Matrix Resurrections

Eterno retorno Por Víctor de la Torre

Que los designios de Hollywood, tan a menudo esquivos, hayan posibilitado que Matrix Resurrections (The Matrix Resurrections, Lana Wachowski, 2021) llegue a nuestras pantallas constituye de por sí una excelente noticia. Con independencia de que el resultado sea, en mayor o menor medida, merecedor de reconocimiento. Cierto es que, pese al regusto a hiperbólica clausura dejado por las proteicas imágenes de Matrix Revolutions (The Matrix Revolutions, 2003) muchos auguramos que el universo ficcional pergeñado por los entonces Andy y Larry Wachowski resultaba tan rico y estimulante, tan fértil substrato de narraciones potenciales, que era cuestión de tiempo que Warner Bros impulsara un nuevo acercamiento a ese futuro imperfecto que tanto se asemeja, reflejo especular del otro lado de la pantalla, a nuestro atribulado presente. Lo cierto es que con cada nueva película estrenada en salas comerciales esta posibilidad se tornaba más incierta, ante la evidencia de que las inquietudes vertidas en sus ficciones por las ahora Hermanas Wachowski las alejaban de la impronta canónica, tan estilizada visualmente como en absoluto refractaria a la comercialidad del espectáculo bigger than life que caracterizara tanto a la fundacional Matrix (The Matrix, 1999) como, expandiendo generosamente sus hechuras, a sus dos brillantes secuelas.

Lo que no hubiera supuesto el más mínimo problema si, pese a dichas veleidades creativas, los números hubieran acompañado; como es bien sabido, ese no fue el caso: los tres filmes estrenados con posterioridad a Matrix Revolutions obtuvieron resultados más bien discretos en taquilla, lo que en el ejemplo concreto de El destino de Júpiter (Jupiter Ascending, 2015) hubo de resultarles especialmente doloroso, erigida en instrumento para volver a congregar a las grandes audiencias en torno a la vertiente más lúdica —¿irreverente?— de la Space Opera. Una pretensión, la del divertimento sin complejos, que pese a lo meritorio de su cualidad propiamente sugestiva —sólidamente sustentada en un esplendoroso diseño de producción y la belleza de sus abigarradas secuencias de acción— demandaba del espectador medio algo que, visto lo visto, no estaba dispuesto a otorgarles: la renuncia al enjuiciamiento de lo visionado en detrimento de una inmersión plena en el flujo audio-visual proyectado ante sus retinas: la suspensión de la incredulidad entendida como mesmerizante estado pre-hipnótico. Las primeras impresiones recabadas acerca de Matrix Resurrections, especialmente las publicadas por espectadores anónimos en las webs especializadas, apuntan a un nuevo fracaso en esta legítima pretensión.

Matrix

Lo cierto es que una primera aproximación a un título capaz de generar semejante aluvión de opiniones encontradas revela ya su condición de obra difícil, deudora a partes iguales de la deriva reciente de su creadora —podemos especular acerca de los motivos por los que Lilly Wachowski ha salido de la ecuación, figurando exclusivamente como coautora de la idea original, pero lo que resulta indudable es que su ausencia ha dejado a su hermana el camino expedito para dar rienda suelta a sus inquietudes— como de los condicionantes derivados de revisitar un universo ficcional tan reconocible (y venerado). Ante semejante choque de fuerzas, que en numerosos pasajes del metraje tensiona al máximo su dramaturgia, es justo reconocer que el concepto original, la matriz que justifica, en último término, la resurrección —me gusta más considerarla un renacimiento— de Neo (Keanu Reeves) y Trinity (Carrie-Ann Moss) resulta sumamente brillante: sea como inspirado sostén del relato, sea como soporte propiciatorio de una nueva diatriba acerca de nuestra problemática relación con la realidad. Gran parte de las valoraciones se han centrado en este último aspecto, relegando a un segundo plano la adecuación para dicho fin del repertorio audiovisual desplegado en pantalla.

En este punto, sin ánimo de resultar reaccionario, han venido a mi memoria las palabras leídas recientemente a Sergio del Molino a propósito de su hartazgo —que comparto en gran medida— ante la abusiva relectura contemporánea de añejas ficciones populares desde el prisma de su supuesta relevancia cultural, como si su dimensión propiamente lúdica, escapista, no pasara de molesto apéndice: el bucle infinito de lo Meta 1. Lo cierto es que cuesta recordar un blockbuster estrenado en los últimos años que haga suyo este paradigma con la convicción de Matrix Resurrections: será que los 22 años transcurridos desde el estreno de Matrix han terminado de convertir su Caverna de Platón virtual en émulo verosímil de nuestro presente. Un presente en el que el ocio interactivo ostenta, pese a encontrarse en las primeras etapas de su desarrollo, una implementación en nuestros hogares que allá por 1999 apenas podíamos intuir. Y en posesión de mandos inalámbricos ¿quién necesita cadenas? Convertir la nueva versión de Matrix en una experiencia inmersiva para toda la humanidad, en la que ya no baste con ocultar a nuestros sentidos donde termina el simulacro y comienza «el infierno de lo real» sino que, llevados por la lógica implacable del capitalismo de las emociones, el consumo de la píldora de la felicidad sea motivo suficiente para tenernos permanentemente enganchados al cable de suministro. Comenzando por el propio Neo, que ha visto  convertida su epopeya en un videojuego Triple A: una aventura inspiradora para entretener a las masas. Por más que el goteo de escenas recuperadas de la trilogía original, diseminadas durante todo el metraje, halle justificación en el guión, el uso reiterativo del recurso refuerza machaconamente la principal razón de ser de esta nueva secuela/remake ¿reboot quizá? Volver la mirada hacia una historia devenida leyenda.

Love Never Dies

Y encarnando esa leyenda el propio Neo, que pasea su indolente figura por las pulidas estancias de una vida regalada, confortable en apariencia pero instalada en el hastío vital, que ni el periódico suministro de pastillas azules a manos de El Psicoanalista (Neil Patrick Harris) consigue paliar: ¿Cómo volver a ser el señor Anderson cuando se ha sido, ni más ni menos, que El Elegido? Todo ha cambiado a su alrededor, aparenta ser más concienciado y cooperativo, pero Keanu Reeves vuelve a hacer de su proverbial mesura interpretativa  su mejor virtud: la mirada perdida, su incapacidad para juntar tres palabras en la misma frase redundan en su embotamiento afectivo. La carencia primaria que no deja de recordarle que su existencia, exitosa para todos los que le rodean —viviendo, ni qué decir tiene, a su costa— carece en el fondo de sentido… salvo en presencia de esa mujer a la que, de manera inexplicable, parece conocer. Una vez que vuelva a tomar conciencia de quien es en realidad —en una excelente secuencia que amalgama, con gran sentido escénico, presente y pasado (ficcional)— la principal motivación de Neo será reencontrarse con su amor perdido.

En esta apelación hiperromántica al poder de los afectos, convertida tanto en el motivo último de la existencia de la renovada Matrix como de la necesidad agónica de Neo de recuperar a su amada, accediendo en el camino a su verdadero Yo, encontramos en plenitud a Lana, que redefine el legado de la saga pasándolo por el filtro de la monumental El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012), el otro gran hito conceptual en la filmografía de las Wachowski. Esta idea, profundamente movilizadora, de la persistencia de los vínculos afectivos más allá del espacio-tiempo, tan firmemente grabada en nuestro inconsciente colectivo, no es precisamente novedosa: en cada una de las tres entregas previas el poder movilizador del amor, así como el sacrificio que lleva aparejado, confiere a ambos protagonistas la capacidad para subvertir los algoritmos lógicos de la Inteligencia Artificial —recordemos que Trinity y Neo se resucitan, respectivamente, en Matrix y Matrix Reloaded (The Matrix Reloaded, 2003) merced a la energía liberada por su pasión— manipulándola a su antojo. Lo que no había ostentado hasta ahora es semejante centralidad, subordinando todos y cada uno de los elementos restantes a la crónica del reencuentro de los amantes.

Matrix

Y esta decisión tan coherente con el devenir creativo de su máxima responsable problematiza ¡y de qué manera! la condición a priori de Matrix Resurrections, que no es otra que la de superproducción de final de año con toda una serie de peajes contractuales a pagar en taquilla. Condición abiertamente desdeñada por Lana, cuyo desinterés hacia las átonas secuencias de acción resulta sumamente ilustrativo de su renuncia a reverdecer laureles en uno de los hitos en los que sus predecesoras, valiéndose de artificios diferentes, sentaron cátedra en el mainstream de autor: la delectación por el detalle y el paroxismo visual, el frenético dinamismo de una cámara inquieta que amplificaba exponencialmente las emociones del espectador han sido sustituidos por la dejadez desaliñada con que se despacha una insulsa sucesión de explosiones carentes de gusto y delirio ¿Por qué si, a fin de cuentas, dichas set pieces funcionaban modélicamente como climática exacerbación de las pasiones que alimentaban a sus protagonistas? En su rechazo al gran espectáculo, a la esforzada creación de imágenes válidas por sí mismas, libres de homenajes y subrayados, se hace dolorosamente patente el coste del volver en bucle al canon de la saga, en detrimento de una fundamentada revisitación al proteico agregado de referentes genéricos y culturales que conferían a Matrix —y vistas con la perspectiva que da el tiempo sus dos secuelas— su magisterio en la mixtura genérica de Sci-Fi y actioner. El vuelo se hace necesariamente corto, alejando a la película de su condición de remake/reboot  para acercarla a la de ¿asumido? epitafio.

¿Tiene la mirada proyectada por Matrix Resurrections sobre su propio universo ficcional entidad suficiente como para dar cabida a futuribles secuelas? El tiempo y el saldo de resultados, el Oráculo que verdaderamente permite atisbar el porvenir, tiene la última palabra. Lo que si podemos afirmar, sin lugar a dudas, es que la sombra de su inmediato precedente televisivo resulta alargada: en su flow narrativo y romanticismo arrebatado. Sus arabescos lumínicos y proclamas identitarias. Con independencia de la opinión que nos merezca el inequívoco posicionamiento de Lana Wachowski en las batallas ideológicas —me resisto a considerarlas culturales— que llenan de ponzoña las RRSS cabe preguntarse, honestamente, por su genuina aportación: si más allá del benéfico soplo de libertad que insuflaban los mejores capítulos de Sense8 (Sense 8, 2015-18) sus artífices no se han limitado a trasplantar estas ideas al universo Matrix sin una reflexión sosegada acerca de su idoneidad para que pudieran germinar. El filme resultante, dramáticamente alejado de las expectativas que pudiéramos albergar, resulta ante todo frustrante: tan estimulante en su punto de partida y algunos pasajes ciertamente inspirados —el celebrado tutorial acerca del bullet time es una poderosa apelación al magma audiovisual que hermana cine y videojuegos— como pobre y derivativo en su concepción visual general. Y pese a todo, la contundencia inmisericorde de esas imágenes dantescas, postales apocalípticas del más terrible de nuestros futuros 2 sigue estando ahí. Se intuye detrás del tenue cromatismo impostado y la absurda disneyficacion del Leviatán tecnológico. Esperando a ser nuevamente invocadas por quienes, sin miedo a recoger el testigo, sepan insuflarles savia nueva.

  1. MCCAUSLAND, Elisa y SALGADO, Diego (2022): “El bucle infinito de la cultura popular” en Dirigido Por…, enero 2022.
  2. DE LA TORRE, Víctor (201): “Ciencia-Ficción de nuestro tiempo: los terrores que nos depara el mañana” en Cine Divergente, verano 2018. (Consulta: febrero de 2022): https://cinedivergente.com/ciencia-ficcion-de-nuestro-tiempo/
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