblo situado en la sureña Atlanta, lugar de nacimiento del autor (no la de Georgia, si no la del estado de Louisiana), sede denominadora de origen de esa bebida llamada Coca-Cola, producto que gracias al marketing se ha convertido en símbolo de felicidad extrema, unión, amistad, buen rollo, de la Navidad, del verano y de casi cualquier cosa. Por otro lado volvemos a encontrarnos con la ridiculización y el escarnio de la celebrada película, y a ese desengaño, ese final casi apocalíptico de los Estados Unidos como espejo de un paraíso capitalista, habitado por autómatas siempre sonrientes que viven una everlasting happy life. Recuperamos la mala uva y la lucidez de American Beauty a través de una comunidad humana que de hermosa sólo tiene el físico de alguno de sus protagonistas. Pero Ball es muy generoso y siempre ofrece posibilidad de redención a sus personajes, que en este caso rechazan explícitamente el estado del bienestar, nadando en el terreno de lo políticamente incorrecto, burlándose de la doblemente falsa moral que practican.

Cuatro excelentísimas temporadas de doce capítulos cada una y algo decepcionante quinta fase, aunque aún no está perdida la esperanza, para contar una trama que empieza y termina con cada temporada, adaptando muy libremente la saga de novelas The Southern Vampire Mysteries de Charlaine Harris. La diferencia principal es el tiempo de la narración, en primera persona por el personaje de Suckie Stackhouse (Anna Paquin) en las novelas, limitando las tramas a lo que la protagonista vive o conoce. En la serie se desarrollan varias tramas paralelas, que no siempre están relacionadas con ella.

Lo mejor del producto audiovisual es la dimensión que se da al personaje de los vampiros, haciendo de ellos un grupo social más o menos minoritario y perseguido, y no una amenaza, consiguiendo una punzante y logradísima analogía entre su lucha para ser aceptados en sociedad con reminiscencias del movimiento en defensa de los derechos civiles, contra la segregación racial entre blancos (humanos) y negros (vampiros) e, incluso, con el movimiento en defensa de los derechos de LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales). Alan Ball ha desarrollado en esta apasionante ficción todo un organismo legal formado por vampiros, similar a los de la década de los años cincuenta del siglo pasado en Estados Unidos (divertidísimo ese paralelismo que se hace entre las expresiones salir del ataúd y salir del armario). Logradísima también la comparación de la lucha por la aprobación de los matrimonios mixtos (vampiro, humanos y hombres lobo y… lo que haga falta), la libertad de orientación sexual, como muestran algunos antihéroes con colmillos y sus semejantes humanos, que se enfrentan a  organizaciones que luchan contra esa libertad, como la Hermandad del Sol (reflejo de los sectores más ultraconservadores de la iglesia, Ku Kuk Klan y compañía). Espectacular y para nada demagógico retrato, ya que a través de personajes minoritarios como Tara, que aunque defiende sus derechos como mujer de color, rechaza cualquier tipo de convivencia con los vampiros (Ball se guarda un as en la manga para la quinta temporada), mostrando pues cómo el racismo entre especies es recíproco.

Mención especial para la banda sonora, supervisada por Gary Calamar y su tema principal “Bad Things”, compuesto por Nathan Barr e interpretado por Jace Everett. Además de esta canción, la música tiene una gran importancia para el desarrollo narrativo del argumento de los episodios, llegando el título de muchos de ellos a ser homólogo a alguna canción, cuyo contenido queda hermanado con el argumento de algún capítulo. Como ejemplo destacado encontramos “Beyond Here Lies Nothin’” (Bob Dylan) o “Corrupt” (Depeche Mode). A raíz del éxito de la serie también se ha comercializado un cómic de True Blood (IDW Publishing y Diamond Comic Distributors. Alan Ball, con la colaboración de los guionistas de la serie (Elisabeth Finch, Kate Barnow, David Tischman y Maria Huehner) y con el ilustrador David Messina ha querido complementar algunas de las tramas de la serie protagonizadas por Sookie, Bill, Sam, Eric, Tara y Jessica. Aunque sin lugar a dudas, nuestro producto de merchandising favorito es esa bebida embotellada llamada True Blood, sangre sintética que se sirve caliente para vampiros (o no), que en su versión real sabe a naranjada (refrigerada sabe mejor, damos fe).

Finalmente, destacamos a algunos actores que hacen auténticas maravillas con sus personajes: Anna Paquin, la niña de El piano (The Piano, Jane Campion, 1993) ha conseguido que su Sookie Stackhouse sea querida y odiada por partes iguales. Nos encanta la cara de Anna cuando a través de los poderes telepáticos de Sookie oye lo que las mentes de sus replicantes humanos piensan, consiguiendo alguno de los momentos más hilarantes de toda la serie. Ryan Kwanten interpreta a su hermano Jason, el típico ligón que se acuesta con cualquier mujer que se le pone delante y que en esta quinta temporada será víctima del deseo de algún vampiro macho (desternillante). Stephen Moyer encarna con la frialdad y distanciamiento de los galanes cinematográficos al vampiro Bill Compton, aunque nosotros preferimos a Alexander Skarsgård, visto en Melancolía (Melancholia, Lars Von Trier, 2011) y a su Eric Northman (seductor e irresistible tercero en discordia y desencadenante de los sueños eróticos de la protagonista, cuyo trío imaginario (o no)  tuvo repercusiones que traspasaron la pantalla después de su visionado en más de un espectador, hasta ahí podemos leer).

Recauchutada y divertidísima mala leche la de Kristin Bauer y su Pam Ravenscroft. Encantadora, y gracias al excelente trabajo de Deborah Ann Woll cada vez más protagonista, Jessica Hamby. Atractivo y más que verosímil el antihéroe, y antagonista de Bill por el amor de Sookie, cambia formas que Sam Tramell nos regala con su Sam Merlotte. Subidón de temperatura en la tercera temporada con ese físicamente brutal y carismáticamente magnético y extremo hombre lobo llamado Alcide Herveaux interpretado por Joe Manganiello (sólo igualado, y superado, por Hugh Jackman y su Lobezno). Divertidísimo y conmovedor (según temporada) el atrevido y desacomplejado Nelsan Ellis, que con su Lafayette Reynolds introduce el tema del libre consumo de substancias psicotrópicas. Querida por algunos y odiada por otros muchos la Tara Thorton de Rutina Wesley (mejor amiga de Sookie que en la quinta temporada da un giro completo a su personaje) y tierno el Hoyt Fortenberry de Jim Parrack y esos ojitos con los que mira a su querida Jessica.

Mención especial para el secundario más carismático que hemos visto en mucho tiempo: el vampiro Stephen Root, interpretado por Eddie Gautier. Apareció en algunos capítulos de la primera temporada. El colmilludo del que Lafayette obtenía sangre a cambio de sexo (nos hemos olvidado anotar que una gota de sangre de vampiro es más afrodisíaca que una pastilla de viagra). Secuestrado más adelante y engañado para ser usado como fuente privada de “V” por Jason. Absolutamente conmovedor.

Ser o no ser vampiro, esa es la cuestión. Y nosotros queremos que Bill (o a poder ser Eric) nos pegue un buen mordisco. Aquí da igual el género masculino o femenino. Lo que importa es la  erótica y el placer del mordisco, más para el que lo recibe que para el que lo da.  Todos queremos ser (o sentir) como Sookie. Conseguid un buen lote de botellas de Tru Blood para vuestra cita del próximo fin de semana y disfrutad en el sofá de cualquiera de los capítulos de esta maravillosa serie. Si la compañía se muestra receptiva, podemos asegurar que vuestra noche será inolvidable. Always Tru(e) Blood! And welcome to Fangtasia!

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. DANY AMEZCUA dice:

    No se pierdan esta temporada. true blood 7 promete mucho

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