Los Mitchell contra las máquinas

La excepción de lo ordinario Por Samuel Lagunas

Este texto es para Becka (https://www.youtube.com/c/BeckaSalas),
porque casi todas las ideas que hay aquí
se gestaron mientras hablábamos sobre la película

¿Por qué se tiene que poner en jaque a la humanidad entera para poner a prueba la integridad de una familia? La industria norteamericana del apocalipsis parece regocijarse con esa premisa. Desde luego que pueden darse razones dramáticas y narrativas para justificar esa decisión; sin embargo, más allá del rancio conservadurismo que puede haber bajo la consigna de “salvar a la familia cueste lo que cueste”, es el espectáculo de la destrucción masiva para reivindicar valores individualistas el que me provoca cierto malestar. Parafraseando al cronista mexicano Carlos Monsiváis en Los rituales del caos, en el cine apocalíptico de Hollywood el fin del mundo es importante «solo cuando tiene que ver con uno mismo».

Si extendemos la mirada hacia películas más o menos independientes, no obstante, veremos cómo la centralidad de la familia, especialmente la relación padre-hij@ (presente en una amplia gama que va desde la saga de Terminator a la de Estación Zombie, o incluso en producciones más autorales como las de Dennis Villeneuve: La llegada [Arrival, 2016], Blade Runner 2049 [2017]), es remplazada por un pesimismo misántropo y existencial. Pensemos en las películas de Alex Garland Ex machina (2015) y Aniquilación (Annihilation, 2018), en Bajo la piel (Under the Skin, 2013) de Jonathan Glazer o en el tríptico futurista de The World of Tomorrow (Don Hertzfeldt, 2015, 2017, 2020) donde asistimos a puestas en escena de la condición miserable de la especie humana teñidas por un desencanto profundo ante nuestras posibilidades de cambiar. Es evidente, en esta polarización, que Los Mitchell contra las máquinas, la última producción de Sony Pictures Animation, se sitúa de lleno en la ruta optimista y esperanzadora del mainstream apocalíptico.

Los Mitchell contra las máquinas

En Los Mitchell contra las máquinas los mundos que se acaban giran en torno a Katie, una adolescente-joven que está a punto de abandonar la casa paterna en Michigan para estudiar cine en California. Con esa decisión, Rick, el padre, ve tambalear su rol como héroe-protector, mientras que el hermano pequeño Aaron contempla con pánico la realidad de un futuro sin su compañera de juegos y aventuras; ante la crisis, la madre Linda intenta mantener la calma sabiendo el naufragio emocional que se avecina. Esa pequeña migración al colegio y las consecuencias que tendrá en el hogar de los Mitchell es, en esencia, el apocalipsis que le interesa contarnos a la película de Rianda y Rowe. Solo que la forma en que eligen contarnos esa catástrofe del crecimiento no es a través del desvío de la mirada hacia los juguetes del niño como ocurre en la popular saga de Pixar Toy Story (John Lasseter, 1995, 1999, 2010) o en la primera entrega de Lego: La película (Phil Lord y Christopher Miller, 2014); sino por medio de una crisis global en la que miles de robots capturan a los humanos y aspiran a destruirlos. El viaje en auto que hacen los Mitchell de Michigan a California implica, por lo tanto, el rescate de la familia a través de la salvación del mundo.

Tanto la dupla de directores Rianda-Rowe, como los productores Lord-Miller, pueden ser considerados unos especialistas del fin del mundo en la industria de la animación. Rowe y Rianda fueron guionistas de varios de los capítulos de la exitosa serie infantil Gravity Falls (2012-2016, Alex Hirsch); en solitario, Rowe ha trabajado también escribiendo capítulos de la serie (Des)encanto (2018- , Matt Groening, Josh Weinstein), mientras que Rianda dirigió previamente un par de cortometrajes Work (2010) y Everybody dies in 90 seconds (2008) que son también pequeños fines de mundo abordados con una dosis igual de humor y ternura. Por su parte, Phil Lord y Christopher Miller son responsables de la original y divertida Lluvia de hamburguesas (Cloudy with a Chance of Meatballs, 2009) y parte del equipo de producción de la no menos sorprendente Spider-Man: Into the Spider-Verse (Bob Persichetti, Peter Ramsey, Rodney Rothman, 2018). Si algo tienen en común las y los protagonistas de estas series y películas es su peculiar actitud con la que afrontan los desastres que va ocasionando su propio crecimiento, de allí que Katie comparta rasgos con personajes como los inseparables y amorosos Dipper y Mabel, la irreverente princesa Bean, el científico excéntrico e incomprendido Flint y el héroe inesperado Miles Morales.

Los Mitchell contra las máquinas

El encanto particular de Los Mitchell contra las máquinas no solo está en la reivindicación de la rareza y la excentricidad como postulación de un “nuevo” modelo de heroísmo, sino en su desparpajo estilístico. Con un hiper-dinamismo en el estilo de la animación, muy similar a lo visto ya en Spider-Man: Into the Spider-Verse, y una plaga de referencias a la cultura pop, la película lanza anzuelos constantemente para que todo tipo de espectadores tengamos una razón para seguir frente a la pantalla. Allí está su inmersión satírica en la cultura de la nostalgia con la irrupción de un Furby gigante en un super mercado, la ridiculización de los misterios oscuros y fascinantes de Silicon Valley, la parodia de las brechas generacionales, el lenguaje de los memes, los tik toks y los videos de youtube para empujar la trama hacia adelante, la mascota como tierno bufón de la familia, un par de robots con un drama de identidad post-humana; todo ello rodeando los cambios que van experimentando los vínculos familiares durante el viaje. Evidentemente la película no consigue un equilibrio de todos estos elementos; pero en esa desproporción y desbalance anida también parte de su genio: lo absurdo, lo emotivo, lo tierno, lo engorroso y lo fútil conviven en un relajo liberador que facilita que la película nunca se sienta pesada ni aleccionadora, ni siquiera en sus momentos más moralistas.

En un escenario pos-Trump donde el individualismo mostró su cara más feroz en la sociedad norteamericana, volver a poner en el centro la unidad de la familia así como la necesidad de hacer sacrificios para estar bien con quien tenemos más cerca, tal y como lo hace la película de Rianda y Rowe, adquiere una pertinencia casi rebelde, especialmente porque no lo hace desde un conservadurismo tecnófobo como el que transmite en ciertos momentos una cinta como Ready player one (Steven Spielberg, 2018), sino desde una integración lúdica y creativa con la tecnología. Seguramente hay muchas cosas que no entendemos sobre cómo funciona el mundo virtual y todo lo que está en riesgo en el Internet, pero lo que sí sabemos, y la pandemia ayudó a dejarlo en claro, es que podemos usarlo para estar junto a los que queremos. Podría pensarse que no hay nada “nuevo” en esta pedagogía, y es cierto; no obstante, Los Mitchell contra las máquinas nunca pretende dar algo nuevo, sino reiterar una vieja lección: para ser felices no se necesita ser normales, basta con mantenerse unidos. Eso, la felicidad y la armonía en sociedades cada vez más despersonalizadas y hostiles con la diferencia, es la grata excepción que celebra la película. Y si tiene que ponerse en riesgo al mundo entero para recordar esa lección, no importa; siempre y cuando haya la posibilidad de volver a comenzar.

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