Amigos imaginarios

Aprender a gestionar el dolor de la pérdida Por Yago Paris

Jordi Batlle Caminal señala en su crítica de Amigos imaginarios (IF, John Krasinski, 2024), que el director y guionista aborda la imaginación infantil a través de «graves derramamientos de sentimentalismo y azúcar», a diferencia de otros ejemplos, brillantes a su juicio, como los de Monstruos S.A. (Monsters, Inc., Pete Docter, Lee Unkrich, David Silverman, 2001) o Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, Spike Jonze, 2009). Las palabras de mi compañero crítico me han llevado a reflexionar en torno a la propia idea del género –el cine familiar– y sus líneas maestras. Qué duda cabe que Amigos imaginarios es un filme emocional hasta lo extenuante. Lo que me pregunto es si esto es necesariamente un problema. O, dicho de otra manera, hasta qué punto esto es un problema, cuando es una de las características principales que ha definido este modelo de cine. Señalar que una cinta de cine familiar como Amigos imaginarios peca de un flagrante sentimentalismo me resulta una situación similar a la también habitual protesta de que el cine musical es inverosímil porque los actores comienzan a cantar y bailar sin justificación alguna, derramando emociones que son acompañadas por recargadas puestas en escena. Otra denuncia en esta línea ha tendido a menospreciar al melodrama como un género ridículo por excesivamente intenso, donde actuaciones hiperbólicas atentan contra la representación realista de la emocionalidad y las relaciones humanas, algo de lo que también es culpable la puesta en escena. Cine familiar, musical y melodrama son tres géneros comandados por lo emocional sin rubor, y no resulta extraño encontrar argumentaciones en contra de ellos precisamente por este motivo. Me pregunto, por tanto, por qué no se cuestiona al western por contar con duelos de pistoleros o reflexionar sobre la batalla del bien contra el mal, o al cine de superhéroes por presentar personajes con poderes sobrehumanos. Es decir, por qué no se cuestiona a ciertos géneros por sus líneas maestras. Volviendo al cine familiar, ¿es la emocionalidad desbocada un problema per se? ¿O el problema se localiza en la buena o mala utilización de la misma? Probablemente, a Jordi Batlle Caminal no le han dejado más espacio en su crítica para despejar esas dudas, pero su aproximación a Amigos imaginarios ha sido suficiente para espolear las líneas que siguen a continuación.

La película del director de las dos primeras entregas de Un lugar tranquilo (A Quiet Place, 2018-2020) narra la historia de Bea (Cailey Fleming), una preadolescente que ha visto morir a su madre (Catharine Daddario) cuando era una niña, y en el presente de la ficción se enfrenta a la hospitalización de su padre (el propio John Krasinski, en un goloso papel secundario). Ante tremenda circunstancia, la joven siente que debe madurar a marchas forzadas para enfrentarse a la situación, o, más bien, para contar con una falsa sensación de protección, como si creyese que ser adulta la fuera a librar del miedo y el dolor de la pérdida. Quizás la gran virtud del filme, como señala Fausto Fernández en su crítica, es la voluntad del autor de no esconder el lado más oscuro de la realidad infantil. Así, el filme se mueve entre la oscuridad y la luz, algo que permite, de manera literal, que su director de fotografía, Janusz Kamiński, dé rienda suelta a sus fetiches de iluminación. Temáticamente, el filme combina los aspectos más dulces de la infancia, tales como la imaginación desbocada, con los más tenebrosos, como es la profunda sensación de desprotección ante la pérdida. El filme, por tanto, recuerda con facilidad a Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1988), otra obra de cine infantil donde detrás del mundo de fantasía se esconde la realidad del miedo a la muerte de la madre de las dos niñas protagonistas, que se encuentra ingresada de gravedad en el hospital. Sendas películas se conectan a través de la idea de la imaginación como necesario contexto paralelo a través del que gestionar lo que a duras penas se puede simbolizar en el mundo real.

Amigos imaginarios crítica Cine Divergente

Otro aspecto crucial de la historia, quizás el más original del relato de Krasinski, conecta a Amigos imaginarios con Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010): qué sucede cuando los niños que han dado sentido a las vidas de los juguetes se hacen mayores y se olvidan de ellos. Aparentemente, esta idea –o, más bien, la de una especie de orfanato para amigos imaginarios– podría estar extraída de la serie de televisión de Cartoon Network Foster, la casa de los amigos imaginarios (Foster’s Home for Imaginary Friends, Craig McCracken Lauren Faust y Mike Moon, 2006-2009), como varios críticos han señalado, pero mi desconocimiento de dicha obra me impide afirmarlo. Sea cual sea el caso, lo relevante de la historia consiste en colocar, en este caso, a los amigos imaginarios como los olvidados, que siguen existiendo tras el proceso de madurez del niño, quien, al pasar a la vida adulta, parece ya no requerir de la compañía de estos seres. De manera inesperada, un aparente filme sobre la soledad y el sufrimiento de una niña se convierte, en realidad, en una historia universal sobre la soledad, que atañe no solo a niños, sino también a los adultos en los que estos se convierten, y además a los seres imaginarios que estaban a su lado –y que, en el fondo, son la representación del niño interior que todos seguimos llevando dentro cuando crecemos, nos guste o no–. Krasinski nunca pierde el tono amable y luminoso, pero resulta significativa la manera con que en ningún momento esquiva la gravedad emocional. A diferencia del tipo de padre que tiende a engañar al hijo no contándole la verdad, o inventando una historia para ocultarla, aquí el cineasta expone el miedo y el dolor sin suavidad, pero con enormes dosis de acompañamiento emocional. La idea no parece ser tanto evitar la realidad, sino dar fuerzas para afrontarla. 

No estamos, por tanto, ante un ejemplo de película amable, por mucho que sea reconfortante. Krasinski no esquiva el meollo de la cuestión, y esto se traslada a la presencia de Ryan Reynolds en uno de los papeles protagonista. El interés de Reynolds por este papel es profundamente coherente con el resto de su carrera, como ya lo fue su encarnación de Clint Briggs –trasunto de Ebenezer Scrooge– en El espíritu de la navidad (Spirited, Sean Anders, 2022), versión moderna de Canción de Navidad, de Charles Dickens. El Cal de Amigos imaginarios es un personaje que busca hacer el bien pero que vive amargado –por motivos que no se desvelarán en este texto–, dando lugar a un arco narrativo que, digamos, permite que el personaje evolucione de su habitual rol de bufón cascarrabias al de tierno clown; una evolución que resume buena parte de las ideas del filme en torno a la manera con que nos enfrentamos a la realidad: desde el resentimiento y el miedo al dolor, o desde la aceptación del mismo y el desarrollo de habilidades para afrontarlo. De esta manera, a pesar de las dosis de emocionalidad presentes en Amigos imaginarios, diría que el filme es menos edulcorado que melodramático. En sus imágenes aparentemente livianas –resulta divertida la asimilación del lenguaje visual inocuo del cine de plataformas, como si de un caramelo envenenado se tratase– habita un profundo pesar, una necesidad de alcanzar la catarsis, de aceptar la realidad, y de llorarla todo lo que haga falta. Amigos imaginarios es intensa, por momentos emocionalmente excesiva, y no carece de enseñanzas «para toda la familia», o de discursos inspiracionales al más puro estilo Pixar –con la diferencia de que, mientras en la Pixar moderna el discurso se come a la emoción, aquí por suerte sucede justo lo contrario–, pero el cine familiar sería un espacio cinematográficamente más significativo si la media de las obras pertenecientes a dicho género tuvieran el atrevimiento que muestra Krasinski. Un atrevimiento a la hora de explorar el trauma infantil que, por cierto, la emparenta directamente con Donde viven los monstruos, y con el que ya quisiera contar Monstruos S.A.

Amigos imaginarios crítica Cine Divergente

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