Our Boys

En el laberinto. Una mirada comprehensiva al conflicto entre Israel y Palestina Por Liborio Barrera

Aliada de la historia

Viendo hace unas semanas El emperador y el general (Nihon no ichiban nagai hi, Kihachi Okamoto, 1967) pensaba en qué estaba viendo exactamente. Una ficción, desde luego. Y simultáneamente una reconstrucción del final de la Segunda Guerra Mundial en Japón, una especie de crónica de hechos ocurridos entre los días 14 y 15 de agosto de 1945, cuando Japón se rindió incondicionalmente a las Fuerzas Aliadas.

El director Hikachi Okamoto describe minuciosamente la cadena de decisiones que tomaron el gobierno aliado de los nazis y el ejército en el espacio reducido del palacio imperial y en los principales ministerios durante aquel periodo de unas veinticuatro horas. Okamoto suma dos acciones exteriores: una sucede en un aeropuerto, cuyo mando militar se niega a rendirse y envía a sus aviones a atacar la flota estadounidense, y otra en Yokohama, donde un capitán subleva a sus soldados y los conduce a Tokio para asesinar al presidente del gobierno. En el centro, horadando los cimientos ya debilitados de un país desnortado, un grupo de oficiales reacios a la rendición llevan a cabo un frustrado golpe de Estado.

Días después de ver la película, leyendo sobre la última novela de Mario Vargas Llosa, Tiempos recios, el crítico de ABC José María Pozuelo Yvancos se refería a esta obra como un regreso a la “gran novela”, que definía como “la aliada con la Historia, cuando se muestra como privilegiado modo de conocer los entresijos verosímiles de unos hechos reales de manera que tengamos la oportunidad de asistir por dentro a episodios del pasado. Lo que fue y aquello que pudo ser cuando es preciso imaginarlo”.

“Conocer los entresijos verosímiles de unos hechos reales” es justamente lo que pretende Okamoto y lo que puede aplicarse a la serie israelí Our Boys, aunque el pasado de los acontecimientos que relata es tan reciente que no podría revestírselos de la consideración de históricos. La película de Okamoto narra unos sucesos ocurridos casi veinticinco años antes de su rodaje, Vargas Llosa escribió su novela más medio siglo después de lo acontecido y Our Boys abarca unos pocos meses de 2014, entre el secuestro y asesinato de tres jóvenes isralíes a manos de palestinos y el secuestro y asesinato de un joven palestino por fanáticos ultraortodoxos israelíes.

Y sin embargo, el valor de la serie es mayor, si cabe, al de la película y la novela. Este valor es el del entendimiento que muestran las tres obras respecto a lo que narran sin que se vean afectadas por la distancia temporal que media entre lo sucedido y su reconstrucción, la que atempera a quienes escriben, filman o piensan sobre lo histórico y los despoja, si son consecuentes con su tarea, de las pasiones que inflaman las miradas que se vuelcan descontroladas hacia la historia. Y como la distancia temporal es menor en Our Boys, en la que lo histórico no es un ciclo cerrado sino la historia abierta en canal, el valor de sus creadores al lograr el entendimiento de uno de los lugares más inflamados del mundo, Israel, sobresale entre otros valores. Aplican frío a esa hinchazón a lo largo de diez capítulos y logran un posible, que gentes como el escritor israelí Amos Oz persiguieron durante su vida: una mirada comprehensiva.

ROMEO Y JULIETA

Mientras veía Our Boys pensaba en si era posible bordear el contexto de la serie, vadear los nombres: Jerusalén, intifada, Gaza, judaísmo…; apartar la carga del pasado prejuiciado que desde una posición anti israelí descalifica sistemáticamente cualquier manifestación israelí que no contenga un germen de defensa hacia lo palestino y una denigración de lo israelí, o que desde una posición anti palestina denigra declaraciones palestinas que no impliquen al menos un atisbo de apología de lo israelí y una merma de lo palestino.

Y si era posible depurar el relato para reducirlo a sus elementos esenciales, universales: un crimen en venganza de otro en medio de las luchas entre dos facciones, como Shakespeare lo plantea en Romeo y Julieta, en que no importan los nombres (familias, partidos, naciones, ideologías) sino lo trágico de la confrontación humana, tal vez el juicio sobre esta serie quedaría liberado de la gravidez política e histórica que la vuelve insidiosa para algunos espectadores. Pero estos pensamientos dieron vueltas y vueltas y regresaron a su vago origen. Quizá en otro escrito reaparezcan.

EL LIBRO SAGRADO

En agosto de 2014, tres adolescentes judíos fueron secuestrados en Jerusalén y al cabo de dieciocho días aparecieron muertos en el territorio palestino de Hebrón. Poco después, un adulto y dos jóvenes israelíes ultra ortodoxos intentaron raptar a un niño palestino; al no lograrlo buscaron otra víctima, un adolescente palestino, al que mataron y quemaron en un bosque cercano al lugar de donde se lo habían llevado. En este contexto, estallaron manifestaciones y enfrentamientos que desembocaron en una guerra de 50 días en la Franja de Gaza.

Si se toma Our boys como un viaje, una pequeña odisea desazonadora en la que un crimen y sus consecuencias se extienden como un puzle, un mosaico o una red, uno podrá llevar a cabo una inmersión social, política y religiosa en el Jerusalén israelí y palestino de hace unos cinco años, seguramente intacto hoy.

Hagai Levi, Tawfik Abu Wael, Joseph Cedar y Noah Stollman, sus creadores, reconstruyen el asesinato, la pesquisa para encontrar a los culpables, que proceden de una rama ultra ortodoxa del judaísmo, recrean la preparación del juicio y su celebración, y muestran las repercusiones de la muerte en ambos territorios. Las imágenes son conocidas: jóvenes palestinos que incendian las calles, prenden banderas israelíes, atacan a la policía, replicas judías de extremistas que maceran venganzas en un movimiento cíclico: el retorno incesante de orfeos descreídos hasta el fin.

Levi, Stollman, Cedar y Abu Wael acotan, sin embargo, el relato a cuatro personajes concretos en los que confluyen  los conflictos generales de la serie: desorientados, zarandeados, desconcertados, heraldos que parecen asumir las contradicciones de aquel tormentoso lugar del mundo: qué ser y cómo ser. El agente encargado de la investigación es un hombre parco en palabras y en sus movimientos, y funda su trabajo en una ética propia. Su acción se atiene a los hechos y a las pruebas. No habla su condición de judío, ni, a través de él, la política de su gobierno, ni las presiones de sus mandos que pretenden dirigirle la investigación para que los responsables del crimen no sean judíos, ni siquiera su propio pensamiento, que queda en la sombra (quizá es sionista, quizá querría ver a los palestinos lejos de allí, o quizá abrazarlos en una única y definitiva reconciliación; uno no puede saberlo y está bien así; lo que sabe es lo que hace, y en ello, es ejemplar).

No obstante, durante el juicio esta rectitud se quiebra: su testimonio no perjudicará a su país; pero tampoco beneficiará a uno de los acusados, un joven con pocas luces, al que considera manejado por los otros dos implicados. El agente podría interceder por él; pero incomprensiblemente rehúsa a hacerlo. Sus deudas personales quedan canceladas durante la investigación en una facción fanática religiosa de ultra ortodoxos sefarditas, con la que está vinculado su hermano. Este y la madre y los amigos próximos no comprenden que encarcele a tres de los suyos, y sobre él va cayendo la forma de la traición. Y sin embargo, en sus visitas al centro donde los fanáticos repiten hasta la extenuación los mantras del libro sagrado, la Torá, no deja de sentir la atracción a los ritos, donde parecen hallarse las respuestas indiscutibles y una verdad incontestable, la calma de quienes, a diferencia de él, avanzan seguros, sin dudas.

El padre del joven asesinado, otro hombre silencioso, reclama una justicia punitiva para quienes han matado a su hijo. Soporta una tensión entre las exigencias de vecinos y activistas para que no acuda al juicio de quienes consideran enemigos y por tanto incapaces de justicia, y el funcionamiento de la maquinaria policial y judicial israelí, que lo somete a unos requerimientos ajenos a su entendimiento. Accede a un proceso desconocido, con una apariencia de parcialidad a la que él asiste atónito, pues solo exige un castigo que restituya parcialmente su pérdida.

Frente a él tiene al joven judío desnortado que participó en el crimen. Lleva siempre un sombrero negro que lo identifica con el grupo ortodoxo, cuyas enseñanzas se empeña en seguir a pesar de su falta de convicción. La religión no es un consuelo ni una respuesta a su zozobra. Quién soy, se pregunta. Ni siquiera la ayuda de una siquiatra pone razón en su vida. Llevado por los demás en su desconcierto, incapaz de tomar decisiones adecuadas, su condición de verdugo no le despoja enteramente de la de víctima a la que nadie atiende.

La víctima real, el joven palestino, vive otro tipo de zozobra en la configuración de su propia identidad, que a partir de su muerte se agrieta golpeada por los suyos. Se lo apropian como mártir de una causa de la que él no participa, un emblema colectivo, ya despojado de su individualidad, un engranaje de la secular guerra contra los israelíes. El joven es acusado de homosexual (una mancha para una familia, para la homófoba sociedad árabe) como otro modo de minar su identidad.

Hagi, Stollman, Cedar y Abu Wael mueven su relato de forma compleja, en modo alguno reduccionista; eluden el proselitismo, se comportan como observadores distantes y conceden a cada personaje sus razones. Su honestidad narrativa, la que omite el discurso, la causa, la hagiografía confieren a Our Boys, cuya forma es deudora del cine de los hermanos Dardenne, un valor moral que contesta el sentido último, religioso, de ambas sociedades: el de una trascendencia exclusiva hacia un ideal traicionado en la tierra.

(Coda: En ninguno de los balances críticos del año 2019 que he ojeado aparece esta serie. Uno no sabe si se debe a que la producción es israelí, y por tanto, a un prejuicio, o a que entre la visión, entre otras, de la temporada final de una serie menor como Juego de tronos y la posible incomodidad que depara la visión de Our Boys, los críticos se dejan llevar por la laxitud del sensismo. En cualquier caso, señala la ceguera de la crítica televisiva que abraza la religión de la fenomenología cultural de su tiempo sobre cualquier otra consideración).

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