El cine, las cacerías y las piscinas

Por José Francisco Montero

Se cuenta que en la época del Gran Terror los discursos de Stalin eran seguidos por interminables minutos de aplausos, que no se apagaban ni ante las insistentes súplicas del tirano. La razón era que nadie quería verse acusado de haber sido el primero en dejar de aplaudir. Al impaciente o insensato le podía costar diez años en el Gulag.

El último número de la revista Caimán se abre con un editorial que ha tenido cierta resonancia (siempre considerando el universo minúsculo en el que nos estamos moviendo), en forma de entusiastas muestras públicas de adhesión. Leído el editorial, estos fervores podrían llamar la atención. Pues, si lo analizamos con detenimiento, en el mismo no se dice verdaderamente nada. Pero eso no importa: como demostrara Solomon Asch en la primera mitad de los años cincuenta, las presiones hacia la conformidad no exigen la creencia sino la afirmación de la creencia. Así que el mencionado texto no es más que una nueva muestra del «discurso del papagayo» que tantos aplausos recibe en la mascarada pública. Y un ejemplo más de las hipocresías que la adornan.

De esta forma, una revista que se supone que quiere dar visibilidad a perspectivas disidentes, a un cine personal que se subleve ante la mirada monolítica del llamado «cine comercial», a los «francotiradores de la imagen», aboga por una noción tan totalitaria como la de «el punto de vista femenino», esto es, por la anulación de la mirada individual, no subsumible en miradas despersonalizadas, en los «modos de las mayorías», en escrituras indiferenciadas, «anónimas». A continuación de la referencia a este «punto de vista femenino», se añade: ¡«a través de toda su valiosa hetereogeneidad»! Esta memorable frase traiciona a la perfección el venal posicionamiento, no ya solo de esta revista (que, al fin y al cabo, tampoco es algo muy importante), sino del hegemónico discurso biempensante: la servidumbre más repulsiva que, a su vez, trata de mantener la imagen de la disidencia; el pensamiento único disfrazado del respeto a la pluralidad de miradas; la complicidad con los que mandan que se define como «la resistencia».

Así pues, una revista que presume de dar acogida a discursos cinematográficos que se oponen al hegemónico, hace suyo con perfecta sumisión el lenguaje del poder, sus sintagmas más recientes y publicitados. Y, lo peor de todo, nos encontramos ante una publicación que se sirve de ese lenguaje para socavar un poquito más un estado de derecho y unas libertades individuales dignos de llevar ese nombre. Pensemos por un momento en esta otra frase del editorial: «apenas unas semanas después de que El País hiciera pública la denuncia por violencia sexual a Carlos Vermut a través del testimonio de tres mujeres». Pues es reveladora de un momento en el que la denuncia social se confunde con la denuncia por los cauces del sistema de justicia, con las garantías para el acusado que lleva aparejadas: la redactora olvida que el artículo de El País no hace «pública la denuncia por violencia sexual» (con la confusión a que esta torpe, o malintencionada, formulación puede llevar), sino que el artículo es la denuncia. Si quedaba en el texto algo aún vivo de la presunción de inocencia o del mínimo sentido crítico, la editorialista se va a encargar inmediatamente de aniquilarlo: si antes se había referido a «la cultura de la violación» y «el sentido del consentimiento», ahora dejará patente «nuestro apoyo incondicional a las víctimas» y «la firme denuncia de los hechos» (en la reiteración de «denuncia» se ha asomado por un momento, ya sin ningún embozo, el papagayo), así como a continuación hablará del «propio gesto de la representación de esas agresiones»…

El editorial de la revista Caimán, la revista Caimán, todos los tentáculos de la industria del cine español… es posible que sean una insignificancia. Pero, desde luego, es seguro que son una impostura: «reivindicamos así, una vez más, la potencialidad del cine como herramienta valiosa para explorar lo complejo, para abrir el debate, para hacer avanzar el pensamiento y, sobre todo, para colaborar, también desde la responsabilidad que como revista asumimos, a romper con la indiferencia, el silencio o el olvido encubridor y cómplice». Así termina el párrafo. Con inconsciencia o sin pudor. Y no hay más. Nada más que justifique tantas muestras de apoyo. Algunas reiteraciones más con la excusa de tres películas de actualidad y ya está.

Pero, claro, nadie se engaña. No solo el editorial es una farsa. Las adhesiones también son una impostura. No era la profundidad del discurso de Stalin la que provocaba esos aplausos con vocación de eternidad. Se trata, tanto en el caso del editorial como en el de las adhesiones, de meros actos de vasallaje de la Edad Media, con los ropajes de nuestro tiempo. Actos que, recordemos, se dividían en dos partes: el acto de sumisión del vasallo, arrodillado, y, a continuación, la recompensa otorgada por el señor, acompañada de la promesa de fidelidad en el futuro por parte del vasallo.

Y es que, por supuesto, todo esto no es nuevo. Y, desde luego, no lo es en el cine español y en el irrelevante espacio de la «crítica» española. Aun a riesgo de la excesiva generalización, es difícil encontrar un ámbito de la sociedad española más servil, menos crítico con la sociedad de su tiempo y con las instancias ideológicas que la determinan, que el cine español de las últimas décadas, quizás la razón principal de su inanidad, de ese profundo conformismo que, sin duda, lo condenará al olvido. Atrás quedan los tiempos en que nuestros mejores cineastas bregaron día a día con la censura y que entendieron su trabajo como parte del cuestionamiento del Régimen del momento. Por el contrario, en nuestros días el cine patrio está carcomido por el gregarismo y la autocomplacencia. También, sin duda, por el miedo: lo que no es exhibición de virtud es un prudente pero cómplice silencio. Así que pocas dudas caben ya de que en el caso del cine español asistimos a una nueva encarnación de lo que, en otro contexto, Jean-Luc Godard llamó «una derrota de la cinematografía» ante la realidad de su tiempo, una cinematografía que miró hacia otro lado y, como consecuencia, «llegó tarde» a la barbarie del presente.

Y sí, de acuerdo, es probable que en el futuro la historia sea implacable con nuestro tiempo y con la postura adoptada por el cine contemporáneo ante sus miserias, como lo es en estos momentos con otras épocas ominosas del pasado. Pero, ¿a quién le importa eso ahora?

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Comentarios sobre este artículo

  1. Luis dice:

    ¿Por qué le disgusta tanto el artículo? Más allá de que no le guste el paralelismo con Stalin, no aporta argumento alguno para denostarlo.

  2. Antonio Dans dice:

    Estupendo artículo. Con conocer un poco la trayectoria de Montero, queda claro que no va «a la contra», sino que el texto responde a su manera de ver las cosas desde hace mucho. Puede que lo de Stalin no venga a cuento (más que nada porque ya basta de leyendas negras), pero como él se ha dignado en responder, la clave no es Stalin (o Pedro Sánchez o Eisenhower), sino los aplausos y la pleitesía.

  3. José Francisco Montero dice:

    Parece mentira que haya que seguir explicando estas cosas: el hecho de que se mencione una anécdota de la época de Stalin no significa que se esté acusando a nadie de ser un nuevo Stalin. Cuando se dice «algo huele a podrido en Dinamarca», no se está sugiriendo que alguien ha matado al padre de Hamlet y se está acostando con su madre. Además, la clave de la anécdota no es Stalin sino los aplausos.
    Respecto a la lástima y la vergüenza, usted sabrá de qué se avergüenza y qué le apena.

  4. Monica Jordan dice:

    Hacía mucho que no sentía tanta lástima y vergüenza al leer un artículo. Y escribo esto convencida de que el editorial de Caiman es flojísimo. A veces no es suficiente con ir a la contra, caballeros. Ni meter paralelismos con Stalin (sin comentarios sobre esto…) aporta verdad o nivel a una argumentación.

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