El cine, el baile del amor

Por Aarón Rodríguez

lawrence mother

Es probable, por lo demás, que madre! no sea más que un ejercicio de danza. No hay que dejarse perder por los –por otro lado, obvios- laberintos interpretativos, ni por las supuestas metáforas de gran calado, ni por esa fabulita un tanto pueril sobre la musa y el artista. Hacer eso es, a la vez, darle la razón a Aronofsky y destrozar la película entera, lo que probablemente sean (ambos) grandes errores.

Pero pensemos, durante un segundo que quizá todo se reduce a la relación entre la cámara y el cuerpo de Jennifer Lawrence, un gesto dulcísimo por el que cada encuadre, cada movimiento, cada desplazamiento por el interior de la casa no es sino una especie de vals en el que el meganarrador se pregunta por la fascinación, por los límites, por la existencia misma de ese cuerpo. He visto pocas películas –quizá Los hermanos Karamazov (The Brothers Karamazov, Richard Brooks, 1958), quizá Match Point (Woody Allen, 2005)- en las que la cámara sea tan consciente de estar bailando con un personaje femenino, siguiendo con tanta dulzura sus movimientos, atendiendo con tanta seriedad a la manera en la que respira o contiene la respiración.

Los que nunca hemos sabido bailar, los que hemos contemplado el mundo siempre con este estatismo falto de gracia, nos hemos preguntado obsesivamente por la manera en la que unas manos se deslizan por la espalda del partenaire, por la elegancia erótica, la falta de intimidad de los bailarines. Qué falta de pudor, y al mismo tiempo, qué desvergüenza mostrarle a todo el mundo, poner en público, un conocimiento tan íntimo del Otro. ¿Cómo se conoce el cuerpo que danza, cómo se accede a esa intimidad tan desnuda en la que eso que uno maneja peor que mejor –la palabra, la seducción hablada- no sirve en absoluto? Podemos confesar, si acaso, que escribimos porque no podemos bailar, y de ahí que nuestros textos sean siempre fracasos.

De ahí que proponga leer madre! Más acá de sí misma, en el placer concreto de ese baile entre Lawrence y el encuadre, en esa cercanía obsesiva de los primeros planos y en esa precisión terrorífica de los planos rodados con steady. No pierdan –al menos hoy, me permitirán que me niegue a mí mismo- el tiempo preguntándose por los significados. Es mucho más dulce quedarse en el nivel previo del asombro, quedarse maravillado por ese reencuadre portentoso en el que la Lawrence, ataviada con un camisón grisáceo que topografía la incontestable fuerza de su cuerpo, queda convertida en perfil femenino puro en contraluz. Tras ella, la luz de una mañana en un territorio inexistente, en un bosque indescifrable que no significa sino su propia belleza, la luz que derrama, el recuerdo de un incendio que nada importa porque –seamos claros- ningún incendio agotará jamás el éxtasis doliente de la Lawrence, inmortalizada como bailarina entre llamaradas mismas por Aronofsky.

Qué más me da a mi el juego de significados, qué poco me interesa, qué poco me erotiza ese pensamiento coñazo sobre pigmaliones de tercera regional y fantasmas del ego. Aronofsky ha rodado una cinta narcisista hasta la náusea pero, paradojas del destino, la Lawrence le ha robado cada uno de los fotogramas y ha construido con ellos una impresionante coreografía donde su rostro, su piel, sus ojos, son la película entera. Qué placer cuando el cine es, digámoslo así, simplemente una cierta danza.

 

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