Guapis

Infancias, cuerpos y fundamentalismos Por Samuel Lagunas

creo que fueron los mejores años de mi vida
los que no comprendí
y sólo pasaron
Jorge Fernández Granados, “La higuera”.

En los últimos años, el cine y la televisión han formado un álbum de mujeres que se oponen con fiereza y creatividad a los fundamentalismos, especialmente religiosos, que las someten a un presente inerte y un futuro poco halagüeño, cuando no sombrío y violento. Pienso, por ejemplo, en las cinco hermanas musulmanas de Mustang: belleza salvaje (Mustang, Deniz Gamze Ergüven, 2015), en la fugaz e intensa pareja judía de Disobedience (Sebastían Lelio, 2018), en la misteriosa y esquiva protagonista Ada de Atlantique (Mati Diop, 2019) y en la fugitiva ortodoxa Esti de la serie Unorthodox (Maria Schrader, 2020). Cada una de ellas trata, a su manera, de resistir el destino que les impone un sistema religioso ultraconservador, legitimado, a su vez, por sociedades machistas y llenas de prejuicios opresivos en contra de la sexualidad y los cuerpos femeninos. A esta galería hay que añadir ahora a Amy (Fathia Youssouf), una niña-adolescente de 11 años, cuyo crecimiento se debate, no solo frente a uno, sino entre dos fundamentalismos: el religioso y el del mercado; de esa síntesis —su corta edad y el escenario monstruoso— se desprende el carácter trágico ¿e infructuoso? de su resistencia que la distingue de las cintas mencionadas anteriormente, marcadas por un tono emancipador y divergente. Frente a ellas, Guapis (Mignonnes, Maïmouna Doucouré, 2020) parece preocuparse más por delinear las formas de la prisión en vez de apostar por una vía de escape.

Marcada por su experiencia personal en relación a la poligamia de su padre, la directora Maïmouna Doucouré vuelve a contarnos en Guapis, como ya lo había hecho en Maman(s) (2015), el sufrimiento de una hija que tiene que organizar y aceptar la nueva boda de su padre. Doucouré, en Guapis, no titubea ni un poco en el planteamiento ni en el diagnóstico de la situación: en un contexto de migración y precarización, el padre viaja de Francia a Senegal, su país de origen, para buscar una mujer más joven. Mientras tanto, en una nueva casa, la primera esposa y la hija mayor deben encargarse de preparar la habitación y el banquete nupcial. Este fenómeno, por demás común en estos grupos afro-musulmanes, deja al descubierto la figura de “padre ausente” del hombre (quien en Guapis es más que nada un nombre, casi un espectro), así como el sistema patriarcal que ampara su comportamiento: tanto los líderes religiosos como las mujeres de más edad se encargan de que madre e hija asimilen la transición como “buenas mujeres”, sin rechistar y poniendo buena cara.

Guapis

En Guapis, tanto Amy como su madre son incapaces de establecer una alianza entre ambas que les permita navegar juntas entre la crisis. Cada una de ellas padece aislada su desconsuelo y solo se asoma al dolor de la otra a través de actos furtivos (como la prodigiosa escena en la que Amy escucha llorar a su madre desde debajo de la cama), o de rumores (como los que escucha la madre acerca del comportamiento de Amy). Esta distancia se refuerza por las creencias religiosas que aquí son representadas de forma elemental y transparente: un discurso donde se exhorta a las mujeres a ser recatadas y a no mostrar su cuerpo y un ritual de purificación para exorcizar a Amy de su comportamiento “lascivo” y “degenerado”. Esta falta de sutileza en la construcción de la atmósfera en que vive Amy embadurna de patetismo buena parte de la trama y refuerza de tajo la hostilidad del sistema religioso en que le ha tocado vivir. Como opción de escape, a Amy se encuentra con una alternativa: un grupo de chicas de su nueva escuela se preparan para un concurso de baile y ella decide sumarse al objetivo. Aquí la cinta tampoco modera su intención y sienta desde el principio el problema que le interesa abordar: ¿cómo mira una niña de 11 años los cuerpos de las otras niñas y mujeres? Doucouré no ignora la dificultad de la empresa, pero tampoco teme arriesgarse y asumir una postura clara: los encuadres y la selección de planos se convierten en un intento por acercar a los espectadores al punto de vista de Amy, para nada intentan ser un guiño a la pederastia (como se sugirió ridículamente en la polémica que desató la cinta en redes sociales).

Pero el camino del baile no resulta ser fácil para Amy. En Guapis, y es uno de sus principales aciertos, el baile aparece representado con su potencial liberador y enajenante; puede ser un espacio-tiempo de libertad radical del cuerpo, pero también una expresión de alienación de la voluntad y de renuncia al compromiso con los otros cuerpos. Esto último se debe a que el baile aparece cooptado por otro fundamentalismo, el del mercado. En Guapis la lógica mercantil y la competencia salvaje que regula las relaciones, el consumo y las miradas no es ignorada. Amy descubre apresuradamente que en la sociedad secular en la que vive el cuerpo es codificado como una moneda de cambio (mientras más enseñas, más eres vista) y como vía rápida para el ascenso o descenso de la popularidad. Ese proceso de aprendizaje, expresado, por ejemplo, en la escena en la que intenta convencer a un hombre de que le regale su celular quitándose la blusa o en aquella en la que las niñas desfilan exultantes por la calle después de comprar ropa interior, es amargo y está lleno de ambigüedades morales propias (según la mirada de Doucouré) de la pubertad. Pero Guapis no está interesada en presentarnos un grupo de “lolitas” empeñadas en seducir jóvenes y hombres mayores; en cambio, retrata con tino la diversidad de espectadores que rodean los cuerpos de un grupo de chicas de 11 años que deciden bailar twerking. Hay quienes las ven con extrañeza, otros con indiferencia, otros con escándalo e indignación y unos pocos con una sonrisa estúpida y perversa. Esta plétora de miradas convive en la secuencia última de baile: la presentación en el concurso. Contrario a lo que se supondría, esta escena no es el momento apoteósico donde se suspenden todas las contradicciones de la protagonista, sino que es donde, al contrario, quedan más expuestas; de allí que la huida desesperada de Amy del escenario sea un presagio de que las dificultades de la vida apenas están comenzando y, si acaso hay una epifanía, es que a un cuerpo de 11 años le cuesta mucho lidiar con tanta hostilidad.

Guapis

Guapis puede incomodar al espectador en tanto pone en pantalla la forma distópica y disfórica —hipersexualizada— en que las niñas son socializadas en la relación con sus cuerpos, a diferencia de lo normalizada que está ya la representación de niños socializados en el ejercicio de la fuerza y la violencia hacia otros cuerpos (pienso en los elogios que recibió por parte de la crítica la composición del plano de un par de niños jugando videojuegos mientras a un lado de ellos, a un hombre lo torturaban quemándole los genitales en Heli [Amat Escalante, 2013]). En Guapis, ya sea por medio de la imposición de dogmas religiosos que arrinconan a la mujer en un puritanismo abstruso, o por medio de dogmas capitalistas que la convierten en mercancía, el cuerpo de las niñas queda destruido en la disputa entre ambos polos. O es destazado a través de la circulación viral e involuntaria de fotografías y videos en internet, o se convierte en fantasma por la asunción de principios machistas y misóginos (aquí el encuentro con la nueva esposa del padre ataviada de blanco de los pies a la cabeza —¡cual fantasma!— es bastante significativo).  Si algo me queda claro, como espectador y como padre debutante de una niña de 1 año, con esta cinta es que los adultos hemos logrado convertir la infancia en una condición ruinosa e invivible.

A diferencia de Cafarnaúm (Nadine Labaki, 2018) donde el niño Zain de 12 años, después de apuñalar al hombre que se casó y asesinó a su hermana, acude a un rocambolesco recurso legal de demandar a sus padres por haber nacido, en Guapis Amy apostata de ambos mundos y, en un inesperado final, sale a la calle para habitar un mundo nuevo, sin dioses ni diablos, donde jugar y sonreír todavía es posible. ¿Se trata de un último acto de fe? Poco importa. Es, al menos, una reconciliación con la vida.

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