Isabella

Un artefacto con poco sentimiento Por Liborio Barrera

Qué difícil se pone ver Isabella. Tanto que como en la primera visión se me escapa parte de la trama y de la estructura, la veo por segunda vez. Y como Matías Piñeiro dice que la película forma parte de una serie de películas basadas en personajes femeninos de obras de William Shakespeare, uno se ve inclinado a leer la obra de donde procede, Medida por medida. En ambos casos, hago vanos esfuerzos para hacerme con una película cuyo principal conflicto humano es el rencor que le guarda una mujer a otra por haberle quitado el papel de actriz en un montaje de la obra de Shakespeare.

Isabella es antes un discurso que una narración digamos humana, un artefacto intelectual antes que la expresión bruta de unos sentimientos. La confusión (mi confusión) procede de esa primera visión de la película, en la que Piñeiro, desde el principio, va insertando imágenes correspondientes a diferentes líneas narrativas, como piezas de un puzle, de las que no se entienden claramente sus relaciones. Por ejemplo, repite planos similares de una joven que anda por la calle dirigiéndose no se sabe adónde, alterna el pasado y el presente de una manera no muy evidente, de modo que uno acaba desconcertado. Esta confusión funciona contra la película, porque en realidad, cuando la veo por segunda vez y se aclaran las imágenes, lo desconcertante, lo confuso de estas desaparece, y con ello el posible efecto que persiguiera Piñeiro. Claro que quizá uno no es el espectador que quiere Piñeiro, “un espectador cómplice, que se arriesgue, que quiera hacer una película propia” 1.

La primera escena discurre en una plataforma que se interna en el mar, en la segunda aparece una mujer embarazada, en la tercera aparece la misma mujer, pero ya no está embarazada, en la cuarta unas manos ordenan cartulinas de colores en el suelo, en la quinta, unas manos preparan una maqueta aparentemente perteneciente a una escenografía, escenas más adelante aparece otra mujer que camina con prisa por la calle…

Una vez que uno rearma las piezas que Piñeiro ha dispersado puede describir su esqueleto argumental, que dice una parte esencial de la película: el conflicto del resentimiento; pero poco de la película en sí. Aun así, este es, más o menos, su orden: una joven (Mariel) viaja a Córdoba a pedirle un préstamo a su hermano. Allí se encuentra con la amante del hermano (Luciana), el cual aún no ha llegado a la ciudad, y la invita a quedarse con ellos. Luciana le dice a Mariel que en dos semanas viajará a Portugal a rodar una película y no va a poder participar en un montaje teatral de Medida por medida. Si quiere, pueden preparar una escena para que Mariel haga la prueba. Pero después de ensayarla, Mariel no llega a tiempo a esa prueba. Al cabo del tiempo, acude a una nueva audición para la misma obra y coincide con Luciana, que aspira al mismo papel y a quien finalmente se lo dan. “Supe que la iban a elegir a ella. Lloré”, le confiesa Mariel a una amiga con la que más adelante pasea por el campo. Durante el paseo ven a Luciana. Mariel le cuenta a la amiga que fue a ver a Luciana en Medida por medida. “Sentí odio y resentimiento”, le dice. Aunque Mariel quiere evitar encontrarse con Luciana, acaban coincidiendo y quedan de nuevo. Luciana le dice que ha abandonado la interpretación y que está estudiando Matemáticas en la universidad. Poco después se reencuentran en el teatro en que se representó la obra de Shakespeare, donde aparentemente la amiga y Mariel presentarán una obra conceptual.

Isabella

En torno a esta trama, Matías Piñeiro añade unas consideraciones sobre el azar como un elemento que ayuda, también, a componer la vida, como algo inesperado que si se lo mira a distancia puede observarse (pero a posteriori), pero también como la acción de un irracionalismo que hace que las cosas ocurran. Lo simboliza el director en la escena en que una persona arroja doce piedras. Cada piedra, viene a explicarse, es una duda. Si uno logra arrojarlas todas, los propósitos sometidos a la duda se cumplirán. Luciana le dice a Mariel en su última conversación en el teatro que si tiene dudas sobre dedicarse a la actuación pruebe ese ritual. Con él (un hombre situado en una plataforma frente al mar va arrojando piedras) comienza la película y con él termina: ese ritual filmado forma parte de la instalación artístico teatral que Mariel y su amiga construyen en casa. Esa instalación se inserta en la trama, de manera que, en un determinado momento, cuando Muriel y la amiga pasean por el campo, buscarán piedras en el campo para realizar el ritual en la instalación, y en otros momentos la pantalla se teñirá de colores, sobre todo el violeta, como gradaciones aparentemente emotivo conceptuales de esa instalación.

Isabella

El final de la película, un plano teñido de color púrpura va mostrando la caída de las doce piedras en el agua; el púrpura parece un subrayado para resaltar lo femenino, una especie de señal que indica que esta es una película de mujeres y sobre mujeres, y consecuentemente habría que concluir, un tanto forzadamente, que los conflictos, los argumentos que dispone Piñeiro: el resentimiento, el azar, lo irracional son propios de las mujeres.

Otras imágenes desconcertantes o que se repiten (Luciana en la ciudad camino de la audición, Mariel llegando a la piscina, los planos de la carretera por donde supuestamente llegará el hermano de Mariel a Córdoba, el inserto de la estancia de Luciana en Portugal) confieren extrañeza y distanciamiento al relato. Rompen, coherentemente con la idea de Piñeiro de “dejar ciertos huecos”, su linealidad, su causalidad. Y sí, invitan a ver el filme de otra manera no convencional; pero salvada esta estructura confusa, cuando se vuelve clara en la segunda visión, uno contempla el relato sin esos obstáculos, pero también sin emoción (si es que esta es medida de la contemplación). Porque parece claro que Piñeiro no persigue la emoción y a la vez sí la persigue (en la dispersión de pequeños dilemas morales vividos emotivamente por sus personajes), pero la forma que tiene de plantearlos contraviene (para mí que lo veo) el dictado de la emoción y por tanto veo antes un artefacto que unos sentimientos.

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