No soy yo
El lugar del canto Por Ramón H Sosa
En plena dictadura franquista, el poeta José Ángel Valente comenzó a crear para sí un espacio literario a partir de la traducción de autores extranjeros. Poemas, que con los años se reunirían bajo el nombre de Cuaderno de versiones, de los que el gallego se sirvió para elaborar una tradición en la que su poesía y pensamiento tuvieran acomodo. Frente a una sociedad que le era agresiva, una herencia literaria —concebida por el régimen— de la que no se consideraba legatario, y unos coetáneos a los que no se sentía ligado, Valente, solitario, hiló a creadores de diferentes épocas y lenguas en un espacio común que le proporcionó tanto cobijo como significado. Se labró, en fin, un espacio en el que poder dialogar con sus afines y desde el cual escribir, desde el que poder leer el mundo y ser, a su vez, leído. Elaboró, como él mismo dijo, su particular lugar del canto. Si bien la confección de un orden en el que poder inscribir la propia obra es un trabajo que, en mayor o menor medida, debe llevar a cabo todo creador, el caso de Valente destaca por el doble aislamiento al que sus elecciones le abocaron. Por un lado, a causa de entrelazarse con una tradición mística que, ya entrando en la posmodernidad, parecía condenada a desaparecer. Por el otro, porque pocos, muy pocos, de sus compañeros de viaje se encontraban vivos y el diálogo que formuló estaba destinado, desde un principio, a establecerse con fantasmas.
En sus Histoire(s) du cinéma (Jean-Luc Godard, 1988) Godard hizo del vídeo, al igual que Valente de su poesía, un espacio de diálogo con los muertos. Frente a lo que él consideró el hundimiento del cine, levantó un monumento funerario con el que echaba la vista atrás y loaba y lloraba a ese arte que había logrado mimetizarse con el siglo XX. Entretejió, haciéndolas chocar y dialogar, encadenándolas y superponiéndolas, imágenes de películas, noticieros y pinturas estableciendo, a menudo, relaciones novedosas entre ellas y los textos recitados o impresos en la pantalla. Los planos y las palabras ajenas a menudo se encuentran con las propias en esta obra —evito llamarla «película» por razones evidentes— que presenta la paradoja de afirmar el canto de cisne del cine al tiempo que le inventa nuevas formas. Sin embargo, las propuestas que contiene han conseguido trascender solo de forma limitada. En gran medida, han sido sus características estilísticas, es decir, las más superficiales, las que han acabado por poblar películas, videoclips y anuncios de televisión. Quizá una de las razones que han impedido su absorción por parte de otros cineastas es su acentuada subjetividad: las Histoire(s) du cinéma aspiran a ser una recreación del pensamiento de su autor y sus mecánicas y, en la medida en que lo logran, resultan pertenecerle única y exclusivamente a Godard. El primer mérito de Léos Carax en No soy yo (C’est pas moi, 2024), sin duda sustentado en una trayectoria consolidada, es el de comerse su orgullo como creador y zambullirse en un terreno que no es y, él es consciente, nunca será plenamente suyo.
Este mediometraje es, por lo tanto, un homenaje. Desde su primera película, Chico conoce chica (Boy Meets Girl, Léos Carax, 1984), Carax no ha ocultado nunca su querencia por el cine de Godard. Siempre con la mirada puesta en la Nouvelle Vague, y especialmente en el director suizo, ha logrado, sin embargo, actualizar y apropiarse de su influencia demostrando un estilo y un sello propios. Así pues, en el caso de No soy yo, llama la atención que quien se ha demostrado capaz de adueñarse de unas ideas ajenas no haga, en esta ocasión, demasiado esfuerzo por lograrlo. Y es que, en apariencia, no estamos ante un intento de integrar las formas de Godard en su cine, sino en un voluntario dejarse arrastrar y quedar integrado en ellas. Como si fuera una invocación, Carax se deja poseer por el espíritu de Godard y hasta su voz en off adopta el tono y la cadencia de este. Ese hablar monótono que, junto a la máquina de escribir eléctrica, se volvía en las Histoire(s) en un elemento sonoro abstracto e inmediatamente reconocible para cualquiera que se haya acercado a ellas. Así, dejando que el fantasma de Godard gobierne su cuerpo fílmico, Carax rinde tributo al fallecido cineasta y accede al terreno de pensamiento y diálogo que aquel construyera y a través del cual es posible meditar el cine desde dentro.
Porque las Histoire(s) du cinéma son, ante todo, la demostración de que el cine es capaz de pensarse a sí mismo. Pensar su misterio artístico, pero también su desarrollo técnico a la luz del progreso económico y militar del siglo XX. Desde su biblioteca personal, Godard deambula entre libros que despiertan su memoria y unen su experiencia personal al avance de un medio siempre en tensión entre el sueño del creador y su capacidad de control de masas. Ahora, Carax recoge el testigo consciente de que el espacio legado es el ideal para examinar la situación actual del cine y la suya propia. Pero aquí se esboza una primera diferencia: mientras Godard acude a la biblioteca para rodearse de sus recuerdos, Carax se filma a sí mismo, en pijama, acostado en una cama. La distancia entre ambos es la que va del control al descontrol, de la despierta lucidez godardiana al deambular onírico de Carax. En Vrai faux passeport. Fiction documentaire sur des occasions de porter un jugement à propos de la façon de faire des films (Jean-Luc Godard, 2006), película de título excesivo que Godard hizo para la retrospectiva que le dedicó el Centre Pompidou de París, se puede ver, en parte, su mecanismo de selección de material para las Histoire(s) du cinéma. Imágenes y secuencias divididas por temática van pasando por la pantalla mientras la voz de Godard las va declarando válidas o inválidas, buenas o malas. El director se otorgaba, así, el papel de juez que designa lo que debe ser conservado y lo que no, la forma correcta de filmar algo y la que no lo es. Solo en contadas excepciones, como ante el cine de Dreyer, Godard no juzga lo que ve: son los casos en que alguien está por encima de su capacidad de decisión. Podríamos decir que Carax, desde su sueño de cinéfilo, se sitúa siempre en lo que para Godard era excepción. Así como el espacio no es suyo, tampoco reclama el control.
Quizá sea esta misma renuncia la que le lleva a no hacer uso del recurso más característico de las Histoire(s). Carax no ejerce la tercera imagen, superposición de dos o más imágenes, con la que Godard establece esas relaciones inesperadas. Si Godard despedaza, pinta, pixela, satura las imágenes de otros para apropiarse de ellas, Carax se contenta con montarlas, una detrás de otra, pero sin llegar a intervenir violentamente sobre ellas. El nivel de apropiación que ambos muestran presenta intensidades muy diferentes. También diverge el propósito de los proyectos. No soy yo es una película que, sobre todo, presenta una reflexión personal, sin perseguir, en absoluto, sentar cátedra sobre la situación y el devenir del cine. Aunque está por ver, sería sorprendente que la próxima película de Léos Carax siguiera por el mismo camino que ha transitado en esta ocasión. Añadiendo dosis de humor raras a Godard —aunque también tenía su sentido del humor, por cierto, poco estudiado—, se pregunta sobre las posibilidades que tiene el cine de recuperar cierta capacidad para conmover, cómo devolverle una mirada que se perdió junto a la inocencia que el público y el creador tuvieron en su tiempo. Su reflexión, sin embargo, es personal, se interroga sobre sus propias posibilidades como director. Diría que Carax ha acudido a este espacio fílmico como un tributo y por reconocerlo como el lugar privilegiado para hablar con Godard, así como Godard lo construyó, en su día, para hablar con los muertos. Tanto Godard como Valente levantaron un canon propio ante la idea de que el mundo les daba la espalda a ellos y a su forma de entender un arte que ambos consideraban en peligro de extinción. Ambos han tenido sus herederos, sin embargo. Carax es un visitante en el reino godardiano, y cabe suponer que saldrá de ahí con fuerzas renovadas. Y es que acudir al territorio del maestro parece ser el mejor modo de leer el mundo y de leerse a sí mismo. Un lugar desde el que pensarse para, después, enfrentarse a sus nuevos proyectos. Un lugar del canto.

