Milagro en la celda 7

Los simples de espíritu Por Ignacio Pablo Rico

Tal vez no hubiese llegado a darle una oportunidad a la tercera película de Mehmet Ada Öztekin sin la recomendación entusiasta de Anissa Labrouzi, a quien le debo en consecuencia las siguientes líneas. En este constante «domingo por la tarde» de los que vivimos confinados en nuestros domicilios, aprecio particularmente los feel good melodramas hechos con oficio. Es el registro fílmico ocioso por antonomasia; de hecho, el boca a boca lo ha convertido en un hit de la cuarentena al poco tiempo de subirlo Netflix a su plataforma. Hablamos de un cine sentimentalmente hipercodificado, que manipula con sana desvergüenza las expectativas del público, culminando siempre en una llorera que resulta invariablemente liberadora. Remake del exitoso largometraje coreano homónimo de Lee Hwan-kyung, Milagro en la celda 7 (7-beon-bang-ui seon mul, 2013), que ha dado pie a su vez a una adaptación filipina —Miracle in Cell No. 7 (Nuel C. Naval, 2019)— y a otra indonesa —Miracle in Cell No. 7 (Hanung Bramantyo, 2020)—, nos hallamos frente a una de esas producciones en torno a «valores universales», cuyas líneas argumentales la hacen además fácilmente trasladable a la historia reciente de cualquier nación que haya vivido transiciones convulsas en las últimas décadas.

Milagro en la celda 7

La Turquía contemporánea se presta de manera especial a ello: los acontecimientos centrales de Milagro en la celda 7 tienen lugar en 1983, bajo el gobierno golpista del general Kenan Evren, y culminan en 2004, cuando el país abolía la pena de muerte para facilitar su entrada en la Unión Europea. La pugna entre la brutalidad jerarquizada de la dictadura militar y la voluntad de un Estado de Derecho emerge, de modo simbólico, como parte de la trama: la rivalidad entre el piadoso alcaide de la prisión y un capitán inflexible y obediente. Sin embargo, Milagro en la celda 7 se presta a ser entendida, al margen de sus cómodas connotaciones políticas, como un canto a la pureza de las almas simples y a su capacidad de transformar el entorno. Aunque como relato de redención colectiva discurra a través de caminos archisabidos —supeditados a la intención catártica de la narración—, y sus recursos audiovisuales recaigan en automatismos varios —los omnipresentes subrayados musicales, la violencia elíptica, la elementalidad de los ralentís—, hay en esta producción, llamada a convertirse en un clásico popular, dos instantes cargados de una inusual magia audiovisual. Apenas un puñado de imágenes bastan para captar con viva expresividad el espíritu del filme: la inevitable victoria moral de los inocentes.

Milagro en la celda 7

En primer plano, varias margaritas —una de ellas ocupa el centro del encuadre— al borde del camino. De pronto, irrumpen militares marchando. Lo que esperamos entonces, por pura memoria cinéfila, es que una bota las pise a modo de evidente metáfora de la barbarie arramblando con la belleza del mundo. Pero Öztekin es más sutil: emplea el desenfoque para que las flores pierdan preeminencia frente al paso de los soldados. Nos olvidamos durante unos segundos de ellas, pero siguen allí, imbatibles en su humildad. El plano no culmina aquí, sino que va más allá: de repente, uno de los hombres se detiene junto a las margaritas para atar su bota y, cuando la cámara se eleva, descubrimos que es un desertor que se da a la fuga. Un alma cándida que, según sabremos más adelante, ya no podía soportar la implacable vida castrense.

Milagro en la celda 7

En la escena subsiguiente, asistimos a un desfile de cariz muy distinto: lo protagonizan niños. En los planos inaugurales, de corte claramente costumbrista, estos desfilan cándidamente bajo un prisma casi documental en su exposición colectiva y poliédrica del evento. Dos elementos perversos matizan el tono: la percusión militar que marca el ritmo, y la presencia, al principio esquinada, del ejército en cada plano. Incluso mientras Memo reparte manzanas asadas, los uniformes no dejan de figurar de algún modo. La lógica que sigue esta urdimbre de imágenes es diametralmente opuesta a la analizada previamente: lo que va emergiendo poco a poco con fuerza, a partir de un montaje crecientemente brusco, es el triunfo de la lógica militar sobre los (falsos) protagonistas infantiles del acto. Desde que Memo tropieza con uno de los uniformados, se sucede un torrente de imágenes breves, de apariencia inocua, pero cargadas en su celeridad de una inquietante tensión interna. El primer plano de un fusil, con el fondo desenfocado, es el rotundo punto y final de la idea que transmite la escena: el triunfo decisivo de un régimen de lo real que tratará, en vano, de doblegar la dignidad de Memo, esa margarita que se las ha arreglado para crecer y sobrevivir a un lado de la carretera.

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