Carta a Terenci Moix

Divas en el estercolero Por Manu Argüelles

Querido Terenci Moix:

No sabes cómo te echo de menos. Desde que te fuiste, un dos de abril de hace diez años, leer sobre cine ya no es tan divertido. Quizás te haya idealizado de la misma forma que solemos fantasear con el primer amor, que lo bañamos en un manto de santidad sin importarnos, poco o mucho, lo injustos que somos con todas las personas igual de importantes que vienen después. Y es que, aunque te puedo asegurar que sigo leyendo mucho,  desde tu ausencia no he encontrado a nadie que combine con esa maestría con la que escribías, conocimiento enciclopédico con rigurosidad analítica, el gusto por la anécdota con la firmeza académica, la seriedad y profundidad con la bendita frivolidad. Creo que se precisa de una inteligencia excepcional el saber deslizarse por la superficie de las cosas y no perder en ese paseo, ni un ápice de integridad. Y tú para eso eras el mejor. Porque siempre fuiste fiel a ti mismo. Era imposible deslegitimarte porque todo lo que pasaba por tu pluma lo hacías con tanta cercanía y convicción, que podías permitirte el lujo de ser un snob si querías. Era un capricho que se condonaba a los que tenían tu distinción. Porque cuando afilabas el estilete y te ponías socarrón resultabas irresistible. Ni yo mismo puedo calibrar todo lo que aprendí de ti.

Y mira que en aquella alborada, cuando me acercaba a la biblioteca a leer las Dirigido por, aquellos artículos me resultaban indescifrables y abrumadores. Pero tus artículos, que no tenían nada que desdeñar a los de la legendaria revista, sin embargo me daban la sensación que estaban en un nivel elevado, pero donde siempre podía sentirme cómplice de lo que explicabas. Tu pasión se estrechaba con tal firmeza a mi vehemencia cinéfaga (ahora cinefilia con conciencia) que me sentía placenteramente ligado mediante un cordón umbilical. Porque todo lo que decías era recorrido por una vibración, una fogosa ebullición que parece ser enemiga declarada de la escritura cinematográfica (seria): la mitomanía. Incluso te reconozco que yo mismo la he desterrado, como si fuese un rescoldo de pretéritas épocas en mi vida.

Terenci Moix 2

Bette Davis y Joan Crawford

Si tuviese que hablar de debilidades (in)confesables, hablaría de divas. Por lo que, si tenía que rescatar a inmortales del cine, era inevitable escribirte a ti, el chamán de mi niñez cinéfila. Tampoco creo que hablar de esas mujeres bigger tan life sea algo que tenga escondido. Tú bien sabes, siguiéndote, qué duda cabe, que los complejos se me cayeron con los años y a cualquiera que me quiera escuchar le canto mis excentricidades y mis adhesiones enfervorizadas. A veces me pongo de un intenso que necesito mi ración lúdica y disfruto activando mi disposición juguetona con los materiales.

Descodificarlos de forma irónica, embelesarme con lo superfluo, desdeñar la trama y gozar con lo delirante: el chorreo camp como antídoto al mortal aburrimiento que me produce revisarme cuando me pongo en plan académico.

Aquí es donde entra mi fascinación por Bette Davis y Joan Crawford. De la Davis, solo vi La carta (The Letter, William Wyler, 1940) porque era tu pérfida favorita. Han pasado muchos años de aquello pero lo recuerdo perfectamente. Si tú lo dices, seguro que es la mejor. Pero a mí me resulta más admirable ver cómo sobrevive como una jabata en su presunta época de decadencia, cuando acabó escorada en películas de terror baratas. A ella nadie pudo apagarle el brillo y su resistencia fue ejemplar. Todo fue a partir de ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962) donde me resulta espeluznante. Verla cantar ya de mayor, etílica y enajenada perdida, I’ve Written a Letter to Daddy con el foco cenital de la lámpara sobre su rostro blanquecino es una imagen impacto de primer orden. Me quedo completamente subyugado. Todavía este melodrama me produce una inquietud desasosegante con sus angulaciones, su gótico malsano y su inherencia guiñolesca. Una película ideal para incorporarle toda la rumorología existente, y leerla aderezando todo ese conocimiento superfluo, pero que funciona como la sal a una sopa sosa. Conocer la rivalidad entre bambalinas de estas leyendas del cine clásico añade un placer retorcido a lo que vemos en la pantalla. Y si sabemos las pullas que se hacían en el set, ya ni te cuento. Pero a pesar de resultar sádico (no menos que el maestro Aldrich al concebirlo), me despierta una profunda admiración, por el coraje y la valentía de acometer un rol con esa desproporcionada dosis grotesca. Es un navajazo a todo el glamour de su época dorada, donde demuestra una vez más, que por encima del fastuoso aire de magnanimidad de su período clásico, era una actriz como la copa de un pino. Me entrego tanto a su exceso melodramático que yo hubiese tirado por la escalera a su hermana paralítica (Joan Crawford). Era insoportable con esa autocompasión y ese victimismo de tres al cuarto. Nunca me creía su indolente figura y su rol de mártir. A Joan Crawford, mira que se esforzaba la mujer, pero me costaba verla de personaje positivo.

Terenci Moix Bette Davis

¿Qué fue de Baby Jane?

Tendrá la culpa Queridísima mamá (Mommie Dearest, Frank Perry, 1981), ese horrendo biopic que se basaba en el “simpático” libro que le dedicó su hija adoptiva. Ver a Faye Dunaway (nadie le dijo que sobreactuaba según parece, para fortuna de los amantes de las interpretaciones bizarras) pegando como una posesa a su hija porque utiliza perchas de alambre en el armario, es algo que te hace levantar el manto de la sospecha, si nos ponemos venenosos. No es que le dé veracidad al escarnio. Es que resulta sumamente entretenido verla como un personaje afligido mientras que en tu cabeza piensas que quizás en la vida real pudo ser peor que la madrastra de Cenicienta. Es un contraste similar al que se da en Camisa de fuerza (Strait-Jacket, William Castle, 1964) película que realizó en 1964, dos años después de ¿Qué fue de Baby Jane?, cuando a raíz del éxito de esta última consiguieron abrir una brecha para proseguir sus carreras. En ese prólogo, cuando pretende fingir que tiene como treinta años menos y se caracteriza como una femme fatale, ¿nadie se atrevió a decirle lo ridícula que estaba? ¿Tan escaso era el presupuesto que no pudieron encontrar a una actriz joven? Mientras que ella se esfuerza en actuar con un modelo de antaño, tremendamente afectado y desubicado, como si estuviese en un melodrama de los años treinta, sus compañeros de reparto, muchos de los cuales son incapaces de disimular que están recitando el papel memorizado, actúan en clave monocorde y minimalista. La estrella renacida era ella. El papel que le permitía una versatilidad de registros y realizar una curva de estados emocionales era el suyo, con esa mujer salida del manicomio, entre la cordura y la sombra amenazante de un pasado psicopático. Yo creo que se emocionó tanto con su nuevo estatus de terror queen que creyó que estaba en las mieles del éxito de antaño. Así que la Crawford se puso delante de William Castle como si éste fuese Clarence Brown. Y les dio a sus fans un recital como si el tiempo no hubiese transcurrido a su alrededor.

strait_jacket

Camisa de fuerza

No quiero parecer arrogante aunque realice una mirada de águila, maliciosa y traviesa, divirtiéndome con la búsqueda de sentidos alternativos a lo que marca la línea narrativa del film. Si disfruto con Camisa de fuerza o El aniversario (The Anniversary, Roy Ward Baker), realizada en 1968 a cargo de Bette Davis, es porque previamente las he amado en Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) y Eva al desnudo (All about Eve, Joseph L. Mankiewicz, 1950), respectivamente. Transijo la teatralización apolillada de El aniversario porque está Bette Davis como súper villana con parche en el ojo. Soy consciente de las deficiencias de ambos films, pero soy a su vez capaz de sacarle punta a lo que veo y embelesarme con esas actrices de carácter. Así que cuando digan que eran unas divas en el estercolero, yo responderé que ya quisieran muchas defender como ellas las películas que les ofrecieron. Que la Crawford perdió el oremus, cierto. Pero ella seguía incólume a su ideal, sin importarle donde estaba y lo que hacía. Porque en eso no se equivocaba. Si las vemos es por ella. Bette Davis, en cambio, siempre se mantuvo en una línea de perfección que demostraba lo concienzuda que era en su trabajo. No es cierto que en aquella época solo realizase películas alimenticias. A merced del odio, (The nanny, Seth Holt, 1965), es un excelente thriller psicológico de la Hammer, donde ella está absolutamente perfecta como ambigua nanny. Porque eso es una diva, aquella que borra todo lo que está a su alrededor cuando sale a escena. Y nos importa poco lo que digan, lo que hagan, lo que se equivoquen o lo que fallen, que se lo perdonamos todo, sin que por ello perdamos nuestra capacidad enjuiciadora. Va por ti Terenci, que me enseñaste a amarlas.

 

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