Baan

Ya no existe Rosebud Por Ramón H Sosa

La ‘K’ en la verja de Xanadú señalaba que todo cuanto se viera a continuación era tanto una propiedad como una metáfora de Charles Foster Kane. El esplendor, ahora arruinado, del hombre que se hizo rico gracias a la comunicación para, después, aislarse en su pequeño reino de silencio. El palacio que Orson Welles creó para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) era una suma de estilos, de épocas y de coordenadas geográficas diversas. Una fortificación en la que la amalgama pretendía compensar, ocultar y proteger la ausencia sobre la que había sido construida. Las toneladas de cemento y riquezas de Xanadú trataban, en vano, de sustituir a la pequeña casita de madera que Kane, siendo un niño, había llamado hogar. También en Baan (Leonor Teles, 2023) los personajes están invadidos por la ausencia de un hogar. A falta del poder y la riqueza necesarios para diseñar y construir su propio refugio, huyen a ese Xanadú colectivo que es la ciudad. A esa Lisboa capaz de atraer y mutar con las identidades que atrae. Teles filma la capital portuguesa insistiendo en los rincones, las decoraciones, los comercios y demás perspectivas que la confunden con Bangkok. Lo mismo que hizo Welles, remarca que la abigarrada multiplicidad pude prometer, pero no cumplir, el sueño de dar con un espacio al que llamar hogar.

L. (Carolina Miragaia) y K. (Meghna Lall) son dos jóvenes que han llegado a esa ciudad huyendo de su pasado. A diferencia de Kane, sus iniciales no indican sus propiedades, sino la ausencia del nombre del que huyen: las familias, los recuerdos, los amores fallidos que tratan de dejar atrás. Reinventar el nombre para redescubrirse una misma. En el Xanadú lisboeta a sus transeúntes no los caracterizan sus posesiones, lo hacen sus movimientos, la forma en que navegan entre espacios, viviendas, trabajos y relaciones que no llegan a afianzarse. L. aún no ha deshecho las cajas que contienen las ropas y objetos que la vincularían a ese lugar en el que, por ahora, solo duerme y, a veces, come. K., que ya ha probado varias urbes, no tiene claro todavía que Lisboa sea el rincón del mundo en el que quiere quedarse. Sin caricias, palabras románticas, ni besos, ni siquiera la relación amorosa que se va trazando entre ellas acaba de adoptar las maneras de un noviazgo. Las esperanzas ocupan el lugar de las promesas en la vida de dos personas —pertenecientes a una generación forzada a ser fluida— que desean y temen, a partes iguales, confiar y entregarse a un lugar o a una persona.

Baan

En su primer largometraje, el documental Terra franca (2018), Leonor Teles filmó el día a día del pescador Albertino Lobo y su familia confiando en que su mirada sobre los cuerpos fuera suficiente para mostrar un interior que la película no explicitaba como discurso. Así, filma el rostro de L. —que responde a toda pregunta con otra, que esconde lo que piensa— a la espera de que sus ojos, su boca, su frente, nos revelen lo que no dice. También sobre su rostro monta los fragmentos de una ciudad que no posee otra continuidad que la del personaje que la habita. La confusión del entorno se combina con la de un tiempo que avanza y retrocede para hacer que la estructura de la película se introduzca bajo la piel de L. La fusión de la obra con la psique del personaje retratado parece ser una de las señas comunes de una parte del cine independiente contemporáneo. Quizá porque en una época de realidades y entornos esquivos solo quedan los cuerpos como espacios desde los que luchar la identidad, el cine se adentra en ellos buscando unificar la forma, las sensaciones y el pensamiento. Desde el Xanadú de Welles a la Lisboa de Teles, se han acortado las distancias: la metáfora ha sido reemplazada por la metonimia con las idas y venidas del sentimiento. El cuerpo es la pantalla exterior en la que un interior agazapado debe lograr proyectarse.

Lo que no impide, desde luego, la aparición de elementos simbólicos. K., de origen tailandés, fue adoptada a los pocos días de nacer. Ahora estudia la Tailandia que desconoce creyendo que allí encontrará el Rosebud capaz de rellenar el vacío que la acompaña. Ante las múltiples ciudades posibles, si Lisboa se orientaliza para L. es porque así manifiesta su enamoramiento de K. ‘Baan’ significa ‘casa’ en tailandés y, efectivamente, la Bangkok portuguesa se vuelve un hogar para L. en la medida en que lo hace K. Ahora bien, cuando desaparezca sin avisar, la presencia constante de decoraciones y alimentos asiáticos servirán como recordatorio de una ausencia hiriente. Leonor Teles introduce aquí un interrogante sobre el género de la película. K. es una activista política en lucha contra un racismo cuyas violencias, verbales y físicas, son introducidas a lo largo de la historia. La introducción del racismo no solo persigue denunciar una realidad inaceptable, sino que en el momento de la desaparición de K. hace pensar que puede haber ocurrido lo peor. Con ello, el malestar y la incertidumbre que L. experimenta se transfieren un tanto al espectador por medio de una confusión de géneros que nos aferra, una vez más, al vaivén de la protagonista.

Baan 1

Dar la vuelta al mundo para reencontrar el hogar no es, desde luego, un tema novedoso. La principal diferencia en cómo trataron la temática Novalis o Kaváfis y como lo hace Leonor Teles es que las protagonistas de Baan no tienen una casa a la que regresar. Hasta Bangkok, la ciudad soñada, acaba por ser extraña a K., más familiarizada con las mutaciones extranjeras de la cultura tailandesa que con su realidad. Ella, que espera congraciarse con su origen, se descubre como turista. De la misma manera en que el cine se aferra a los sujetos, las personas acaban siendo la única oportunidad de encontrar un hogar para una generación que siente la identidad atrapada en el límite del cuerpo. Ya no existe Rosebud. La mirada al pasado de Kane ha sido reemplazada por una esperanza que parece solo existir en el futuro. Aún así, a pesar de sus mil diferencias, existe un hilo entre ambas obras: el hogar como imposibilidad y como ausencia. Lo puntual se ha vuelto universal y la historia particular una carencia generacional, pero entre Xanadú y Lisboa resuenan una misma esperanza y un mismo vacío. Una amalgama de desesperanzadas huidas equivalentes.

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