I want you

Por Aarón Rodríguez

I want you

Cuando cierro los ojos, veo la escena. Ella era Rachel Weisz, quizá más hermosa que en ninguna otra película, mucho antes de las alfombras rojas y los amoríos bajo el polvo de estrellas. Interpretaba a una peluquera en un pequeño pueblo, la mujer anónima y discreta que uno se imagina fantaseando silenciosamente en la cola del Primark, la mujer que es más grande que la vida y más grande que el cine porque el paisaje urbano, de manera incomprensible, no ha conseguido aplastarla. Rachel Weisz, que en aquella película llevaba –si cierro los ojos, veo la escena- la ropa interior barata de los amantes pobres que se compran lencería tristísima en las tiendas low cost de la periferia.

Siempre hay dos cuerpos. El cuerpo disimulado que ocupó una cierta parcela del amor –confeso, inconfeso-, y luego el cuerpo que nos trae el tiempo, que nos deposita en el presente y que siempre inquieta porque uno no sabe muy bien gestionar. La fenomenología del amor, esa cosa tan horrenda que está por hacer y que las adolescentes no intuyen cuando se apuntan a las escuelas de estética, pequeñas legiones de Rachel Weisz que se diseñan extraños y futuristas jeroglíficos en las uñas y los fines de semana van de eme barato ocupando las porciones lumpen que el google maps va dejando entre escuela de emprendizaje y escuela de emprendizaje. Ellas, siempre proyectadas como en un praxinoscopio oxidado que arroja siempre el mismo gesto, la misma manera de amar o de masticar chicle, que nunca vienen a mis clases porque se quedaron fuera de la Universidad fumándose el porro monótono de los martes por la mañana. Para qué quieren un título, me pregunto a veces, si llevan dentro a Rachel Weisz y toda su belleza.

La fenomenología del fracaso –esto es, del amor- la aprendí en aquella película de Winterbottom, una película que no han reivindicado ni los profesionales del cine trash ni los ávidos ojos que van inyectándose El peliculón de Antena 3 cuando no queda otra cosa. La fenomenología del fracaso es esa canción de Elvis Costello que se detiene exactamente en el segundo cincuenta y entonces se queda congelada, aterrorizada de sí misma, incapaz de continuar hasta que, simplemente, flotan tres palabras: I want you. Rachel Weisz, que quizá era Juana de Arco en su dulce hoguera de ropa interior negra, bailando en el esquinazo triste del deseo en el que nadie mira si no tiene algo de lástima o de pasado mal digerido detrás de las córneas. Tristeza de la peluquera que quería ser portada de la Nuevo Vale pero se quedó de stripper improvisada en su pueblo, tristeza tremendísima que únicamente podía retratar el cine de Winterbottom en un instante fugacísimo que me sigue emocionando mucho más ahora que, si cierro los ojos, puedo verlo.

Con las películas amadas, no sé si les ocurre, siempre se enfrenta uno a una pregunta inquietante. Una pregunta casi íntima. ¿Eran realmente aquellas las imágenes que vi o, por el contrario, he tenido que inventarlas de nuevo muy dentro, en esa pantalla ciega que son mis dos ojos cerrados?

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