Critical Zone

Los viajes de Amir Por Ramón H Sosa

El mapa mental con el que recorremos hasta el más mínimo trayecto está repleto de huecos que sorteamos, cada día, con alegre indiferencia. Lejos de la detallada continuidad de las líneas que dibujan cualquier plano, el cerebro nos mueve de un lugar a otro enlazando unos pocos puntos que destaca en el paisaje: una estatua, una iglesia, un paso de cebra, una panadería, etc. Dependiendo de la inclinación o el azar, cada cual resalta unos u otros elementos recibiendo, al llegar a ellos, la indicación de girar o seguir recto. Finitas, nuestra memoria y capacidad de atención se liberan de la tarea de recordar cada milímetro del camino. Elementos puntuales entre los que avanzamos impulsados por una inercia mecánica en la que no distinguimos apenas nada. La unidad es, pues, una simple ilusión para quien camina entre fragmentos. En Teherán, la voz femenina del GPS guía los movimientos del coche de Amir (Amir Pousti) avisando a su conductor cuando debe de girar y cuando seguir recto. Como un augur, se avanza a los acontecimientos descifrando los metros que quedan para una curva, revelando un radar escondido o anunciando un próximo control policial. Bajo una guía tan precisa, el conductor no tiene siquiera que esforzarse en memorizar los breves puntos que crearían en su mente una ficción de la ciudad. Desligado de todo cuanto le rodea, Amir navega la noche ensimismado, sin llegar a establecer, en ningún momento, un vínculo fuerte con la realidad que le envuelve.

Captar la esencia de la ciudad, su maquinaria desenfrenada, sus innumerables rostros, su multitud de vidas entrelazadas, ha sido uno de los retos del cine, como mínimo, desde Berlín, sinfonía de una ciudad (Berlin: Die Sinfonie der Großstadt, Walter Ruttmann, 1927). Deseo de un arte joven que, desde el principio, encontró en la ciudad —en su energía, en sus formas, en su reunión de miles de historias— un pulso equivalente al de su propio empeño. Teherán es la coprotagonista de Critical Zone (Ali Ahmadzadeh, 2023), pero a diferencia de lo que cabría esperar de una road movie urbana, lo es por su omisión. Desde el interior del coche de Amir, la ciudad se vuelve un sujeto desdibujado: un fondo desenfocado y oscuro de carreteras indistintas de las que no se llega a extraer una entidad visual que lo caracterice. Las circunstancias en las que se ha filmado la película contribuyen, sin duda, a reforzar este efecto. La ausencia de permisos ha obligado a su director a realizar un rodaje camuflado en el que a veces, como en la escena del aeropuerto, la ocultación de la cámara impone la forma del metraje. El vehículo, como ya ocurriera en el cine de Jafar Panahi, se transforma en un caparazón que protege de la mirada de una ciudad que, por lo tanto, difícilmente puede ser devuelta. Esta ruptura entre el espacio y sus habitantes, aunque inevitable, no daña ni invierte la voluntad que se escenifica en la película, sino que la acentúa. El aislamiento entre las personas y la imposibilidad de conexión con los lugares que ocupan, laten en el centro de cada uno de los encuentros en los que acompañaremos a Amir a lo largo de una noche.

Critical Zone 3

Amir es un vendedor de droga ambulante. En su casa prepara la mercancía, sobre todo marihuana, colocándola en envoltorios diferentes según el encargo que le hayan realizado: en bolsas, en magdalenas, en cigarrillos ya liados o, en el caso de un cogollo cuidadosamente escogido, en el interior de la caja de latón destinada a la mujer de la que está enamorado. Prólogo que sirve para mostrarnos que Amir es, antes que un traficante al por mayor o un indiferente vendedor de esquina, un artesano: conoce a sus clientes y, en un anticipo del dispositivo formal que veremos a continuación, da a cada una de sus entregas un carácter único. Como si en la multiplicidad hubiera encontrado la libertad para responder a una reclusión impuesta, Ahmadzadeh explora las posibilidades de filmar desde un coche, dándole a cada viaje un carácter diferenciado. Con un plano-secuencia o con la secuencia fragmentada, con la cámara aferrada al techo o, bien, dando vueltas y vueltas sujeta al volante, mirando hacia el interior o hacia el exterior, aprovechando la música diegética, las luces de la ciudad o los espejos. A cada uno de los trayectos le corresponde un ejercicio propio que dota de mayor individualidad al cliente con el que se encuentra. Unicidad que exalta a las personas, pero que conlleva, a su vez, un reverso amargo: los lazos son frágiles y no se conservan rastros del encuentro anterior cuando Amir pasa, sin mirar atrás, a un estilo y a un cliente nuevos.

Un hombre que no tiene a quien contarle sus penas, una mujer que necesita ayuda para dejar el país, un geriátrico falto de medicinas para calmar el dolor de los ancianos y ayudarles a dormir, unas mujeres trans que se prostituyen, una madre que suplica ayuda para su hijo drogadicto. Durante los viajes de Amir conocemos a una parte de la sociedad iraní, solitaria, aislada y, sobre todo, desesperada. El traficante cumple funciones, desde la de asistente social a la de chamán, que, en principio, cabría esperara que ejerciera la colectividad, las instituciones religiosas o el Estado. Combinando brusquedad y ternura, se adapta a cada uno de los roles que los demás, abandonados, hacen recaer sobre él. Más que a la sociedad iraní —a la Ahmadzadeh no se esfuerza en retratar representativamente— o a una generación en concreto, la película hace emerger a esos sujetos desamparados que se esfuerzan como pueden en seguir adelante. No se esconde la crítica al país que no ha permitido al director ir a recoger el Leopardo de Oro que la cinta ganó en el Festival de Locarno: la clandestinidad que el protagonista encarna es necesaria en la medida en que el Estado y las demás instituciones se ausentan. En el fondo, nos encontramos frente al sujeto que tras la caída de los grandes relatos no encuentra identidad ni sostén material en el mundo que le rodea. Aunque plasmadas con un tono ligero, las vidas de Amir y los demás viajeros aparecen y desaparecen dejando, tras de sí, un regusto a tristeza. El GPS continúa guiando a su conductor que atraviesa, ensimismado, vacíos que nunca se rellenan. La noche no oculta los huecos de un mapa cuya continuidad es y seguirá siendo imposible en el seno de una colectividad que, ni en la ficción, llega a ser existente.

Critical Zone 2

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