Flow

La paradoja de los animales Por Samuel Lagunas

Una de las formas literarias que más ha acompañado a la animación desde los comienzos hasta la actualidad es la fábula. Su relevancia no está en que se haya convertido en abastecedora de tramas (que lo ha sido), sino en los usos que este género ha hecho de los animales. En la fábula clásica, popularizada por autores griegos como Esopo (600-546 a.C.), los animales son puestos en situaciones insólitas donde adquieren comportamientos y cualidades humanas para ilustrar virtudes y vicios a través de lecciones morales. En la fábula de “La liebre y la tortuga”, por ejemplo, la actitud altanera y soberbia de la liebre es sancionada con la vergüenza pública de perder una carrera, y la perseverancia y tenacidad de la tortuga son elevadas como virtudes deseables para ser imitadas por los ciudadanos que desean tener buen nombre entre sus iguales. Es más que obvio que ni esta fábula ni ninguna otra aspira a convertirse en fuente confiable para entender mejor la fisiología o la etología animal, sino que acuden el antropomorfismo con fines éticos y políticos específicos.

Uno de los animadores pioneros en el stop-motion que se interesó casi obsesivamente por emplear animales como protagonistas de sus películas fue el ruso Vladislav Starévich (1882-1965). Cuando entró en contacto con las cámaras en los primeros años del siglo XX, se dedicó a tratar de documentar la vida de los escarabajos, pero al ser estos insectos nocturnos la presencia excesiva de luces impedía que se desenvolvieran con “naturalidad” frente a la cámara. La anécdota es más que conocida. Decepcionado, Starévich decide que, si los escarabajos no se van a mover por sí solos, él se va a encargar de hacer que se muevan. Así, lo que comenzó como una indagación motivada por el avance en el conocimiento científico desembocó en el rodaje de algunas de las películas más importantes en la historia de la animación como La venganza del cámara de cine (Mest kinematograficheskogo operatora, 1912), en la que los escarabajos protagonizan un enredo amoroso más cercano a la fábula que la entomología.

Las películas que siguieron en la obra de Starévich como La mascota (The Mascot, 1933) o El cuento del zorro (Tale of the Fox, 1941) persiguieron una doble y paradójica intención: por un lado, Starévich se esmeró en conseguir una apariencia casi exacta de los animales a la vez que trató de dotarlos cada vez de emociones más complejas y personalidades mucho más humanas. Mientras más realista era la representación del animal, más lejos se estaba del animal mismo.

En Fantástico Mr. Fox (Fantastic Mr. Fox, 2009), Wes Anderson, uno de los discípulos más célebres de Starévich, repite esa paradoja, pues queda claro que el comportamiento truhan y la historia de redención del protagonista habla más de las formas en las que en algunas culturas occidentales se experimenta la vida en familia, las crisis de masculinidad y de la paternidad, que del comportamiento de estos animales en las relaciones con su entorno. No es una regla general, pero bien podría decirse que la animación, desde Starévich a Anderson, pasando por el grueso de la industria norteamericana: Pixar, Disney, Illumination; ha encontrado en los animales la mejor forma para hablar de los humanos.

No obstante, así como en el cine live-action hay películas que se han interesado en mantener la tentación del antropomorfismo lo más lejos posible de sus tramas —Eo (Jerzy Skolimowski, 2022) es uno de los ejemplos más recientes, aunque desde luego que no es el único- en la animación el reto parece más difícil de afrontar. Dos películas estrenadas en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy 2024 bien pueden ayudarnos a valorar los caminos actuales en los que la paradoja de los animales se mantiene vigente.

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Tras el éxito inesperado, pero bien merecido, de La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, 2016), el animador suizo Claude Barras ha estrenado finalmente su segundo largometraje llamado Sauvages (2024). Después de bordar una historia dramática sobre la destrucción y reconstrucción de la vida de un niño en situación de violencia y orfandad, Barras ha decidido bajar los decibeles de la tensión y voltear la mirada hacia las problemáticas ambientales. En Sauvages o Salvajes, como seguramente será traducido su título en Hispanoamérica y España, conocemos la historia de Kéria, una niña de 11 años que vive con su padre en una reserva ecológica amenazada por la deforestación y el despojo territorial de las grandes empresas inmobiliarias. Junto a Kéria, está la historia de un bebé orangután que en la primera secuencia pierde a su madre porque es asesinada por los trabajadores y es adoptado por Kéria y su taciturno padre. Además, está también el travieso e incomprendido Selaï, el primo de Kéria, quien pertenece a la comunidad originaria de los Penan que lleva viviendo en ese territorio desde hace varias generaciones.

Muy pronto descubrimos dos cosas importantes para la película y para esta crítica: que la madre de Kéria pertenecía también a los Penan y que murió en misteriosas circunstancias “asesinada por una bestia salvaje”. Con esas coordenadas planteadas, la película de Barras encuentra en la fábula la mejor forma de entretejer su tripleta de huérfanos con el misterio de un feminicidio y la ambigüedad de lo “salvaje”en contextos de interculturalidad. ¿Quiénes son los verdaderos salvajes? La respuesta es previsible desde los primeros segundos: aquellos que hacen leña de los árboles y acaban aniquilando cualquier vida que se interponga en sus objetivos.

Barras ha querido en Sauvages incorporar algunos personajes animales que desdramatizan el dolor de la protagonista y la gravedad del conflicto territorial y que se convierten en aliados de las familias de los Penan en la defensa de sus hogares. Barras no hace hablar a sus orangutanes, pero sí los caracteriza de tal modo que hace brotar en el centro de su animalidad una especie de solidaridad innata e inmaculada con los humanos. De hecho, hay una no tan sutil evidencia de que la madre asesinada acabó convertida en animal guardián del bosque y sus habitantes.

Esta identificación entre los animales (espléndidamente fabricados, desde luego, y movidos con una técnica excesivamente limpia) y los humanos le permite a Barras insertar en la película un humor que no estaba presente en La vida de Calabacín. Y aquí la lección de Henri Bergson en su libro de La risa es imposible de evitar: sólo nos reímos de los animales cuando descubrimos (¿imponemos?) en ellos gestos y actitudes humanas. Los bebés orangutanes son modelos de ternura, de pureza de intenciones y de ingenuidad, provocando en el espectador una risa virtuosa, como la que aconsejaba Platón para los buenos ciudadanos. Si en La vida de Calabacín la angustia provocaba un malestar y una tristeza que no hallaba en la trama misma una forma de purificación ni de descanso, en Sauvages sonreímos al ver esos animales porque, en su falta de palabras, refractan ese rostro aséptico e idílico de la infancia al que sabemos que como especie tenemos vedado regresar.

Nota al margen: no deja de ser llamativo cómo Barras comparte una trayectoria semejante con el brasileño Ale Abreu, pues ambos comenzaron con duras exploraciones sobre los dolores de las infancias provocados por la ausencia y violencia de los padres; y en sus últimas películas, Sauvages  y Perlimps (2022) respectivamente, han hecho un viraje (Barras desde el stop-motion, Abreu desde el dibujo animado) hacia lo ecológico incluyendo a los animales como portadores de la magia y la ternura de la que carecen especialmente los adultos. Es una reapropiación de la fábula en su sentido más puro: el animal como modelo inalcanzable, pero deseable, de la virtud ambientalista contemporánea.

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Pero mientras que en Barras el interés por los animales aparece subordinado a la lección moral que desea comunicar a las audiencias, en Flow, el también segundo largometraje del letón Gints Zilbalodis, la intención parece ser diferente. Flow cuenta la historia de un grupo de animales que navega encima de una barca a través de un mundo inundado. Pero no encuentro allí, al menos de forma tan evidente, una intención alegórica como en la insípida y melodramática La vida de Pi (Ang Lee, 2012), donde incluso se plantea que cada animal que aparece en la barca no sólo representa, sino que es una persona que conoce al protagonista. En Flow en cambio, la sensación de que estamos viendo solamente animales es la que predomina de principio a fin de la película, como pasaba también en la inolvidable The plague dogs (Martin Rosen, 1982)

La principal estrategia que utiliza Zilbalodis, y que ya empleaba Rosen en los lejanos años ochenta, para evitar la paradoja planteada al comienzo de este texto es fundamentalmente estilística y tiene que ver con la perspectiva. La mayor parte del tiempo, vemos el mundo desde la altura de un gato, de allí la hiper-monumentalidad que adquieren los escenarios y aún los otros animales. No se trata de encuadres aislados u ocasionales, sino de intentar construir una estética que esquiva el lugar común de la mirada omnisciente en la que predomina el plano general, y que apuesta más por la consecución de una mirada animal con planos obtusos, inesperados e incómodos. El otro recurso no es tan extraño y tiene que ver con la decisión de que los animales no hablen, lo que repercute en una apuesta decisiva por la música extradiegética y la gestualidad de las reacciones como detonantes de las emociones en las audiencias.

Las interacciones entre los distintos animales dentro de la barca, un gato, un perro, un lémur, un capibara y un ave, no necesita interpretarse: el perro ladra y quiere jugar con la pelota, el capibara duerme, el lémur recolecta cosas de entre los escombros, elaveostenta un comportamiento territorial y el gato quiere aprender a cazar peces. Podría caerse en el riesgo de afirmar que cada uno encarna algunos comportamientos deseables e indeseables en una situación así, pero creo que la película, en este sentido, tiene menos ambiciones que la anterior Away (2019) donde la reflexión sobre la vida humana en situaciones límite es más evidente. En Flow sí vemos el despliegue de comportamientos que podríamos juzgar como solidarios, tiernos, amables, egoístas, avaros, ensimismados, pero es más importante la contemplación del mundo nuevo que se revela cuadro a cuadro ante los animales y que se les ofrece como un pequeño y recurrente obstáculo que tienen que superar.

La mirada de la catástrofe desde ese otro lugar de lo animal es lo que más sobresale en la propuesta estética de Flow y lo que la alinea con propuestas artísticas y filosóficas contemporáneas que buscan descentrar lo humano y preguntarse por esos otros sentires de los demás seres no-humanos que habitan este planeta. No hay que dejar de lado, sin embargo, los rasgos que la hermanan con Away: la vastedad intimidatoria del paisaje, la presencia numinosa y ominosa de algunas criaturas de la naturaleza y los beneficios de la interacción interespecies para la supervivencia colectiva.

Los personajes de Flow, además, poseen esa apariencia sucia, porosa, desaliñada que caracteriza al cel-shading de la industria contemporánea, desde Spider-man: Un nuevo universo (Bob Persichetti, Peter Ramsey Y Rodney Rothman, 2108) hasta Nimona (Troy Quane y Nick Bruno, 2023), sólo que aquí no hay esa hiperkinesia de las películas mencionadas, sino un ritmo que más que procurar el avance desaforado de la trama, promueve una actitud de asombro, de detenimiento y de contemplación. Hemos salido de la fábula, pero no de la búsqueda de alguna respuesta en lo no-humano ante nuestras actuales crisis humanas. En este sentido, me parece muy pertinente rescatar lo que escribe John Gray en su libro El silencio de los animales quien, a partir de una meditación sobre el mundo actual y una observación casi mística de algunos animales a su alrededor, concluye que la contemplación no consiste en mirar el mundo para transformarlo (lo que hace el capitalismo una y otra vez), sino simplemente dejarlo estar. La paradoja queda resuelta. Los animales en Flow si acaso nos enseñan algo es justo a dejarlos ser, a dejarlos estar en ese mundo magnífico, devastado, alucinante y hermoso que también les pertenece.

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