La abuela

La vejez de un tabú Por Javier Acevedo Nieto

Suenan Los Panchos en el viejo piso. Los techos altos, las jambas curvilíneas de las puertas, el parqué que cruje incluso cuando no se quiere dejar rastro. Es un piso viejo, más viejo que Los Panchos. En el armario del dormitorio de la abuela seguro que hay viejos vestidos, camisones de noche y alcanfor. Solo falta un galán de noche en la habitación que haga juego con esas cortinas tupidas en las que nada entra ni nada sale. Es un dormitorio viejo, más viejo que Los Panchos. La abuela guarda laca en el estante del baño, se peina orgullosa y pasa un dedo por los portarretratos que le recuerdan un instante en el que ser joven parecía lo natural. Es una señora vieja, más vieja que Los Panchos.

Suena Estopa en el viejo piso. El móvil en la mesilla, Instagram abierto, un póster de Alf que ya suena a viejo sin serlo demasiado. Es un móvil nuevo, más nuevo que Estopa. En el bolso de la nieta hay crema hidratante y una batería portátil. La nieta se aplica la crema y tamborilea los dedos largos en la cara fina para sentir la tersa piel. Es una chica joven, más joven que Estopa.

El dualismo vejez/juventud mueve la película de Paco Plaza. Es una dualidad elemental, fácilmente discernible y presente a cada paso. Espejos bien repartidos por la escena juegan con los rostros construyendo una puesta en escena especular en la que el rostro joven se inserta en el cuerpo viejo y el rostro viejo se clava en el cuerpo joven. Esta especularidad se traslada a otros dualismos en la puesta en escena: relojes parados que cobran vida repentinamente o una inquietante simetría en las escenas dialogadas en las que, si dobláramos el plano por su eje central, nieta y abuela se fundirían. Ir más allá de este dualismo evidenciado implica entrar en el choque discursivo y, si hay un mínimo de tratamiento formal, en el choque cinematográfico.

La abuela

Este choque se produce a través del tabú. Poco que añadir, el tabú como detonante de una parte del cine fantástico y de terror es un motivo recurrente. Es menos común ser capaz de extraer su semántica exacta. El tabú es una expresión humana no revelada, lo cual no significa que esté oculta. Es una expresión de una realidad humana latente, pero cuya existencia solo se muestra cuando es nombrado: nace en su enunciación, desaparece en su no enunciación. En La abuela (2021) el tabú es, como habrán podido adivinar, la vejez. Enunciar la vejez implica trasladar la imaginación individual a un estilo más o menos individualizado. Verán los estragos de la edad: un derrame cerebral, muecas de dolor, ojos mirando la nada y las excrecencias dejando un cuerpo maltrecho. Enunciar la vejez implica optar por una categoría de representación estética: la vejez como memento mori, la vejez como marca del diablo, la vejez como fealdad grotesca. Esta categoría puede ser más o menos novedosa y venir acompañada de un estilo más o menos individualizado. Elegido el choque dramático, Paco Plaza entra en este debate con el que es uno de los aspectos más divergentes del filme y probablemente donde Plaza halle una veta de genuino material fantástico: la vejez no es un polo negativo de la juventud, sino que al ser enunciada como tabú se visibiliza como categoría que busca significar por sí misma. Es decir, el componente terrorífico de la película radica en una vejez que se rebela contra la juventud y busca someterla. Interesante giro del tabú que mueve la dualidad en la que vive instalada la película —cuya planificación audiovisual figura entre lo mejor de su director—  y configura las dos grande set pieces de la película. Una vejez fagocitando juventud y abriendo potentes líneas discursivas presentes en otros trabajos: la desconexión entre generaciones, la cuestión de la herencia social o la incomprensión del pasado traumático y dinástico del país despertando demonios.

Todo bien, pensarán. Y, en cierto modo, es así. Sin embargo, un ejercicio de cine de terror tan cerebral corre el riesgo de atar demasiado en corto sus fugas creativas. Esto sucede en el momento en el que Plaza se siente tan cómodo recorriendo la herencia del género que se olvida de que el fantástico es más una cuestión de rejuvenecer linajes más o menos nobles —el body horror entre ellos—. No existe el riesgo de su primera etapa y el corsé de subgéneros impide a La abuela (2021) creerse algo más. Quizá porque el cineasta —y también su guionista, Carlos Vermut— piensan que el etiquetado de la codificación fantástica de las imágenes —su carácter solemne, calculado y deudor del goticismo contemporáneo de James Wan— es suficiente para crear un modelo de cine de terror nuevo, cuando en realidad todo lo que se ve redunda en un artefacto cinematográfico pensado y atado hasta el extremo. Poco espacio para ese tipo de intuición específica que requiere el género y que consigue que el terror sea una cuestión de detonar emociones inmediatas de dentro hacia fuera en lugar de mostrar sentimientos, más autoconscientes, desde fuera —y aquí hay que incidir de nuevo en la frialdad milimétrica del conjunto— hacia dentro —una psicología interna nunca desvelada—. Esto es una mera intuición crítica, pero la importancia de la preconciencia en el género es vital cuando el resorte terrorífico más básico consiste en esa sensación repentina de estar dislocado tanto de puertas hacia el ser como de puertas hacia el estar: estar fuera del tiempo y tener miedo a estar dentro de ese tiempo narrativo. Dicho resorte desaparece en una película muy consciente de todo lo que hace, y demasiado obsesionada con no dejar nada por hacer.

La abuela

Para Séneca saber envejecer consistía en reconocer la frugalidad de la estancia en este mundo y marcarse metas alcanzables. La abuela retuerce esa máxima sabiamente enunciando un tabú que sabe resignificar a varios niveles, pero no en el más importante. Exponente de un posible “terror etario” en el que la vejez se acepta más allá de la patología y el estigma de su representación en la tradición artística, la película subvierte perversamente cuestiones como el autocuidado o la gerontofilia recurriendo al terror como forma de legitimación y conquista de un espacio de visibilidad. Queda, no obstante, el poso de un cine demasiado pensado para ser un heredero digno de taxonomías en lugar de buscar su lugar en un posible nuevo linaje del género. Un ejercicio de horror artrítico que renquea en el momento en el que se siente demasiado maduro para volver a ser joven.

Share this:
Share this page via Email Share this page via Stumble Upon Share this page via Digg this Share this page via Facebook Share this page via Twitter

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>