Una felicitación navideña

Por Aarón Rodríguez

pasolini virgen

Llevo unas semanas dándole vueltas persistentemente a una cierta pregunta sobre el estatuto ético de las imágenes: ¿Y si, contra lo que se suele pensar, fuera precisamente el bien –y no el mal, como se suele afirmar- su punto ciego? Con un pie apoyado en Rivette, trepando por las ampliaciones del territorio que van trenzando Daney, Rancière y el imposible enfrentamiento Lanzmann/Didi-Huberman, parece que la teoría fílmica ha ido construyendo sus líneas de fuga a partir del concepto de lo éticamente correcto –lo “representable” y sus límites- a partir de aquello que, por desmedido e inefable, debería no ser mostrado.

Ahora bien, si propusiéramos una inversión –ciertamente, nada nietzscheana- de esta idea, podríamos precisamente llegar a conclusiones bien interesantes. El bien, representado en pantalla en una naturaleza más o menos pura, resulta extraño, vergonzoso, casi incómodo para el espectador. Resulta, quizá, no verosímil. Al menos, para los ojos que miran la pantalla desde 2017. El cine clásico está lleno de ejemplos. Los momentos más arriesgados del cine de Capra, sin ir más lejos. Pero también aquellas películas claramente “integradas” –es decir, ajenas a la tradición de la modernidad y de las vanguardias de sabor más o menos europea- en las que se ponen en celuloide actos descabellados (por buenos), actos que tienen la épica y el sabor de lo humanístico, esa categoría tan denostada que también sería digna de volver a ser pensada con calma.

Y creo necesario introducir un matiz: por bien no me refiero aquí a un cierto programa ideológico –el personaje que actúa de manera correcta porque tiene una creencia, una misión o una cierta posición política-, y tampoco a una cuestión relacionada con la clase, el nivel económico, la raza, el sexo o el origen. Me refiero a la apuesta –por lo demás, casi imposible en el siglo XXI- de optar por una concepción del bien soberana, absoluta, casi ontoteológica. Si empezamos a arrancar de nuestra lista las películas que muestran el bien desde un “compromiso social”, desde un “compromiso religioso” o desde un compromiso “identitario” –tomando como eje la teoría de las identidades más o menos culturalista-, vemos cómo el suelo comienza a desaparecer bajo nuestros pies. Lo complicado, por tanto, no es quizá enfrentarse al enigma del mal –y, quizá, ver hasta dónde puede soportar el ojo humano en su placentera acumulación de atrocidades a lo Lanthimos- sino preguntarse cuál es el gesto cinematográfico que puede realmente disparar la posibilidad de una mostración buena de actos buenos.

Si esta última frase le chirría es, probablemente, porque al igual que yo está instalado en una suerte de dulce cinismo postmoderno para el que la idea del bien es necesariamente algo ingenuo, naif, algo que dejamos para las clases de preescolar, las catequesis y los mítines “comprometidos”. Sin embargo, si ustedes ensayan a reintegrarle, aunque sólo sea durante unos segundos, el potencial emancipador y justo a dicho concepto y a pensar el cine desde ahí, se darán cuenta de los tremendos agujeros que se abren en la textura del cine contemporáneo. O al menos, como decía al principio, esa es mi humilde aventura de pensamiento en estos días finales de adviento.

Más allá de todo esto, les deseo mucho bien y muchas imágenes para los tiempos que llegan. Vamos a necesitar, créanme, ambas cosas. Feliz Navidad y Próspero 2018.

 

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