Las últimas luces de la sala

Por Aarón Rodríguez

El cónsul de Sodoma

Cierra el curso 17/18, el año que dejé de escribir en listas, perfectamente numeradas y centradas a la izquierda, el número concreto de películas visionadas. Hay muchos motivos: la negación de convertir en una cierta cifra una cierta vivencia, la reinvención de la propia experiencia cinéfila, el punto y aparte, una cierta madurez o un cierto pliegue en la experiencia del tiempo.

Por ejemplo, recuerdo a veces la primera vez que vi en el cine El cónsul de Sodoma (Sigfrid Monleón, 2009), que puede gustar más o menos pero que yo siempre recordaré como una película importante. Y en ese plano final, en esa destreza de los cuerpos y la inminencia de la muerte, quizá pude darme cuenta de lo terriblemente triste que sería ya para siempre el Always on my mind de los Pet Shop Boys, o la manera en la que, a partir de la salida de la sala en esa sesión sinuosa (y algo sangrante) de principios de siglo, se marcaba un cierto hito en el calendario: el hito de la pérdida.

Es la enseñanza mayor del psicoanálisis: todo es pérdida o todo es carcajada, depende.

Gil de Biedma. Pienso mucho en él también últimamente, y releo algunos de sus poemas, porque quiero conservar ese punto de ignición concreto en el que el texto sobre cine puede convertirse en poesía –o viceversa. Y puede ser por tanto que lo que me interesa hoy –para cerrar esta primera temporada de las Zarabandas en Cine Divergente- sea ese momento en el que las luces de la sala se encienden, generalmente demasiado temprano, y los espectadores salen de la sala, generalmente demasiado tarde.

En las minisalas de mi ciudad, casi nadie va nunca en soledad a los cines. Hay algo penoso en los pocos reincidentes que nos topamos, silenciosamente y esquinando la mirada, en los pasillos prefabricados, pisando durante la década una y otra vez la misma moqueta sucia en azul, moqueta con manchas de palomitas dulces y refrescos, moqueta que es como las lápidas que servían para pavimentar las iglesias románicas y que traen siempre la misma pisada, esto es, la pisada del cuerpo perdido. Las minisalas de mi ciudad dan directamente al puerto, a las terracitas y los restaurantes de fritanga y arroz meloso para turistas. Lo raro es que la gente entre en el cine, cuando lo sensato es quedarse fuera y hablar con los compadres de si el equipo local ha ganado o de la Pedroche, o de qué pasa con la casa de Pablo Iglesias y así. Lo raro es que los cines sigan abiertos, aunque por el momento –además de las cuatro momias habituales que hacemos cola contando las monedas con gestos arcaicos y casi demoníacos-, todavía quedan grupos de tardoadolescentes que salen de hacer pesas y crossfit y se pagan unas entradas para ver la última de Marvel, o señoras bien de tinte rubio y uñas inmaculadas que gustan de las comedias románticas europeas sobre bodas y divorcios. De todo hay, y por eso el cine se mantiene. Cuando se encienden las luces cada uno comenta la película con una elegancia modesta –todo lo contrario que nosotros, los críticos-, y los solitarios nos quedamos un poco jodidos y hacemos lo posible por no cruzarnos en el baño. Lo suyo, ya se sabe, es ver quién es más cinéfilo y se queda estoicamente en la sala hasta el final de los créditos. Y el cine es así una anécdota de la provincia, una anécdota en el margen de la vida que igual se descarga de Internet y te la paso en un pen porque cómo vas a pagar nueve euros por una entrada. El cine se posiciona muy por detrás de los grupos de whatsapp, de los escándalos del antiguo alcalde o de las horas de las oraciones y los rosarios, y de hecho es probable que por aquí las iglesias tengan más tráfico que las salas –y con eso, como pueden comprender, ya queda todo dicho.

Hace unos años, cuando todavía tenía cuenta en Twitter, me encisqué de manera un poco ridícula con un compañero por ese tema de las políticas de distribución, de la manera en la que languidece el cine de autor en las pequeñas ciudades, por el analfabetismo audiovisual de las audiencias y cosas así. También eran ganas de perder el tiempo, cuando la cosa es tan obvia como que aquí el cine es el único lujo de una vida dominada por lo que los ultrarracionalistas denominan Empleo&Gol, sin que merezca la pena batirse en duelo por una sala vacía o por una subvención mal invertida. La moqueta azul de la minisala que pisé cuando niño, esa, ya no le importa a nadie ni será jamás revivida por ningún otro. Lo importante es que las luces de la sala, al final, se encienden y, como en El cónsul de Sodoma, suena casi siempre Always on my mind.

O dicho con las mismas palabras con las que finalizaba La zona gris (The Grey Zone, Tim Blake Nelson, 2001): “Y así es como el trabajo continúa”.

Hasta el curso que viene.

 

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