Benediction

Lágrimas de jaspe Por Javier Acevedo Nieto

Te gustaría tener palabras para escribir tus pensamientos. A veces caminas por el pequeño parque junto a la iglesia y el crujido de las hojas es demasiado. Un ruido que te estremece: en tu infancia te rompiste la muñeca y los recuerdos vuelven. Algún murmullo lejano te devuelve a este instante. En mi cuarto hay una pequeña ventana blanca, solo la he visto dos días. Hasta ahora parecía una ventana normal. La cortina blanca que cuelga frente a ella también es blanca y me gusta la forma en la que queda apoyada sobre el cabecero de la cama. Un poco de aire fresco muere en mis pies y al ver luz quiero hundirme en ella. Sin embargo, hoy me he fijado en que en el dintel de la ventana hay una pequeña raja junto a una mancha negra. De repente, el paisaje del cuarto parece otro. En el parque quieres llorar, pero te da vergüenza. Crees que te mirarán sin preguntarte, una forma de juzgarte sin escucharte. Y ojalá tuvieras palabras para pintar tu sufrimiento porque a veces piensas que desangras tristeza y nadie lo ve. Por tu vida han pasado algunos hombres, unos pocos buenos y otros pocos malos. Si te concentras casi puedes hacer un borrador de sus caras. Uno era tímido y cuando sonreía hacía una mueca parecida a la de un ratoncillo asustado. Quizá otro tenía una nuez muy marcada y enmarcada por el pañuelito rosa. De otro, orgulloso y altivo, recuerdas las arrugas de su camisa blanca sobre la cintura. Ojalá hubieras sabido mejor el tango: a veces inventas recuerdos porque nunca estuviste muy conforme con los que tienes.

Benedicition

Siegfried Sassoon era un poeta. Por su vida pasaron esos hombres y otros. Tenía la habilidad de poner en palabras sentimientos que todos tenemos. Sobrevivió a una guerra, a sus secuelas y a varios romances rotos; sin embargo, nunca pudo superar esos pequeños traumas enquistados en días y días de dolor, gestos nerviosos y despedidas que nunca parecieron tal. El paisaje de mi cuarto ahora es otro. He leído algunas de sus poesías y las paredes un poco menos blancas. Hay arrugas en mi cama y durante la historia de Sassoon le he visto bailar, reír, recitar y romperse en imágenes divididas entre la prisión de su época y esos instantes del pasado que le hicieron pensar que quizá es una palabra bonita para hablar de su futuro. Durante Benediction (2021) Terence Davies realiza pequeños montajes asociativos: Sasson está roto y su personalidad se proyecta en los otros. Desea gustar, anhela leer y sus poemas conquistan minuciosamente la belleza cotidiana. Y, sin embargo, no es suficiente. Esos pequeños montajes intercalan imágenes documentales de la guerra que sufrió con su presente; creo que lo entiendo, Sasson nunca sintió que trascendió. Cuando está con otros se odia un poco menos a sí mismo. Cuando lee sus poemas en reuniones sociales en Chelsea sus hombros se encogen un poco y acepta los halagos con una falsa modestia. Quiere que alguien le abrace y le diga que está bien ser Siegfried Sassoon y que por un instante sus palabras han sido significante en labios ajenos. Me parece que Davies nos quiere decir que ese poeta tuvo un problema muy humano. Tras la guerra su poesía desapareció o, mejor dicho, dejó de dolerle y de dolernos. Tenía un foco, pintaba de color intenso la tristeza y la desazón. Después de la guerra el dolor era más tímido, callado. Su poesía no era sublime. Leer sus poemas y ver cómo Davies olvida esos montajes que exponen el trauma por la narración hiperbólica de sus dramas sentimentales me hacen pensar en que tengo frío. Ya no están esas palabras que me hacían pensar en una imagen del dolor y, ante todo, la justificación del dolor no está.

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Solo queda el rastro del trauma. Para describirlo no hay tantas palabras o imágenes. Davies lo sabe y su Sasson se vuelve muy humano: tiene celos, se siente fuera de su época y echa de menos todas esas personas que estuvieron una vez. No sabe despedirse. Por eso se aferra a sus traumas. Un trauma duele, pero nos conecta con un pasado: es una coordenada fijada por el dolor. Despedirse del trauma es adentrarse en lo que hay más allá del trauma: la no significancia, la intrascendencia, la certeza de quizá nadie llegue a amarnos como hemos amado. Sobre todo para quien vive fuera de su época como artista homosexual. Davies sigue mostrando esos traumas que dan sentido al dolor en esos furibundos montajes declamados en verso e imagen líquida. No es suficiente y su relato viene a decir que la vida de Sasson siempre transcurrió en el arrepentimiento postrero de no intentar ser él mismo. Sus libros, horas de lectura y poemas no le prepararon para la vida real. Es esta una historia llena de recuerdos conectados por el trauma. Hay mucho dolor, mucho amor, mucha tristeza y mucha emoción. También de esperas e instantes en los que no se tomaron decisiones. Pienso que es complejo transmitirlo y Davies lo consigue simplemente dando un poco de espacio, dejando que pensemos que todos seríamos ricos si contáramos las cosas que perdimos en días cualesquiera.

El trauma, el montaje, los pequeños zooms, los silencios, los diálogos que parecen cacofonías brotadas de corazones asíncronos. Benediction es de esas películas que pueden hacernos pensar en una sensación en lugar de mostrarla. La ventana de mi habitación ya no es la misma, acaricio el reloj de mi abuelo en mi muñeca y noto el frío de la pared en la planta de mis pies. Espero que mi abuelo me arrope los pies y no llegará. Es sensorial y vívido, es una película en la que cada vez que Sassoon querría morir y amar se hace un poco más amargo, fuerte e inteligente. Aunque sus poemas no trascendieran su época, cobran la intensidad de reflejar un momento.  Ahora que los leo y pienso en las imágenes la raja de la ventana de mi habitación parece la peor herida del mundo: mañana solo será otra dolor, pero hoy parece inabarcable. Ese es el potencial de la experiencia de contemplar un trauma, y es que Davies crea una película que parece hecha con papel jaspeado, coloreando emociones poniendo en contacto sus imágenes con el agua. Son extrañamente acuosas, fluidas y libres a medida que jaspean la historia con patrones de muchas emociones. También los poemas de Sassoon son un poco así: palabras escritas sobre lágrimas que se van deformando y cambiando de significado con cada nueva lágrima que atraviesa la superficie.

Benediction es un poco todo eso, quédense con que Davies alcanza su cota máxima sublimando lo que hay que sublimar y aligerando lo que hay que aligerar. Fuera hace frío y cuando veas llorar a Sassoon quizá también llores. No hay trascendencia, solo un poco de furia y muchos silencios en los que el cielo parece hundirse en nuestros ojos. Entender que a veces amando no hay amor, que llorando no hay tristeza y que con personas no hay compañía. Pese a todo, cuánta gente ama, llora y se acompaña. Es una poética traumática puesta en imágenes.

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