Sobre Estudio Q de Vicente Leñero

El gran teatro del mundo… es el set. Por Samuel Lagunas

A pocas horas del fallecimiento del guionista y dramaturgo mexicano Vicente Leñero (1933-2014) el 3 de diciembre de 2014, la editorial Planeta anunció la reedición de obras importantes del autor en el primer trimestre de 2015 en todos los países de habla hispana. En la lista de textos aparece mencionado Estudio Q (Joaquín Mortiz, 1965), una de las novelas menos leídas del jalisciense.

Estudio Q es una fina y rebuscada sátira de los estudios televisivos en la década de los 60.

Narra la historia de Álex, un actor que ha iniciado un nuevo proyecto: una telenovela que cuenta su vida como actor de telenovelas. Emulando explícitamente el trabajo de Pirandello en Seis personajes en busca de su autor e, implícitamente, Niebla de Miguel de Unamuno, Estudio Q es una parábola sobre la voluntad y la libertad humana. Álex, a diferencia de Truman (Jim Carrey) en El show de Truman (The Truman Show, Peter Weir, 1998) es consciente de su condición de personaje pues cree tener perfectamente escindido el espacio real del espacio ficticio. No obstante, muy pronto descubre su incapacidad para elegir libremente y escapar de la voluntad del director escénico. Constantemente el lector también se confunde y no sabe si el párrafo que lee corresponde a la vida de Álex o es un cuadro más de la telenovela.

The-Truman-Show Estudio Q

El show de Truman

Al final el acertijo se resuelve trágicamente: Álex es incapaz de salir del estudio, vive encerrado en él, una cámara lo sigue obsesivamente, a veces sin que él lo note, y todos con quienes interactúa forman parte del elenco: Actor fracasado y Marta, sobre todo Marta. Ella es la actriz estelar, el romance de Álex, pero ¡oh destino! tiene que morir, así lo indica el guión. No importa qué haga Álex o qué deje de hacer: el cadáver de Marta es inexorable. Sin embargo, Álex, igual que Prometeo, intenta oponerse a los hados, busca el modo: la grieta del sistema que lo oprime y limita.

La novela gira fatídicamente sobre las mismas escenas: la muerte de Marta, el día en que la conoce, la visita al hipódromo y una fiesta que resulta definitiva para la formación del carácter de Álex. Si hay una posibilidad de vencer, está allí: en el instante que Gladys –la guionista– ha montado de la siguiente manera: en medio de la fiesta, Álex toma un arma para jugar a la ruleta rusa. Lleva el cañón a su sien y, cuando jala del gatillo, lo desvía hacia una lámpara que pende del techo. Ése es el segundo preciso de inflexión: Álex en su pesquisa metafísica y existencial descubre que la única manera de hacer frente a su destino es la muerte, no cualquier muerte sino la que él elija: el suicidio. El hallazgo es mucho más optimista en la película de Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, Marc Forster, 2006) donde Harold Crick (Will Ferrell) logra convencer a la escritora (Emma Thompson) de que cambie su final; y aún la insinuación en Birdman (Alejandro G. Iñárritu, 2014) de los pájaros elevando el vuelo en la última toma resulta más alegre y esperanzadora. Pero Leñero no es un autor de finales felices: es un narrador que, a través del realismo presente en todos los géneros en los que incursiona, nos restriega la dureza de la vida a cada momento y nos conduce en los laberintos nocturnos de la búsqueda de la verdad sin mostrarnos una salida.

stranger-than-fiction Estudio Q

Más extraño que la ficción

Finalmente, Álex logra dispararse pero, ¡gran sorpresa!, el lector descubre que esa decisión también es parte del script y la trama continúa hacia la escena última (planeada desde el principio): una mano femenina apaga el televisor a media frase, el libro –grata paradoja– acaba inconcluso.

La libertad es una ilusión pero su búsqueda es una exigencia continua. Para Leñero, esa necedad en la lucha es la que nos hace verdaderamente humanos y el set de filmación –otrora el escenario teatral– es el espacio que mejor representa el agónico combate: el hombre contra el poder (político, religioso…), contra sí mismo, contra su destino, contra Dios.

Vicente Leñero no era ajeno al medio televisivo. Gracias a su esposa Estela, en 1959 ingresó a la Agencia Palmex como guionista de radionovelas patrocinadas por la jabonera Palmolive, empleo que le permitió abandonar definitivamente el mundo de la ingeniería civil. De allí pasó a trabajar en Televicentro como guionista de telenovelas bajo la dirección de Luis de Llano. Al teatro entra por la puerta grande con la obra Pueblo rechazado (1968) que montó Ignacio Retes donde se representa la vida monástica del padre Lemercier en Cuernavaca, Morelos. Precisamente a partir de ese mismo hecho en 1973 realiza su primer guión cinematográfico titulado El monasterio de los buitres. Entre sus guiones más celebrados se encuentran El callejón de los milagros (Jorge Fons, 1995), La habitación azul (Walter Doehner, 2002), El crimen del padre Amaro (Carlos Carrera, 2002) y El atentado (Jorge Fons, 2010). Su novela Estudio Q se llevó al teatro en 1971 bajo el título La carpa y nunca logró adaptarse en versión cinematográfica.

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. Muy buena y brevísima nota sobre la obra Studio Q del señor Leñero! Aunque no me gustó la novela, la nota invita a leer Studio Q. Recomendado para “comunicólogos” y profesores que gusten de martirizar a sus alumnos aprendiendo de muchos modos de escritura y temporalidad en los guiones.

  2. Francisco Franco dice:

    Me encanto tu reseña, solo señalando que Estudio Q, si fue adaptado por Marcela Fernández Violante con el nombre de Misterio (1980).

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