Rita Hayworth en Valladolid

Por Aarón Rodríguez

Rita Hayworth

Entonces caía el verano de la primera madurez y nos pillábamos el coche, con la fresca del primer agosto y nos subíamos a la Cátedra de Cine de Valladolid a escuchar a los maestros de la cosa. Creo que entonces todavía éramos ingenuos y no pagábamos peaje en las luchas cainitas y las envidias de la crítica, y así al final lo que queríamos era escucharles a todos: Heredero, Méndez Leite, Costa, Zunzunegui, Pérez Perucha, siempre a todo trapo y algunas veces cuando nos podía el cansancio nos quedábamos tomando jarras gigantescas de cerveza y fumando cigarrillos Sax Passion muy baratos (un euro veinte la cajetilla) y hablando de cine, hablando de cine, hablando de cine. Muchos de los mejores analistas y críticos de todas las generaciones han salido del “Máster de Valladolid”, que era la prueba de fuego, la declaración de amor irredenta al cinematógrafo, las noches largas sin dormir viendo en el salón de actos de la residencia las cintas en vhs, ciclos interminables de Buñuel o de Hitchcock o de Lang, incluso un domingo –lo recuerdo con una sonrisa cómplice- todo el metraje de Shoah (Claude Lanzmann, 1985) de una tacada, con pausa para una sopa fría y un yogur barato en el comedor universitario. Teníamos tantas ganas de ver todas las películas, y de saber de todas las películas, y de saber hablar de todas las películas. Y aquello era una fiesta porque, en fin, cada loco con su tema y había gente enganchada a Mizoguchi y gente enganchada a Reggio, y a veces llegaban las últimas horas de la tarde y uno no iba a ver películas de Huston a la Filmoteca de Caja España, sino que se quedaba fumando en la habitación y escuchando a Chet Baker – Olvido, en aquel momento, estaba escribiendo su tesis sobre jazz y me pasaba cds que yo no entendía pero que me parecían hermosos.

Y no lo entendía porque lo que yo quería entonces era ser requeniano, y un año vino Rita Hayworth a Valladolid porque la trajo Jesús González Requena y la dejó flotando encima de nosotros, era Shangai, era el amor y era la sensación –lo recuerdo como si fuera ayer mismo- del plano de apertura y la voz del analista, deslizándose entre las sombras ancianas y sapientísimas de la Cátedra diciendo: Una película que comienza con un hombre mirando al mar, como si fuera posible olvidar algo alguna vez. Qué amor entonces, por el cine. Qué amor por el proyecto mismo de la escritura sobre el cine, las ansias de poder mirar un fotograma y hacer poesía alrededor de las quemaduras de la luz sobre el celuloide.

Cuando los edificios antiquísimos despertaban vestidos de niebla se intuía la llegada urgente del otoño y nos montábamos en el coche, envejecidos, tristes, como con la intuición de la muerte (del cine) pegada entre los dedos. Fuera de la Cátedra estaba ese mundo desquiciado de gente vestida de traje que quería venderte cosas, que quería que vendieras cosas, ese mundo en el que no podías sentarte con ocho personas en la misma mesa para hablar de Ozu hasta reventar de risa o de pánico, en el que Rita Hayworth no se tumbaba, fantasmal y hermosa, para acariciar tu pelo mientras las campanas de un gótico nunca vivido acunaban la luz moribunda de la tarde y el humo de los Sax Passion dibujaba arabescos que eran, en cierta medida, haces de un proyector cinematográfico.

Lo aprendimos casi todo, pienso yo ahora, en la Cátedra de Cine de Valladolid. Pero aprendimos, sobre todo –hermosa paradoja- cuál era la manera correcta de mirar al mar. Ya saben, como si fuera posible olvidar algo alguna vez.

 

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