Sitges 2023

Desgarrando la membrana Por Álvaro Peña

I.

2023 fue convulso para algunos grandes festivales. En el año considerado como el primero pospandemia por una mayoría de industrias, «levántate y anda» no era un mandato divino, sino de los consejos de dirección de las empresas e instituciones interesadas en que hasta los muertos caminaran. Y muchos caminaron, aun sin saber si habían vuelto a la vida.

Es el caso del festival de Rotterdam, que a mediados de 2022 despidió a su núcleo de programadores y lo reemplazó por trabajadores a tiempo parcial sin autonomía para tomar decisiones, centralizándolas en su directora Vanja Kaludjercic. 1 O el de Toronto, cuyo principal patrocinador, la compañía telefónica Bell, le retiró su apoyo al verse perjudicado por sus tratos con Netflix 2. O el de la Berlinale, cuyo director artístico Carlo Chatrian abandonó tras verse desempoderado por priorizar el arte sobre el business 3, sin que el manifiesto de más de trescientos cineastas en su favor torciera la decisión 4. Ha de subrayarse la excepción de Sundance: su primera edición presencial post Covid se saldó con éxito según los parámetros del cine independiente de nuestra época, los cuales cifran la innovación artística en el número de acuerdos millonarios capaces de engrasar la maquinaria un año más 5.

Como era de esperar, nuestra piel de toro también se vio agitada en 2023 por convulsiones más cervantinas que shakespearianas. El festival de Sevilla anunciaba el retraso de su edición a la primavera del año siguiente —al cabo pospuesta a finales de noviembre— para no coincidir con los apalabrados Grammy Latinos, evento devorador de espacios y oferta hotelera. Una decisión condicionada por la marcha súbita de su director José Luis Cienfuegos para colocarse en el festival de Valladolid; la dimisión de José Lucas Chaves, gerente del Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS); y el traspaso de la alcaldía de socialistas a populares 6, resultando en una edición sin apenas impacto fuera del ámbito local 7. Por su parte, San Sebastián sumía su programación en ruido mediático al inaugurarse con una entrevista al etarra Josu «Ternera», trabajo defendido en un abracadabrante comunicado que elevaba a su televisivo autor, Jordi Évole, a epígono de Claude Lanzmann, Rithy Panh y Joshua Oppenheimer 8. La política daba asimismo un susto en Gijón, donde la concejal de Vox anunciaba su intención de imprimir un giro copernicano al festival en 2024 acorde con los valores de su partido 9, provocando un terremoto que se saldaría con la expulsión de la formación ¿conservadora? del gobierno municipal.

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Presentación en Sitges 2023 (© Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya).

¿Cómo aislarse de este viento pospandemia sjöströmiano —para algunos más cerca de Emmerich—, del incesante azote a una cultura en vías de adaptación a la nueva realidad política y económica global? Al menos dos eventos de la provincia de Barcelona darían con la solución: acogerse a sagrado. Es decir, al público. Uno fue la semana gastronómica Tast a la Rambla, cuya 9ª edición batió su marca de visitantes deseosos de degustar sus deliciosas tapas 10. El otro, la 56ª edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, más conocido como festival de Sitges, que luciría ante la prensa su propio récord histórico de público antes 11. y después de su celebración 12.

II.

Desde hace tiempo Sitges se ha amparado en los números para zafarse de la responsabilidad de encontrarse un sentido a sí mismo —y, en consecuencia, de descartar otros—. Hace un lustro festejaba más récords de entradas vendidas 13; hace una década, en plena crisis posburbuja, éramos puntualmente informados del aumento de público respecto a ediciones anteriores 14. El declive del fantástico en aquellos años, paralelo al de la industria del cine en general, era subsumido en informes de ventas como los de cualquier establecimiento de hostelería del pueblo, dependientes del último film de Robert Eggers para vender más bocadillos de tortilla.

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Estadísticas oficiales de Sitges 2023 (© Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya).

Otra seña de identidad estadística que el departamento de prensa se preocupa en destacar es la cantidad de proyecciones, entre otros datos secundarios como el número de alfombras rojas —con la ola woke en recesión dejaron de publicar el de mujeres directoras—. La exhibición de músculo es coherente con una visión de Sitges como evento aglutinador de las tendencias del género, una suerte de Toronto del cine fantástico al que siempre ha aspirado su director Ángel Sala 15.

Este enfoque ha permitido sobrevivir al festival en tanto mantuviera su capacidad de convocatoria, basada en servir a los aficionados al género su atracón anual al margen del mayor o menor acierto programador. Otra ventaja es que permite pastorear diversas instituciones que creen estar haciendo lo propio con el público de Sitges. La realidad es que este suele ser indiferente al bullshit político-corporativo que con regularidad intenta infiltrarse en el festival, promovido —porque no pueden promulgarlo— desde intereses ajenos al fantástico o al cine en general. En los textos de bienvenida del catálogo del festival hallamos ejemplos de la papilla ideológica con que se pretende justificar el ejercicio del poder. Como el de la consejera de Cultura de la Generalitat de Cataluña, Natàlia Garriga, que habla de los «eco-managers» o encargados de «hacer de los rodajes un espacio de transformación verde» en el contexto de una «transición histórica» en la manera de hacer cine 16; o como el de la directora de la Fundación Sitges, Mònica Garcia Massagué, que insiste en la paridad y la sostenibilidad como parte de un «pacto con el futuro de la industria audiovisual» —no con el pasado: significativamente, su discurso solo menciona el moderno Auditori de entre todas las salas de Sitges, en lugar de las tradicionales Prado o Retiro— 17.

Como de costumbre, es el texto de Sala el que deja entrever el auténtico futuro. Pese a su alegato habitual contra las programaciones «fundamentalistas» y las parrillas «cómodas pero obsoletas», reconoce que el «streaming no es la nueva panacea» y señala la importancia de la «memoria histórica del género» que, según sus palabras, hace que siga vivo el formato físico 18. Deja así atrás el entusiasmo con que su dirección acogió el modelo de plataformas hace un lustro, cuando llegó a declarar obsoletas las ventanas de exhibición 19. —profecía cumplida tan solo en el caso de los festivales, desesperados ahora por proyectar perlas de Netflix siquiera unos días antes de su inclusión en el catálogo—, mientras que su apelación a los clásicos invita a airear nuestro criterio y dejar que se disipe el aroma a vanguardia, la colonia barata con que cierto fantástico se ha pavoneado estos años por las secciones oficiales. Sala acierta: tras una década de reinado de un terror cosmético travestido de atmosférico, en Sitges 2023 retorna una pulsión de solidez en la imagen, que demanda grandes pantallas para ser colmada y se reclama heredera —en lugar de enterradora— de esa memoria histórica. La cuestión es si el fantástico actual está preparado para aflojar las riendas de esa pulsión.

III.

Una cinematografía con evidentes problemas para liberar la imagen fantástica es la francesa. Tomemos como ejemplo uno de los títulos estrella de esta edición, Vincent debe morir (Vincent doit mourir, Stéphan Castang, 2023). A priori, la película podría acogerse como enérgica entrada en el subgénero de apocalipsis zombi, reemplazando los muertos vivientes por multitudes espoleadas por un impulso asesino. Así parece rubricarlo una cámara flotante y un diseño de sonido que nos confinan en la perspectiva vulnerable del protagonista, intimidado por un entorno urbano infestado de amenazas; confirma la hábil realización de Castang el equilibrio de la profundidad de campo entre la claustrofobia y la agorafobia, uno de los tropos del subgénero más difíciles de ejecutar. Sin embargo, uno se teme que no fueran tanto estas aptitudes las que valoró el Jurado de la Crítica (premio Citizen Kane al mejor director revelación) como el manejo de los elementos de dramedia que cimentan el relato. Pese a su aparente vigor, Vincent debe morir asume el estado terminal del subgénero, sin fe en sus posibilidades de antaño: ya no hay crítica social, sino aceptación colectiva del egoísmo, que en nuestros días toma la forma de huida con la parejita de un caos que —como la moral— sentimos que no nos atañe. Algo parecido sucede con Acide (Just Philippot, 2023), una de las producciones más cuidadas de Sitges 2023, donde Philippot abandona el extrañamiento cronenbergiano de La nube (La nuée, 2020) para sumirnos en un survival apocalíptico a propósito del cambio climático. Deudora inconfesa de Roland Emmerich, logra envolvernos en el horror combinando deshumanizadores grandes planos generales con un abrumador repertorio de texturas visuales y sonoras, haciendo gala del sadismo rayano en la misantropía que caracteriza al ecologismo profético. No obstante, a diferencia del director de 2012 (2009) y alineándose con Castang, Philippot se empeña en diluir su negra visión de la humanidad en un drama familiar al que se obliga a volver una y otra vez. Un dispositivo narrativo de ascendencia spielbergiana que contradice el discurso contra el tribalismo moderno de sus episodios más terroríficos, en los que asoma una conciencia crítica como único cimiento posible desde el que reconstruir una sociedad digna.

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Vermin: La plaga (2023).

Peor es el caso de la más arrogante que ambiciosa El reino animal (Le règne animal, Thomas Cailley, 2023), cuyos asombrosos efectos especiales —otro merecido galardón— se someten a un drama paternofilial tan solo argumentalmente comparable a Wolf Children (Ookami kodomo no Ame to Yuki, Mamoru Hosoda, 2012), sin retomar tampoco las lecturas generacionales de Teddy (Ludovic Boukherma y Zoran Boukherma, 2020) o las antisociales de la luxemburguesa Wolfkin (Kommunioun) (Jacques Molitor, 2022), por citar títulos recientes donde el relato de lo humano era condicionado por la imagen de lo salvaje, y no al revés. O el de una producción tan codificada como Vermin: La plaga (Vermines, Sébastien Vanicek, 2023) en la que afloran dos concepciones del espacio que se estorban mutuamente: la de género, apenas explotada por su torpe montaje de una invasión doméstica de arañas; y la social, mero bosquejo de la comunidad de un bloque de viviendas marginales —una temática transversal del cine francés contemporáneo— sin la voluntad de La Tour (Guillaume Nicloux, 2022) de exponer el infierno de la multiculturalidad. Ello no fue óbice para que el jurado de la sección oficial, sin duda tras meditarlo profundamente, le concediera un premio especial «por ser una película de monstruos poderosa y política» (sic) 20.

IV.

Como vemos, los mayores enemigos del fantástico no son los censores ni los malos cineastas, sino los grandes artesanos de la narración preservativa, es decir, la que encapsula el discurso rebelde en un envoltorio esterilizador. Siendo esta la especialidad de la cultura francesa de los últimos cincuenta años —modelo de las élites intelectuales del resto del planeta—, no sorprende la avalancha de competentes castradores descrita. En cambio, en Japón no condiciona tanto la cultura como el paradigma industrial. El sistema de comité de producción, predominante en los estrenos comerciales, hacía innecesario el deslustrado talento de Takashi Miike para reducir la premisa de thriller plurisicopático de Lumberjack the Monster (Kaibutsu no kikori, 2023) a simple gimmick argumental. Los giros de guion y la cara bonita de Kazuya Kamenashi, cantante del grupo de idols masculinos KAT-TUN de la turbia agencia Johnny & Associates, son la única apuesta de un Miike incapaz de desafiar la mediocridad institucionalizada de fotografía y montaje del modelo multimedia vigente en el archipiélago, aquí destinado a monetizar la novela homónima de Mayusuke Kurai. Lo más significativo, no obstante, es cómo el director japonés reprime la violencia gráfica que una década atrás aún se atrevía a desatar en historias que la demandaban, como Lesson of the Evil (Aku no kyôten, 2012).

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Raging Grace (2023).

Por otro lado, sería un error atribuir esta política de precintado de lo fantástico únicamente a las presiones de la industria. En Sitges 2023 asistimos a ejercicios autorales con demasiada convicción en su mensaje como para dejar las imágenes danzar libremente en torno a él. Uno de ellos, Raging Grace (2023), nace de una indigestión autobiográfica del británico de ascendencia filipina Paris Zarcilla, quien se lamenta de haber seguido el consejo de sus sacrificados padres —un empleado de hostelería y una limpiadora— de hacer esfuerzos para integrarse en la sociedad de acogida 21. Su búsqueda de las raíces perdidas se traduce en un drama bienintencionado sobre inmigración ilegal más propio de San Sebastián que de Sitges, donde el exotismo de campaña publicitaria de ONG mina una premisa gótica que solo parece preocuparse en desarrollar el gran David Heyman, componiendo un villano de aire vampírico más atractivo que la alternativa anticolonial encarnada por las protagonistas. Más frustrante (por prometedora) está siendo la carrera del mexicano Jorge Michel Grau, director que no culpa de todo a la sociedad como Zarcilla, sino a la dificultad de integrar en esta lo monstruoso de cada uno de nosotros, como retrata el complejo rol de la familia en sus películas. Aun entregada a una entusiasta metáfora licantrópica, Rabia adolece del mismo ritmo irregular que la celebrada Somos lo que hay (2010) —sendas partes de una trilogía temática que Grau planea culminar próximamente—, síntoma del exceso de ambición de su tejido dramático, pese al sustrato autobiográfico que confiere autenticidad a los personajes y su entorno —la urbanización cerrada enmarca el relato en la distopía real de México—. No ayuda el empeño de su autor de no exhibir el monstruo, lo que obedece menos a una visión respetuosa de los mitos clásicos (vampiros, hombres lobo) que a lecciones de escuela de cine mal asimiladas. De nuevo nos topamos con el miedo a la imagen libre, convocante de esfuerzos de productores y realizadores para construir un audiovisual profiláctico que la contenga. Al menos hasta que saque las garras.

V.

Pero ¿en qué consistiría tal liberación? ¿Basta la mera profusión de escenas impactantes, provocadoras? No se trata tanto de cantidad o de fuerza como de movimiento. En el punto anterior abordábamos núcleos narrativos que, como agujeros negros, se tragaban toda imagen sugestiva, subordinándolas a una ilusión de coherencia dramática. Desafiar la tentación del falso relato —el que impide contar el verdadero— precisa de movimientos centrífugos que alejen la expresión a territorios donde sus convenciones no gobiernen.

Para lograrlo, por ejemplo, a F. Javier Gutiérrez le basta con plantear La espera (2023) en sentido contrario al de Grau, renunciando a la contención que a priori demandaba su propuesta. Ambientándola en la Andalucía de los años setenta, cuando la diferencia de clase imponía arreglos convenientes para los de arriba y condenatorios para los de abajo, el director cordobés podría haberse conformado con pasar por epígono de Carlos Saura ciñéndose al registro de thriller rural hasta sus últimas y previsibles consecuencias. La atmósfera asfixiante y polvorienta, el ritmo pegajoso, el aislamiento de la familia del protagonista o la caracterización de este, huraña pero vulnerable —Víctor Clavijo merecía el premio que finalmente se llevó Karim Leklou por Vincent debe morir—, nos hacen aguardar la catarsis violenta en dos actos (crimen y venganza) que tantas veces hemos observado a partir de premisas semejantes. Pero Gutiérrez tiene el valor de desfigurar este esquema prestado con hechos extraordinarios; los cuales, en lugar de elevarnos a la metáfora social o de reafirmar el macabro espectáculo de lo humano, desplazan el eje a la relación entre el individuo y el orden auténtico que dicta su destino. Un contraesquema similar al de You’ll Never Find Me (Indianna Bell y Josiah Allen, 2023), cuyo metraje parece instalarse en un juego del gato y el ratón entre un hombre maduro y una chica joven, con unidad de espacio y tiempo —una caravana aislada en una noche de tormenta— orientada a acumular tensión: ángulos de cámara incómodos, diálogos cadenciosos, un interior laberíntico y tachonado de sombras, una tormenta que azota puertas y ventanas… Delicada construcción que salta en pavesas tras el aterrizaje forzoso en lo puramente fantástico, reordenando la ficción en torno a un juicio moral inapelable.

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Stopmotion (2023).

La imposibilidad de conciliación de cierto terror contemporáneo con las estructuras clásicas (introducción, nudo y desenlace) se constata en The Funeral (Cenaze, Orçun Behram, 2023), relectura necrófila del tropo del vampiro y su cochero (un empleado de funeraria) que debería haber consagrado al director de The Antenna (Bina, 2019) como valor al alza del género, antes de que uno de los clímax más ridículos de Sitges 2023 se llevara por delante las estampas góticas de sumisión, identidad y existencias límbicas que previamente nos había regalado. También en Stopmotion (Robert Morgan, 2023), sensación tanto del Fantastic Fest —premio al Mejor Director— como de Sitges —premio especial del Jurado, curiosamente ex aequo con otra triunfadora del certamen de Austin, Vermin: La plaga—, la cual, como anticipa su título, recupera la animación «fotograma a fotograma» en clave macabra a través de una problemática integración en la diégesis de la película. Porque el elemento subversivo no son los grotescos muñecos animados por la protagonista, a fin de cuentas una recuperación de la estética que asentó para la posteridad Jan Švankmajer —como el propio Morgan reconoce 22—, sino su significación como invectiva contra el conformismo social a raíz de la conciencia de las propias limitaciones, desencadenada a su vez por una figura maternal opresora. Morgan apenas logra conectar la exuberante animación con los mecanismos del thriller que activa semejante cuadro psicológico, evidenciando que en esta edición no hay problema de imaginarios, sino de construcción fílmica de discurso más allá de su reiteración.

VI.

Al hacer un movimiento de apertura como los mencionados, la imagen fantástica se desgaja de esquemas cinematográficos en crisis, incapaces de reprimir la salvaje expansión de una tradición ficcional y estética de mayor arraigo. Este desgarro de la membrana cultural-industrial puede resultar en películas contrahechas, mas no ilegítimas, porque al menos tratan de sortear la insuficiencia de un lenguaje prestado y, en última instancia, servil a intereses ajenos a los propios autores que lo emplean. En cambio, hay que cuidarse de ciertos filmes de «fantasía total», a menudo largos construidos a partir de la acumulación de ideas para cortos, acomodados fuera de esa zona de guerra entre el discurso y la utilidad con la excusa de plantear universos o planos de realidad alternativos.

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Moon Garden (2022).

Quizá el paradigma en Sitges 2023 de este tipo de artefactos fuera la ganadora de la sección Noves Visions Moon Garden (2022), ópera prima del montador y director de sonido Ryan Stevens Harris, quien pone ante las cámaras a su hija de 4 años (Haven Lee Harris) para protagonizar el viaje onírico de regreso a la conciencia de una niña accidentada a raíz de una disputa doméstica entre sus padres. La película espolea el fetichismo cinéfilo por los 35mm —está rodada en rollos viejos de celuloide; eso sí, sin renunciar a la corrección digital de la imagen a posteriori—, la animación stop motion y los efectos analógicos; el conjunto es una plataforma vintage de metáforas pueriles (en todos los sentidos) que usa los flashbacks y el montaje entre lo real y lo soñado para autoexplicarse. Algo mejor funciona Pandemonium (Quarxx, 2023), colección de relatos ahormados por la recuperación literal del concepto del infierno; entre la parábola y la gamberrada, responde a su título con una serie de estampas contundentes y deslavazadas en torno al fracaso vital. Por desgracia, su final inconcluso y su vocación de suplemento dominical de representar debates sociales hacen de ella una obra más convencional de lo que se nos presenta.

Esta veta del género, que pasa por carrolliana para evitar su comparación con otros ascendentes desacreditados por el statu quo cultural como Terry Gilliam o Jean-Pierre Jeunet, suele superar el filtro de selección de los festivales por sus mensajes explícitos y sus imaginarios chillones —ejemplos en ediciones recientes de Sitges son Paradise Hills (Alice Waddington, 2019) o The Blazing World (Carlson Young, 2021)—; sin embargo, en la actualidad representa una vía muerta para una imagen fantástica que ya no puede ser autocontenida, sino que ha de partir de la realidad o de otras imágenes para ganar ese momentum centrífugo que le permita romper la barrera de un lenguaje periclitado.

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Hermana Muerte (2023).

De entre los cineastas de la última edición de Sitges pocos entienden mejor que Paco Plaza la oportunidad de esta liberación referencial. Una década atrás el suyo era un fantástico más de caligrafía que de gramática, continuador de una tradición que, aun en desuso, resistía por la crisis de su alternativa en un contexto industrial posformalista. En Verónica (2017) devenía correlato fantasmagórico de las cargas familiares de una adolescente; más que perturbador, concordante con un fondo de desolación y tristeza. Pero ya Quien a hierro mata (2019) era culminado por una imagen de puro horror ajena a las convenciones del thriller, insuficientes para expresar el pozo de nihilismo al que se precipitaba su protagonista, mientras que en La abuela (2021) la puesta en escena se encomendaba a James Wan para fugarse del paralizante guion de Carlos Vermut. Por fin, Hermana Muerte (2023), título inaugural de Sitges 2023, más que un avance supone un punto de inflexión en la carrera de Plaza, a partir del cual son las imágenes las que demandan una trama que las sirva. Este spin-off de Verónica parte de una visión infantil —en sentido creativo— de lo católico que explota su potencial iconográfico para representar la dualidad del Bien y el Mal. Pero estos términos terminan confundiéndose, hasta el punto de problematizar el imaginario maniqueo de la memoria histórica del que parte el guion de Jorge Guerricaechevarría y Plaza: el blanco inmaculado del hábito de las monjas, similar a los de las novicias de las dominicas o las agustinas, no representa tanto la inocencia como el opacamiento de aquello que la perturba; por otro lado, las escenas que profanan el orden conventual remiten, más que a la destrucción blasfema, a la reparación veterotestamentaria. La complejidad del dispositivo audiovisual es notoria si consideramos que estos postulados estéticos de raigambre sacra y litúrgica se entreveran con los de otra tradición: la de cierto fantástico español, cuyo sentido de lo gótico pervive en el cine de Plaza. La gradación lumínica que guía la mirada de la luz a la oscuridad, el diseño de interiores como reflejo de realidades más allá de la razón, las simetrías de índole pagano o el montaje extático de fenómenos naturales, entre otros recursos, conforman un universo difícilmente compatible con ritmos y códigos comerciales, pero capaz de despistar al algoritmo de Netflix, donde poco después se estrenaría sin pasar por salas. Paco Plaza libera su cine y nos hace más libres a nosotros.

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  1. HOOLBOOM, Mike (2022): “Rotterdam and the Accountant Revolution”, en Panorama-Cinéma. https://www.panorama-cinema.com/V2/article.php?categorie=17&id=990.
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  3. LOPEZ, Kristen (2023): “Tension at the Berlinale: Artistic Director’s Exit Reflects Trouble at Major Festivals”, en TheWrap. https://www.thewrap.com/berlin-film-festival-berlinale-carlo-chatrian-controversy/.
  4. TABBARA, Mona y MACNAB, Geoffrey (2023): “ Nearly 300 and counting leading film figures call for Berlinale’s Carlo Chatrian to stay in open letter”, en Screen Daily. https://www.screendaily.com/news/nearly-300-and-counting-leading-film-figures-call-for-berlinales-carlo-chatrian-to-stay-in-open-letter/5185607.article.
  5. LEE, Chris (2023): “Sundance’s Existential Crisis Yielded Back-to-Back Megadeals”, en Vulture. https://www.vulture.com/2023/01/sundance-2023s-existential-crisis-yielded-mega-movie-sales.html.
  6. Cine con Ñ (2023): “Habrá Festival de Sevilla en 2023, en edición reducida y a final de noviembre para no coincidir con los Grammy”, en Cine con Ñ. https://cineconn.es/festival-de-sevilla-2023-noviembre-ayuntamiento/.
  7. LOMBARDO, Manuel J. (2023): “¿A quién pretendían engañar?”, en Diario de Sevilla. https://www.diariodesevilla.es/festivaldecine/balance-SEFF-Festival_de_cine_de_Sevilla_0_1852614905.html.
  8. REBORDINOS, José Luis (2023): “Comunicado del festival de San Sebastián”, en la web oficial del festival de San Sebastián. https://www.sansebastianfestival.com/2023/noticias/1/21000/es.
  9. ANTUÑA, M.F. (2023): “Vox plantea para 2024 el final del FICX como festival de cine independiente”, en El Comercio. https://www.elcomercio.es/festival-cine-gijon/ficx-gijon-cambios-2024-vox-20231004122844-nt.html.
  10. Metrópoli (2023): “Un ‘Tast a la Rambla’ por todo lo alto: récord de asistentes y deliciosas tapas y degustaciones”, en Metrópoli. https://metropoliabierta.elespanol.com/vivir-en-barcelona/20230611/un-tast-la-rambla-por-todo-lo-alto-record-de-asistentes-deliciosas-tapas-degustaciones/770672975_0.html.
  11. Festival de Sitges (2023): “El Festival de Sitges bate récords históricos en la venta de entradas”, en la web oficial del festival de Sitges. https://sitgesfilmfestival.com/es/noticies/festival-sitges-bate-records-historicos-venta-entradas.
  12. Festival de Sitges (2023): “¡Récord histórico de público!”, en la web oficial del festival de Sitges. https://sitgesfilmfestival.com/es/noticies/record-historico-publico.
  13. Cine & Tele (2018): “El Festival de Sitges sigue creciendo y bate su récord de entradas vendidas”, en Cine & Tele. https://www.cineytele.com/2018/10/17/el-festival-de-sitges-sigue-creciendo-y-bate-su-record-de-entradas-vendidas/.
  14. 20minutos (2013): “Llega el Festival de Sitges con menos presupuesto y más entradas vendidas”, en 20minutos https://www.20minutos.es/noticia/1940272/0/festival-sitges/menos-presupuesto/mas-entradas-vendidas/.
  15. La Vanguardia (2015): “ Ángel Sala (Sitges): «Seguimos siendo un país hostil al cine de género»“, en La Vanguardia. https://www.lavanguardia.com/cultura/20150708/54433793906/angel-sala-sitges-seguimos-siendo-un-pais-hostil-al-cine-de-genero.html.
  16. GARRIGA, Natàlia (2023): “Bienvenida”, en Sitges 2023 (catálogo del festival). Fundació Sitges Festival Internacional de Cinema de Catalunya. p. 7.
  17. GARCÍA, Mònica (2023): “Sitges 56, pacto con el futuro”, en Sitges 2023 (catálogo del festival). Fundació Sitges Festival Internacional de Cinema de Catalunya. p. 10.
  18. SALA, Ángel (2023): “Bienvenida”, en Sitges 2023 (catálogo del festival). Fundació Sitges Festival Internacional de Cinema de Catalunya. p. 9.
  19. SALA, Ángel (2023): “Bienvenida”, en Sitges 2023 (catálogo del festival). Fundació Sitges Festival Internacional de Cinema de Catalunya. p. 9.
  20. Festival de Sitges (2023): “Palmarés”, en la web oficial del festival de Sitges. https://sitgesfilmfestival.com/es/actualitat/palmares/2023.
  21. GINGOLD, Michael (2023): “Exclusive Interview: Writer/director Paris Zarcilla on his superb domestic fright film “RAGING GRACE””, en Rue Morgue. https://rue-morgue.com/exclusive-interview-writer-director-paris-zarcilla-on-his-superb-domestic-fright-film-raging-grace/.
  22. ROBINSON, Tasha (2023): “Stopmotion director says his brand of animation is necromancy”, en Polygon. https://www.polygon.com/24079628/stopmotion-movie-director-interview-stop-motion-animation-necromancy.
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