Samsara

El reverso de la muerte Por Adrià Allande González

Samsara desafía la lógica visual al intentar abrir las puertas de lo invisible a través de la imagen. En un principio, este proyecto podría parecer contradictorio, llevándonos a pensar que, debido a la propia naturaleza de la imagen, no sería ni lógico ni posible. Sin embargo, Lois Patiño logra alcanzar su objetivo en la película, la cual para algunos se ha convertido en un milagro dentro de nuestro cine.

Samsara, estrenada a finales de diciembre, marcó el cierre de un año especialmente destacado para el cine nacional. Durante el 2023, vimos surgir directoras emergentes como Laura Ferrès y Estíbaliz Urresola, así como el regreso esperado de un referente de nuestro cine, Víctor Erice. No obstante, faltaba aún una película para completar esta rica cosecha, una propuesta más experimental y vanguardista, alejada de la narración clásica y más cercana al lenguaje del videoarte. Es en este contexto, siempre necesario para nuestra filmografía, es donde encontramos Samsara.

La película está dividida en tres partes que siguen el ciclo de Samsara y representan conceptualmente los viajes y reencarnaciones del alma según la tradición hindú. Lois Patiño filma el recorrido del alma de la protagonista, que parte de Laos y culmina en Zanzíbar, moviéndose de un cuerpo a otro y trazando la línea entre la materialidad y lo inmanente según la filosofía oriental. La conexión entre estas partes se simboliza mediante un puente oscuro, metafórico, pero al mismo tiempo claro y diáfano, siendo este el aspecto más comentado de la película.

Samsara 1

La primera parte se centra en una anciana que está próxima a fallecer. La historia se desarrolla en los bosques y humedales de Laos, ricos en vegetación y cascadas milenarias. Antes de su muerte, su vecino, un niño que está al inicio de la adolescencia, debe recitarle los mantras tibetanos. Estos rituales son fundamentales para completar el ciclo de Samsara y permitir que el alma se reencarne, ya que sin la intervención vocal del otro, la reencarnación no es posible.

Esta primera parte, definida por un tratamiento cromático diseñado por el director de fotografía Mauro Herece, podría describirse como sedosa, ya que la textura se despliega como si hubiera un manto frente a la cámara, bañando con suavidad al mundo que se está grabando. Los colores son vivos, a veces hasta saturados, pero siempre dentro de una armonía que no incomoda al ojo, pues hay un control minucioso por parte de Lois Patiño y su director de fotografía.

Después de esta secuencia, cuando la anciana llega a su fin y fallece, la película se abre o, mejor dicho, se quiebra, de manera similar a lo que sucede en Persona (1966) de Ingmar Bergman. Sin embargo, a diferencia del enfoque sueco, que profundiza en el subconsciente, Lois Patiño lo hace para explorar lo inmanente. Abandonando la representación figurativa, la película se sumerge en pulsaciones cromáticas donde el color emerge y desaparece de la pantalla, creando un espacio de abstracción que perdura alrededor de quince minutos.

Samsara 2

No obstante, lo más significativo de la propuesta, más allá de su atrevimiento, es precisamente que exalta y honra la experiencia en la pantalla del cine, ya que su impacto se aprecia plenamente en este medio. Los ordenadores, teléfonos móviles y tabletas no pueden proporcionar la misma inmersión que ofrece la experiencia de la sala, al menos para una película con este diseño formal. Además del entorno físico, el director también busca la participación activa del espectador, persiguiendo una suerte de coautoría no intelectual, sino sensorial, para completar la película, en caso de que sea posible concluir la experiencia. Al fin y al cabo, al igual que en El año pasado en Marienbad (L’année dernière à Marienbad, 1961), Samsara apunta hacia un modelo de regresión infinita, aunque posiblemente de manera más contenida que la del cineasta francés.

La tercera parte continúa la trama de las anteriores, pero debido a su naturaleza, resulta inconexa. La película sigue el viaje de un alma, o mejor dicho, de todas las almas, ya que no existe una distinción clara entre una y otra. Por eso, no hay un protagonista definido, sino más bien un ideal universal y caleidoscópica que se repite como si fuera un mantra. En última instancia, Samsara representa una búsqueda hacia la totalidad a través de lo particular, convirtiendo la historia en poco más que un preámbulo, porque lo importante no reside en ella sino en lo que hay alrededor de esta, en sus márgenes. Es decir, en aquello que destila significado más allá de su narrativa directa.

Esta última parte, con una directora de fotografía diferente a la primera, en este caso Jessica Sarah, nos lleva a las dunas de África, a la ardiente y rojiza tierra en Tanzania. Abandonamos la exuberante selva del sudeste asiático y somos transportados, o quizás arrojados, como diría Martin Heidegger, a los orígenes de nuestra civilización y su crudeza.

Lois Patiño no solo divide la película en tres partes distintas en su narración, sino que también lo hace en cuanto a la escritura y la forma en que filma cada una de dichas partes. De ahí la acertada decisión de cambiar de directores de fotografía según el escenario de la película. En Tanzania, la puesta en escena no cambia únicamente por razones geográficas, sino también por la escritura de la cámara, guiada por la mano de Jessica Sarah. Esta varía su movimiento, el trabajo de las ópticas, y el modo en que se acerca a los objetos, volviéndose una prosa más áspera, táctil y, a su vez, desequilibrada y vibrante, abandonando el estatismo que caracterizaba la primera parte.

Samsara 3

Si bien la película y el alma permanecen iguales, el cuerpo ha cambiado, lo que transforma el modo de vivir y, por lo tanto, el modo de filmar. En la primera parte, el personaje era una anciana, pero ahora se transforma en una pequeña cabrita que se une a una comunidad de mujeres dedicadas al negocio de las algas costeras en la región. La seguimos en sus primeros pasos, frágiles y tiernos, como los del cuerpo y la materia.

Lois Patiño crea un filme que se adhiere a la filosofía más antigua: la misma que se encuentra en el poema de Gilgamesh, donde las diferencias entre la cultura occidental y la oriental se disuelven en una misma unidad. Presenta el diálogo histórico entre el alma y el cuerpo, así como entre lo humano y lo no humano, abordando la materialidad y lo inmanente, además de representar aquello que no puede ser visto ni comunicado, sino únicamente vivido. La intención de Samsara, en última instancia, es superar la famosa cita de un filósofo que la historia ha considerado analítico, Ludwig Wittgenstein, quien afirmaba que sobre aquello de lo que no se puede hablar es mejor callar. Es innegable que las palabras tienen sus límites, pero donde estas no alcanzan, puede hacerlo la imagen, como demuestra la última obra de Lois Patiño y su viaje a lo inmanente de la vida.

Share this:
Share this page via Email Share this page via Stumble Upon Share this page via Digg this Share this page via Facebook Share this page via Twitter

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>