Anunciaron tormenta

Olvidado rey bubi Por Ignacio Pablo Rico

Hasta el momento, la memoria cinematográfica popular en torno a Guinea Ecuatorial se limita a la superproducción Palmeras en la nieve (Fernando González Molina, 2015), único hito comercial centrado en el país africano. Con muy escasas excepciones, la ex colonia ha sido sobre todo material de fantasías neocoloniales, reportajes televisivos y piezas documentales de afán didáctico. No obstante, en años recientes, filmes de no ficción como El arte de ser mujer. Rompiendo el techo (Fumilayo Johnson Sopale, 2019) —exhibido únicamente en pases especiales o privados—, El escritor de un país sin librerías (Marc Serena, 2019) o la obra que ahora nos ocupa, Anunciaron tormenta  —programados respectivamente dentro del marco de los festivales Atlàntida Film Fest 2020 y D’A Film Festival 2021—, exploran nuevas posibilidades fílmicas para pensar y representar la realidad guineoespañola. Si bien todas estas películas hacen gala de un interés renovado por el pretérito colonial español en África y sus resonancias políticas, sociales y culturales en el presente, la ópera prima de Javier Fernández Vázquez es la más interesante por su problematización de posibles estrategias audiovisuales con las que recrear un tiempo pasado.

Anunciaron tormenta

Anunciaron tormenta abre con el plano general de un área boscosa y cubierta de niebla en la isla de Bioko. Debemos esforzarnos para atisbar con claridad el contorno del paisaje; de golpe, este se hace visible momentáneamente para nosotros, iluminado por una luz prístina. Sin embargo, apenas hemos llegado a atisbar sus formas cuando un destello blanco quema la imagen y la transmuta en una antigua fotografía del lugar. Estamos, de pronto, en 1907. Este comienzo no es solo una declaración de intenciones cinematográficas, sino una perfecta alegoría que encapsula el sentido mismo de Anunciaron tormenta. El objetivo de Fernández Vázquez es despejar las incógnitas de un pretérito misterioso, de un destino trágico disimulado por la versión oficial de la Corona española. Sin embargo, esa verdad que el director persigue voluntariosamente apenas se manifiesta en breves trazos. La tensión entre un hoy sin huellas del ayer y un ayer atrapado en imágenes y documentos esquivos deja al director, y a nosotros con él, ante la Historia de un gran vacío.

Con tal de reconstruir el probable asesinato en 1907 de Ësáasi Eweera, último rey de los bubis, el cineasta recurre a archivos de la época, memorias de autoridades políticas, jurídicas y religiosas diversas, y fotos desgastadas. Sus pasos lo llevan desde Salamanca hasta el valle de Moka. El contrarrelato de esa telaraña narrativa que conforman las voces coloniales se halla en las historias orales de los bubis, comunicadas de generación en generación. Cuando dos mujeres guineanas aceptan contar lo que les han escuchado a sus mayores, la pantalla permanece en negro, cediéndole el protagonismo absoluto a la oralidad y, sobre todo, interrogándose acerca de la pertinencia de la imagen a la hora de vivificar dichos relatos. El realizador recurrirá posteriormente a una metáfora visual: la cámara sigue, acompañada por esas voces que recuerdan los recuerdos de otros, a un habitante del valle que, machete en mano, delinea un sendero que atraviesa la jungla.

El álbum sin fotos de la Orden Claretiana de Santa Isabel —ahora Malabo—, las locuciones de varios actores que recitan documentos relativos a los hechos que rodearon la desaparición de Eweera, y la dialéctica entre lo que es y lo que fue la isla —recurriendo a efectos de montaje diversos— nos conducen hacia un conmovedor desenlace: el escritor Justo Bolekia y su hija, Reha-Xustina, leen un poema del primero que rememora, en bubi, la muerte de aquel olvidado rey guineano. Si los intérpretes españoles que dan voz a las autoridades de principios del siglo XX son filmados de espaldas o con sus rostros acechados por la oscuridad, Fernández Vázquez opta por una frontal claridad para retratar a los Bolekia. Esta conclusión no es sino un canto a la resistencia a través de la memoria transmitida, único modo de reescribir la Historia desde sus propias orillas.

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