Pobres criaturas

La bacanal como arma Por Adrià Allande González

Yorgos Lanthimos, quien comenzó con películas de corte minimalista, secas y duras en su puesta en escena, como es el caso de Canino (Kynodontas, 2009), ha experimentado un cambio profundo, ya anunciado desde La favorita (The Favourite, 2018) y, quizás, también con Langosta (The Lobster, 2015). Porque, aunque el fondo sigue siendo el mismo, es decir, argumentos ácidos con tintes de sátira, humor y, a su vez, ternura revestida de cinismo, la estética barroca se ha erigido como su estilo preeminente, abandonando el ascetismo de sus primeras películas y entregándose a la extravagancia de una puesta en escena que habla desde la vorágine.

Pobres criaturas (Poor Things, 2023) se presenta casi como un ditirambo o una bacanal romana, es decir, jocosa, rebosante y ebria de elementos y referencias; una película que se manifiesta dionisíaca tanto en su puesta en escena como en su recorrido. Sin embargo, detrás de su exuberante fachada, se esconde un profundo sentimiento de confusión, que emerge como la emoción definitoria de la historia. La confusión de Bella Baxter, la protagonista magistralmente interpretada por Emma Stone, encuadra un bildungsroman contemporáneo con un personaje inolvidable, tanto por su construcción como por su evolución, así como por la ternura que irradia.

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La historia explora las vicisitudes universales a las que todos nos enfrentamos, es decir, los opuestos complementarios de nuestro mundo, tales como la bondad y la maldad, la ternura y el odio, el sexo y el amor, entre muchos otros, los cuales son los predicados a los que pertenecemos. Ahora bien, la protagonista lo hace desde una perspectiva que parece ser más pura que la nuestra, ya que el personaje de Bella Baxter no está contaminada de lo humano. Es decir, se mantiene siempre como una tabula rasa que, aunque es crítica con lo que acontece, no juzga; simplemente observa, al igual que El Idiota (1869) de Fiódor Dostoyevski o, más recientemente, Lazzaro Felice (Alice Rohrwacher, 2018).

No obstante, la historia destaca por la particularidad de que la protagonista vive estas dualidades desde el inicio en un cuerpo adulto, lo cual acelera el proceso por el cual descubre el mundo, abarcando tanto lo que es como lo que debería ser. La pregunta que inevitablemente surge, claro está, es cómo es posible nacer ya en un cuerpo adulto. Para responder a este interrogante, es necesario adentrarnos en el universo propuesto por Lanthimos, el cual presenta ciertas similitudes con el creado por Mary Shelley en Frankenstein o el moderno Prometeo (1818). El coprotagonista, Godwin Baxter, es un científico capaz de fusionar animales e intercambiar partes humanas del cuerpo, como es el caso de Bella Baxter. La protagonista posee el cuerpo de alguien que se suicidó, al cual se le ha implantado el cerebro de quien estaba en su vientre, fusionando así a madre e hija en un solo ser. Este acto, con resonancias de la filosofía transhumanista, abre un espacio de reflexión sobre la feminidad que impregna la película de principio a fin.

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Bella Baxter, niña y madre a la vez, dotada desde su nacimiento con el cuerpo de una mujer, explorará el mundo desde su más tierna infancia. Para la protagonista, sin lugar a dudas, lo primero que despierta su curiosidad es precisamente el deseo que emana de su propio cuerpo, es decir, el descubrimiento del sexo propio y el placer que conlleva para, poco a poco, ir conociendo sus distintas facetas. La propia, pero también la del otro, la cara de la lujuria, pero también la de la mercancía, para, al fin y al cabo, entender el cuerpo como sujeto político, tal como ha querido tratar Lanthimos, tanto en su nueva obra como en los trabajos previos, especialmente en Langosta.

Pobres criaturas, de un modo u otro, consciente o no, se articula a través de los dos conceptos clave del psicoanálisis freudiano; es decir, la energía humana manifestada como sexo y poder, pero desde una óptica y crítica feministas. Estos dos conceptos, junto con su evolución, permitirán a Bella Baxter conocer el mundo, a las personas que la rodean, y cómo estas cambian según su perspectiva. Porque, al ser un bildungsroman, la protagonista está siempre en un movimiento interior, explorando, como un río, las distintas facetas del mismo bosque para comprender el lugar al que pertenece.

El último filme de Yorgos Lanthimos, único e inconfundible, se construye mediante la creación de un universo propio, un espacio de ensueño y fábula. El constante cambio de registro busca incrementar la confusión experimentada por Baxter, inherente al acto de existir, acontecer y conocer. Esto se maneja de forma constante, manteniendo siempre una coherencia parcial, aunque no absoluta, con la línea narrativa de la película.

Los registros en blanco y negro, así como la saturación o los efectos digitales, se adaptan a un momento específico; es decir, a los descubrimientos de Bella Baxter. Con cada descubrimiento, surge un nuevo registro que resulta apabullante en su esteticismo. Recuerdo, por encima de los demás, el momento en que la protagonista encuentra la maldad, y un edificio digitalizado, roto y desmembrado, nos recuerda la separación existente entre unos y otros.

No obstante, es importante recordar que la película, al igual que muchas otras —y esto es producto de su osadía—, presenta una serie de contradicciones que, en determinados momentos, podrían desvirtuarla. Por ejemplo, a pesar de que el director intenta narrar la liberación de la feminidad, los escenarios se muestran de manera constante recargados y abigarrados, sin ofrecer jamás la exploración de un espacio exterior, ya que todos han sido meticulosamente diseñados en estudio. Esta decisión conlleva que la puesta en escena se sature de su propia pretensión y nunca consiga emanciparse junto con la protagonista. Ahora bien, como ocurriera en un poema en el que percibimos las imperfecciones, costuras y miedos, solo queda experimentar, sentir piel adentro para dejar de lado, por un momento, la razón, permitiendo que el ojo se desplace como un pequeño barco en ese torrente insaciable que nos propone Yorgos Lanthimos, esperando naufragar entre sus imágenes, pues merece la pena caer en sus aguas.

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