La mujer del aviador

Por José Francisco Montero

La mujer del aviador (La femme de l’aviateur, 1981) es, al menos en una primera impresión, una de las películas más tristes de Eric Rohmer. En primer lugar, por lo opresivo y descolorido de algunos de sus escenarios principales. Así por ejemplo, el minúsculo y sombrío apartamento de Anna, espacio de dos largas escenas, una en los compases iniciales del filme y la otra en los finales: en la primera aquella es abandonada por su amante, que le confiesa que su mujer se ha quedado embarazada; en la segunda, y como había hecho ya en escenas precedentes, Anna rechaza una y otra vez las efusiones afectivas e incluso la proposición de matrimonio de François, un joven cinco años menor que ella y con el que mantiene una relación más bien desapasionada, aunque no exenta de cierta ternura.

Si exceptuamos la larga escena en el parque, el resto de escenarios no son mucho más luminosos: tanto la oficina de correos en que trabaja François como las calles de París por las que se mueven los personajes, fotografiadas con tonos apagados o, incluso, en la escena que sigue a la salida del parque de los personajes principales, cubiertas por una lluvia torrencial. El final de la película coincide con el final del día en que se ha desarrollado todo el relato: François, después de comprobar que una posible historia alternativa con Lucie también se ha malogrado, se pierde entre la multitud parisina, en la noche y el anonimato primero, y luego en el fundido a negro que es imagen aterradora de su definitiva desaparición: en pocas películas como en esta se demuestra con tal intensidad que el final de una historia es siempre, inevitablemente, metáfora de la muerte.

Decía que había una excepción entre tanta aspereza y tanta oscuridad: la escena que transcurre en el parque de Buttes-Chaumont. La escena, por cierto, que en mi memoria permanece indisolublemente asociada a esta película, de forma más que dominante, hasta el punto casi de sepultar en el olvido al resto. Una escena jubilosamente exterior, luminosa, contagiada de la juventud, el entusiasmo y la actitud lúdica, despreocupada, de Lucie, una chica de quince años con la que François se ha cruzado por azar y que se une con desenfado a la aventura algo patética y bastante desesperada del joven. Tiene esta escena una capacidad que acaso corresponde de forma privilegiada a las mejores manifestaciones artísticas: la de transformar la angustia, nuestros múltiples sinsabores, las heridas del tiempo, en un relato fascinante, en una aventura que por alquimia de los dones de la fabulación transforma la diaria melancolía, al menos por un tiempo, en un intervalo seductor entre los predominantes tiempos de tedio y abatimiento.

Respecto a Cuento de verano (Conte d`été, 1996), realizada dieciséis años más tarde, afirmó Rohmer que quiso plasmar en ella algo que muy pocas veces se había hecho en cine, esos acontecimientos vitales que, al margen de cómo se experimenten en su momento, van a resultar intrascendentes en la existencia posterior de los jóvenes que la protagonizan. Sospecho que algo parecido había hecho en La mujer del aviador: el relato de una tarde que se vivió como intrascendente, incluso como una molesta interrupción del gran relato pasional que François cree estar viviendo, y que, al cabo del tiempo, se convierte en uno de esos recuerdos que nos sorprenden por cómo, a pesar de su banalidad, Dios sabe por qué misteriosas razones, no han naufragado, al contrario quizás de esa historia de amor desgarradora, en los abismos del olvido. Sospecho también que la extraordinaria vitalidad que mantiene el cine de Rohmer, el origen de los placeres más permanentes que ofrece, tiene mucho que ver con su capacidad casi única para plasmar esos instantes que acabarán siendo memorables por algo invisible que solo el tiempo permitirá ver.

La mujer del aviador

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