Adrian

Por Aarón Rodríguez

Adrian

Hay una escena extraordinaria en la mitad más o menos exacta de Rocky III (Sylvester Stallone, 1983), rodada junto a la playa en una suerte de torpe plano-contraplano en la que, por primera vez en toda la saga, Adrian habla. Hasta el momento, la compañera del púgil había sido una suerte de presencia etérea, casi un personaje borrado, un mecanismo más o menos convencional de la narrativa para justificar la colección de curvas ascendentes y descendentes que se habían ido tejiendo en el envés de los guiones. Adrian estaba allí, era un contraplano borroso que ponía de los nervios a los primeros francotiradores de los cultural studies y que, con los años, se convertiría en moneda de cambio para escribir infinidad de papers y libros malos acusando a la saga de machista, fascista, ultracapitalista, neoconservadora y cualquier otro adjetivo que usted guste de acuñar. A principios de los noventa y aledaños, Rocky era poco menos que el demonio. Bien, sea.

Pero el caso es que esta pequeña escena de Rocky III, apenas pensada, apenas paladeada –el tapiz ideológico de Rocky III es extraordinariamente complejo como para apurarlo en 500 palabras y, encima, sin hacer análisis textual-, es una pequeña gema porque introduce el inmenso poder de la palabra de esa mujer. De hecho, todo ese silencio sufriente de las dos primeras entregas se resquebraja en apenas tres minutos de metraje: ella es la única que algo sabe de la verdad sobre su marido, la única que algo tiene que decir sobre sus límites o sus posibilidades, la única que está dispuesta a ver sin sentir vergüenza cómo le vuelve a caer una somanta monumental si salen mal las cuentas de la Historia. Adrian, junto al mar, le cierra la boca a Rocky –y por extensión, a nosotros-, con apenas una veintena de frases majestuosas, implacables, frases que son el equivalente lingüístico de la danza de Apollo Creed o de los golpes directos de Clubber Lang.

La palabra de Adrian danza/golpea con dos puños bien conocidos por todos: la verdad y el miedo. Son dos grandes territorios textuales, emocionales, que estaban apenas de refilón en las películas anteriores pero que irán creciendo hasta esa epifanía desgarradora que es Rocky Balboa (Sylvester Stallone, 2006). La verdad y el miedo son, al fin y a la postre, los motores que vertebran cualquier pensamiento y que deberían, además, invitarnos a reflexionar sobre la humildad de las cosas que pensamos y escribimos. De ahí que con los años –y aquí quería llegar yo con esta columna quincenal-, uno vaya admitiendo humildemente que no podrá escribir siempre sobre las grandes películas, majestuosas, las obras maestras consensuadas o los descubrimientos urgentes de la cinefilia. El pequeño territorio cinéfilo, las cosas que uno ama y a las que vuelve, esas que aparentemente empequeñecen por su banalidad y su puerilidad, son la auténtica verdad de las imágenes que nos podemos permitir defender sin ser hipócritas ni falsear los límites (muchos) que uno tiene. Esa es la verdad, y una vez enunciada, desaparece el miedo.

Qué hermosa película es Rocky III, y qué felicidad volver a verla de cuando en cuando.

 

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