De humani corporis fabrica
La cicatriz interior Por Ramón H Sosa
Hasta la aparición en 1543 del estudio de Andrés Vesalio De humani corporis fabrica libri septem, la anatomía interior del ser humano estuvo definida por los conocimientos que de ella dejó Galeno (129-c.201). Durante catorce siglos prevaleció una visión según la cual el hígado es el encargado de repartir la sangre y el corazón, que es la sede del alma, está donde está —donde sea que esté— porque así conviene a la naturaleza. Esta concepción que aún nos hace regalar corazones por San Valentín no es la única idea de Galeno que llegará hasta nuestros días: la descripción del órgano sexual femenino como un pene vuelto al interior, ya que la mujer es una versión invertida del hombre, es decir, una copia en negativo del original masculino, es una noción de la que no podemos celebrar del todo su final. Sin embargo, no conviene achacarle demasiadas culpas a Galeno que, al fin y al cabo, vivió en la época en que vivió y, en su contexto, sí supuso un verdadero avance médico. Alguien que realizó su trabajo partiendo de un impedimento difícil de soslayar: que era un tabú abrir cuerpos humanos y hubo de colocar los órganos de estos según lo que conocía de diseccionar perros y cerdos. Así pues, no resulta extraño que una película como De humani corporis fabrica (Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel, 2022) escoja titularse como el libro de Vesalio. Entre otras cosas, este fue quien realizó un gesto tan cinematográfico como el de abrir y ver. El gesto de mirar, después de catorce siglos, donde nadie había mirado.
La película, cuyo slogan ya nos advierte que vamos a ver el cuerpo humano como no lo habíamos hecho hasta ahora, hace precisamente eso, entrar y mirar. Por medio de las cámaras quirúrgicas que usan los cirujanos durante las operaciones, les acompañaremos al interior del cerebro, del intestino, de la próstata y del corazón. Y contemplaremos, de tan cerca como les ha sido posible, una intervención ocular o una cesárea. Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel (Leviathan, 2012; Caniba, 2017) han filmado, en diversos hospitales franceses, el momento en que un cuerpo es cortado y penetrado. Cuando la línea de una columna vertebral es corregida a mazazos y haciendo uso de alicates y tornillos. El momento, en fin, en que un cuerpo, disociado de quien lo habitara, se pone en mano de otros transformado en un objeto. Si Vesalio empleó el término fábrica es porque quería relacionar la anatomía a una construcción arquitectónica. Tras la indefinición que había caracterizado al tiempo que precedió a su estudio, se concretó un mapa de órganos, músculos y huesos que llenaban el vacío en el que había estado sumido nuestro interior. Esta plenitud del adentro, además de suponer un salto en lo científico, planteó un nuevo problema teológico, pues, tras haberlo detallado, ese interior no contenía ni rastro del alma.
Más allá de los quirófanos, los directores también se aproximan al pabellón de psiquiatría. Allí siguen a unos pocos pacientes en sus paseos —pasillo arriba, pasillo abajo— y en sus intentos de huida. No mucho más. En un film que retrata la inevitable conversión de un cuerpo en objeto a causa de la edad o la enfermedad, el uso de personas con enfermedades mentales con el solo fin de subrayar su mensaje, no es, quizá, una de las decisiones más afortunadas. Habiendo dado con un campo de exploración audiovisual tan novedoso y potente —que hace pensar en ese Werner Herzog que en Tokio-Ga (Wim Wenders, 1985) hablaba de filmar en lo inexplorado—, sorprende que, cada vez que los directores tratan de convertirlo en discurso, acaben perfilando su mensaje tan torpemente. A veces de forma morbosa y otras veces, como cuando ilustran el carpe diem con I Will survive, naif. No tanto el mensaje lanzado —a saber, que el cuerpo no es más que un objeto de uso temporal—, que no deja de suponer un terreno de debate válido, sino el cómo está formulado, es el punto débil de la película. La metáfora perseguida vuelve a los pacientes que están siendo intervenidos en masas abstractas y establece, así, una relación directa entre la identidad y el control. De la tenacidad de los médicos depende el que la personalidad pueda regresar, aunque sea de modo temporal, a ocupar su ilusión física.
Hace años, acudí a una instalación de posporno —movimiento artístico que, desde el feminismo, el posestructuralismo y otros ismos, busca subvertir lo pornográfico— en la que también se hacía uso de cámaras quirúrgicas. Una de estas cámaras, introducida por la vagina de una mujer, nos hacía partícipes de un recorrido ginecológico. Si lo pornográfico busca la excitación viendo de cerca, todavía más cerca y más adentro, la instalación reflejaba el punto en que lo erótico se vuelve asexuado. Una masa de carne indefinida. Ante la caída de los vínculos sociales y de pertenencia de grupo, ante la conversión de las ideologías en relatos y la abolición, crisis mediante, del nexo de unión entre lo laboral y lo personal —dime en qué trabajas y te diré quién eres—, lo biográfico y lo corporal han quedado como últimos reductos del individuo. El cuerpo, que por mucho relativismo que impere, siente frío, placer y hambre, es el último palmo de terreno sobre el que sostener una identidad que el sistema reinante pretende transformar en mercancía. El cuerpo es, por lo tanto, un espacio de lucha. En la instalación, se simbolizaba como la abstracción interior, carnal, cuestionaba un sistema de dominación cultural transformando lo erótico en no erótico. En De humani corporis fabrica se sostiene que la abstracción confirma nuestra condición de objetos y que, en cualquier caso, la de la identidad es una lucha perdida.
Coloreadas en tonos lilas y anaranjados, las células cancerígenas conforman una suerte de pintura abstracta frente a la cual una doctora menciona términos como quimioterapia y remisión. En la película se escenifica el enfrentamiento entre lo racional y la enfermedad vista como una abstracción. El cuerpo es el espacio de conflicto entre una voluntad de control y lo incontrolable. Un cadáver siendo vestido por dos enfermeras como si se tratara de un niño pequeño, dejará a las claras cuál de las dos opciones acabará por imponerse. Lo físico como edificio de la identidad solo hallará valor en el aquí y ahora —mindfulness— por lo que más vale celebrarlo que emprender una guerra de largo e inútil recorrido. La experiencia audiovisual a la que invita De humani corporis fabrica es tan fascinante e hipnótica como inquietante e incómoda. En una fiesta final del equipo médico que acabará en un mural que reinterpreta la última cena con personajes del hospital —por aquello del cuerpo que se transforma en consumible—, Castaing-Taylor y Paravel filmarán haciendo uso de una imagen granulada, planos detalle, slow motion y barridos. La celebración vitalista de los agentes que defienden la racionalidad, se convertirá en una abstracción que hace del exterior una masa tan difusa y claustrofóbica como la interior. La confusión de todas las guerras. Carpe diem.


