Primer Foro de Animación Latinoamericana y Caribeña

El fuego que no cesa Por Samuel Lagunas

Cuba es una revolución permanente. En las calles de La Habana parece fraguarse todos los días alguna conspiración: un cambio ilegal de monedas, de cuerpos, una ruta de escape, o tal vez sólo un plan para pasar la noche. Cuba, para la mirada del extraño, del extranjero (que es la única que poseo), es una fantasmagoría en el sentido que lo explora Walter Benjamin: una burbuja, un delirio hipnótico, un shock para los sentidos y las ideas. No se puede hablar de ella —escribe Leila Guerrero— si no es desde la duda y la contradicción. Desde el suspenso.

Viajé a La Habana gracias a la animación. La noticia del Primer Foro de Animación Latinoamericana y Caribeña “Juan Padrón in memoriam”, que se llevaría a cabo del 9 al 11 de diciembre, me entusiasmó a tal punto que me decidí a no perder la oportunidad doble de conocer una nueva ciudad y atestiguar un evento que se antojaba histórico. En mi primera noche en la casa que alquilé a un costado de la Universidad de La Habana, descubrí entre los estantes un libro de Raydel Araoz que se llama De la rumba al coito y que tiene en uno de sus capítulos el repaso más completo de la historia de la animación cubana que he leído hasta ahora. Cuando encendí el televisor antes de dormir encontré una de las aventuras de Elpidio Valdés, ese mítico superhéroe “a la cubana” creado por Juan Padrón en los 70. Para mí, el Foro arrancó desde que puse un pie en la isla.

Aunque el Foro, si nos ponemos con ánimos de historiador, empezó mucho antes, según lo cuentan sus organizadores: el cubano Ernesto Padrón, la argentina Paola Becco y el brasileño César Cabral. Fue en 2019, ocasión en que los tres coincidieron como jurados en el 41 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Allí comenzó su conspiración y también su amistad. La triada que encabezó el evento no es azarosa y me parece que sirve muy bien para repensar la actualidad de la animación latinoamericana en tres caminos: la industria, la militancia y el pasado.

El Foro se planeó, y ese fue uno de sus grandes aciertos, no desde una lógica exclusiva —y esclava— de mercado (tal y como pasa en festivales como el Pixelatl), sino con una naturaleza híbrida donde convivieran multiplicidad de miradas, sentires y actividades: hubo conferencias especializadas, conversatorios, proyecciones de películas, asesorías a proyectos en desarrollo y, desde luego, fiestas. Allí cabíamos todos: desde animadores experimentados, casi legendarios, como el argentino Juan Pablo Zaramella, hasta personas que sólo nos dedicamos a ver películas y a tratar de entenderlas.

El punto de reunión fue el estudio de animación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). No imagino un mejor sitio desde donde empezar a contar la historia de la animación latinoamericana y quizá no hay mejor director que encarne los sueños, las aspiraciones y los logros de esa primera época dorada que Juan Padrón (1947-2020). Así fue que, bajo su sombra y en su nombre, artistas, animadoras y animadores provenientes de Colombia, Brasil, México, Argentina, Cuba, Chile, Uruguay y Puerto Rico conformaron la estela de participantes que dio vida a este Primer Foro.

La perra

La perra (Carla Melo, 2023).

Industria, militancia y pasado

Señalé líneas arriba que las trayectorias de Ernesto Padrón, Paola Becco y César Cabral bien pueden servir para delinear un mapa del presente de nuestra animación. César Cabral es reconocido por dirigir la serie de televisión Angeli ‘The Killer’ (2017) inspirada en la vida y obra del caricaturista brasileño Angeli. También dirigió el largometraje Bob Cuspe. Nós Não Gostamos de Gente (2021), que tuvo un importante recorrido en festivales durante 2021 y 2022. Cabral, además, es parte de Coala Filmes, uno de los estudios más importantes de stop-motion en Brasil, y actualmente está colaborando con El Taller del Chucho (el otro estudio célebre de la región) para su nuevo largometraje, así como con el irreverente y mítico animador estadounidense Bill Plympton para una nueva serie televisiva. Cabral es, en este sentido, una de las caras más vistosas e importantes de una industria en crecimiento enfocada en producir bien y entretener a las audiencias sin perder de vista la construcción de una mirada crítica, casi siempre humorística, sobre los contextos socioculturales que rodean sus historias. En el Foro, Cabral compartió una charla sobre coproducción en Latinoamérica y moderó otra sobre fotografía en la animación en la que participaron los también brasileños Alziro Barbosa y Erick Ricco.

Angeli the Killer

Angeli ‘The Killer’ (César Cabral, 2017).

            Paola Becco presentó una importante conferencia sobre el acervo personal del cineasta argentino Fernando Birri, fundador y protagonista de los Nuevos Cines Latinoamericanos y pionero en pensar un cine para y con las infancias. También compartió algunas fotografías y otros materiales que componen el que es sin duda uno de los archivos más importantes (por su tamaño y su trascendencia) de la historia del cine latinoamericano. A Becco se le escucha hablar con aplomo de la utopía, de nuestra América y de la cultura como un trabajo colectivo, un quehacer cotidiano y común. Ella es la directora general del SMOF, festival dedicado exclusivamente al stop-motion, pero su labor incluye también actividades de producción, difusión y docencia. Su forma de trabajar desde la animación está anclada en una militancia política e ideológica clara, algo que se echa de menos en países como México donde la fascinación por el espectáculo acaba aplastando la emergencia de lo político.

La mesa que ella moderó sobre representatividad y perspectiva de género en la industria de la animación tuvo un cariz especial (tema ya casi obligado en todos los festivales), distinto a lo que, por ejemplo, pude percibir en un panel similar del CutOut Fest 2023 en el mes de noviembre en la ciudad de Querétaro, México, donde la conversación se orientó hacia las posibilidades de éxito de las animadoras en Estados Unidos. En el Foro, en cambio, la reflexión atravesó los temas de maternidad, etnia, clase, sin perder de vista el cuestionamiento permanente hacia las estructuras económicas que regulan las industrias nacionales e internacionales.

Ernesto Padrón es casi un guardián del pasado. Hermano de Juan Padrón, fue guionista en el largometraje Vampiros en la Habana (1985), y dirigió Meñique y el espejo mágico (2014), una adaptación del cuento “Meñique” de José Martí y primera película en producirse en Cuba en 3D. Su motivación por mantener un vínculo con íconos de la isla se mantiene vigente en el nuevo largometraje que prepara, inspirado en canciones de Silvio Rodríguez y retomando el estilo visual de trece pintores cubanos. En su obra parece haber más pasado que presente.

La proyección de Vampiros en la Habana en la sede de los Animados ICAIC, donde se realizó hace casi 40 años, fue uno de los eventos más emotivos del Foro, ya que contó con la presencia de Ernesto Padrón, la editora Rosa Carreras y Guillermo Ochoa, uno de los animadores. Vampiros es una de las películas más importantes en la historia de la animación latinoamericana, si no es que la más. Las razones no son extrañas. No sólo constituye un punto de inflexión en la historia de los estudios animados del ICAIC, sino que rompe con la tendencia regional de pensar la animación únicamente dirigida a las infancias. Al mismo tiempo, tiene el acierto de desviar la mirada de la Revolución hacia márgenes más pop, en un mercado global, a la vez que populares, en términos locales. Es, en ese sentido, una película incómoda, que se aproxima sin dogmas en los intersticios de una ciudad en desarrollo y al mismo tiempo en decadencia. Además, conserva una fluidez en el dibujo animado difícil de superar y promueve una historia que se goza no sólo en el slapstick, sino también en la irreverencia y la broma, un poco como sucedía con las películas del neoyorquino Ralph Bakshi una década antes.

La admiración por la figura de Padrón, no obstante, corre el riesgo de caer en la mirada idólatra que ofusca toda posibilidad de reacción crítica ante sus obras (hoy es imposible, por ejemplo, pasar por alto la misoginia y la homofobia de algunos de sus diálogos). Eso no es raro. De por sí, en América Latina la animación aparece casi siempre blindada por la hazaña de su realización, exigiendo y produciendo en la prensa que la documenta una actitud encasillada en el aplauso y la celebración. Por eso, las Historias que se han escrito de la animación en América Latina están hechas de listas cronológicas, elogios y descripciones técnicas, antes que de miradas comprensivas, multidimensionales y complejas.

El Primer Foro de Animación Latinoamericana y Caribeña nos planteó la necesidad de construir una historia personal y generacional de nuestra animación, no olvidando nuestra tradición, pero tampoco quedando ofuscados ante su luz. También nos dejó con la pregunta por la animación que queremos. El rebrote de gobiernos corporativistas y de extrema derecha en toda la región pone en vilo la permanencia de muchos programas de financiamiento para la realización de festivales y películas. Frente a eso, y con el aumento exponencial en la producción de series animadas y publicidad, América Latina puede convertirse en una gran maquiladora para el mercado global y, simultáneamente, en un fatídico eco de lo que se produce en el Norte. Y aquí es que el ejemplo que dejaron animadores cubanos como Juan de Armas, Tulio Raggi, Mario Rivas y el propio Juan Padrón debe mantenerse vivo. Su compromiso ideológico con una animación antiimperialista y defensora de una identidad latinoamericana, que al mismo tiempo abogó por una apropiación política de la técnica y desde allí aspiró a una estética propia, sigue siendo un modelo que no hay que perder de vista en los años porvenir.

 

Poderes pequeños. O un recuento de la animación latinoamericana de 2023

Desde hace un tiempo, la animación que más me interesa es la que menos se parece al cine. Ni siquiera yo tengo claro a qué me refiero con eso. Se trata de una intuición, una corazonada, una apuesta crítica por dirigir la mirada hacia lo artesanal, hacia las obras donde se percibe el cuerpo que está detrás, en medio y adentro del cuadro. Me interesan esas animaciones que son (auto)conscientes y no meros autómatas salidos de una computadora. Prefiero lo sucio porque lo encuentro más humano, de ahí que las pretensiones hiperrealistas que caracterizan al 3D y que empiezan a marcar los derroteros de muchas producciones en stop-motion me desalienten. Prefiero aquellas películas que buscan poner en crisis el dispositivo cinematográfico, tanto en un nivel estético como ideológico; aquellas piezas que frente a la imposibilidad de la carne logran suscitar nuestro deseo y jugar con nuestros miedos.

Este año, los pocos largometrajes latinoamericanos que pude ver, todos ellos en el marco del 44 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, me han parecido redundantes y he salido de ellos tanto confundido como decepcionado. Pienso sobre todo en la brasileña Trompa Tren: La película (Zé Brandão, 2022), que tiene un arranque frenético e inexplicable que acaba desorientando al espectador. Y es que la película no es más que una extensión de la serie emitida entre 2011 y 2017, lo que la hace sentir como un largo episodio, un apéndice olvidable, una mera estrategia para extender el nombre y la vigencia de una marca. Los personajes tienen ese carácter epiléptico propio de algunas producciones animadas: son animales hiperactivos y poseen una verborrea que nos impide acceder a alguna capa más profunda de su personalidad, si es que la tienen. Allí uno deambula más cerca de la publicidad que del arte.

Carlos Montaña

Carlos Montaña (Ita Romero, 2022).

Teca e Tuti: Uma noite na Biblioteca (Diego M. Doimo, Tiago Mal, Eduardo Perdido, 2023) no es tan desafortunada, aunque su principal falla está en la deficiencia de las actuaciones live-action que bien pudieron haberse omitido. El stop-motion es impecable y el mensaje de reconciliación, aventura y superación de la pérdida resulta bastante asequible para las infancias, sin caer en lo ridículo e inverosímil. Sin embargo, se advierte otro error característico de varias producciones animadas latinoamericanas: el exceso de personajes. En un momento, la polilla se adentra en un mundo en el que aparece una docena de personajes salidos de libros con los que interactúa, ofuscando el ritmo de la película y la progresión moral de la protagonista.

Fernanda y el extraño caso del mensaje a Figueroa (2023) es otro salto de un personaje serial al largometraje y en este caso el desastre es más complejo que en Trompa Tren. Mario Rivas, recordadísimo por el importante cortometraje El bohío (1984), creó a Fernanda como una historieta y de ahí ha migrado hacia otros soportes. Su intención en esta película es patriótica: rescatar un documento relacionado con la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Este paseo por el pasado quiere reforzar en las infancias una férrea admiración por la cultura y los objetos militares que puede resultar incómoda y anacrónica. Conservar la estética original en Flash en la que fue creada el personaje hace diez años da una sensación también de estar frente a una pieza de museo que, detrás de su escaparate, es incapaz de hablar al presente y al futuro.

Hay otros dos largometrajes que vi en 2022, pero que apenas en este año tuvieron su recorrido por festivales y acumularon varios reconocimientos: Perlimps del brasileño Alê Abreu y La otra forma del colombiano Diego Felipe Guzmán. De ambas ya escribí en este espacio, por lo que cerraré este texto hablando de lo que me parece por mucho lo más destacado del año en la animación latinoamericana: los cortometrajes.

Carlos Montaña (2022) de la argentina Ita Romero es una absoluta rareza por la decisión de contar una historia acudiendo a una técnica ya casi en desuso: la animación sin cámara. Más extraño es que lo que veamos sea una propuesta totalmente narrativa con una técnica que suele relacionarse con lo abstracto. Pero el experimento de Ita se vuelve memorable también por el dinamismo de la imagen al interior de cada cuadro, evitando en todo momento la repetición y la monotonía. Lo que se cuenta no deja de ser ejemplar: el compromiso radical de un hombre con la lucha por la justicia y la dignidad, aún en medio de la persecución más hostil y tenebrosa (de ahí la continuidad anímica e ideológica que guarda con Un oscuro día de injusticia [2018] de Daniela Fiore y Julio Azamor).

Carne de Dios

Carne de Dios (Patricio Plaza, 2022).

En las salas de La Habana también pude ver La perra (Carla Melo, 2023) y Carne de dios (Patricio Plaza, 2023), dos de las animaciones más celebradas del año. En La perra somos enfrentados a un paisaje grotesco de criaturas animales con comportamiento humano y al descubrimiento de la violencia implicada en el sexo. Carne de dios es una exploración cartoonesca e igualmente esperpéntica de las creencias y prácticas mágicas asociadas al consumo de hongos alucinógenos. Ambas, no obstante, tienen una intención más afilada pues poseen miradas desencantadas de toda ideología y al mismo tiempo comprometidas con mantener, aunque sea en un resquicio, un vestigio de lo humano frente al dolor causado por las violencias patriarcales y coloniales, respectivamente, apostando por la creación de una carnalidad y un erotismo exclusivo de la animación.

Fuera de este tríptico excepcional hay otro puñado de títulos mexicanos que no puedo dejar de mencionar en este recuento: Nyanga (2022) de la directora eritreo-mexicana Medhin Tewolde, que nos acerca con la técnica de sombras a esas otras oscuridades que han ido quedando ocultas en la historia de México y que apenas comienzan a redescubrirse. En las antípodas, está Trasiego (2023) de Amanda Woolrich, un diálogo intergeneracional sobre la vida y la muerte, una defensa del recuerdo y la esperanza acompañado de figuras que atormentan al mismo tiempo que vigilan: una silla vacía, un cofre, una calavera, un diario, todo ese mapa de objetos que vamos heredando en nuestro paso por el mundo.

Humo (2023) de la experimentada animadora de Guadalajara Rita Basulto emprende una nueva crítica contra las violencias provocadas por regímenes totalitarios, recuperando una historia del Holocausto. Se trata del trabajo más oscuro de Basulto, aunque también del más preciso y limpio técnicamente. Nube (2023) consolida el estilo que Christian Arredondo ha querido construir desde su cortometraje La frontera (2021), en esta ocasión codirigiendo junto a Diego Alonso Sánchez, revistiendo figuras y escenarios muy afines a la estética franco-belga de un tono casi épico. Por último, 11.06.21 23:19 (2022) de Lluvia Anaïs es un cortometraje que apenas se ha podido ver en tres festivales, pero donde la animación desafía el paso del tiempo y aparece como una manera no sólo de conservar un doloroso recuerdo, sino también de intervenirlo. La utilización del vidrio como lienzo tiene una doble repercusión: la de custodiar el material de archivo, pero también la de modificarlo: rayarlo, ensuciarlo, hacerlo volar por el cielo o perderlo entre las olas del mar.

11.06.21 23:19

11.06.21 23:19 (Lluvia Anaïs, 2022).

Por último, el repaso de lo que me ha parecido más destacado no puede dejar fuera el trabajo de los chilenos Cristóbal León y Joaquín Cociña, quienes cada vez se parecen más a Jan Švankmajer, no tanto en su técnica, sino en su espíritu y en el uso chamánico del acto de animar. Este 2023, la dupla León-Cociña participó en la película de Ari Aster Beau is afraid, haciéndose cargo de la que, paradójicamente, creo es la secuencia más luminosa y tal vez más alegre de su carrera. Desde luego que la película de Aster padece una esquizofrenia absoluta, de ahí que detrás de los paisajes azules y verdes, hay también una pesadilla latente. Mucho más cercano al estilo sucio y fúnebre que nos tienen acostumbrados está el videoclip realizado para la canción I inside the Old I Dying de la cantante británica PJ Harvey que se estrenó también en este año. El cortometraje Cuaderno de nombres (2023), exhibido en el FICValdivia, persiste también en esa exploración gótica de las violencias de su país, pero resulta redundante visualmente, incluso agotador, de ahí que su fuerza estética y política luzca menguada. Más importante me parece Vitanuova (2023), de Niles Atallah, miembro también del estudio Diluvio que encabezan León-Cociña. En Vitanuova hay un afán de experimentación y una intención autoral más intacta, donde convive el uso de inteligencia artificial con animación tradicional para contar una fábula anticipatoria llena de enigmas, advertencias y ternura por una especie abocada fatalmente a su extinción.

Más allá de los altibajos que puedan tener algunos directores consolidados o de la incertidumbre que pueda plantearnos la carrera de las y los animadores más jóvenes, hay algo indudable. El poder de la animación latinoamericana hay que buscarlo y seguirlo cultivando en lo pequeño, en lo que se siembra en la orilla, en el borde de la historia, entre el incendio del sueño y de la piel, casi al filo del colapso.    

Vitanuova

Vitanuova (Niles Atallah, 2023).

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