Tres momentos de lucidez cinematográfica

Por Yago Paris

En el presente texto me gustaría destacar una serie de momentos con los que me he encontrado a lo largo de la cobertura de la octava edición del Novos Cinemas, Festival Internacional de Cinema de Pontevedra. Se trata de instantes que han logrado sorprenderme, romper mis esquemas, zarandear mis expectativas, o todo a la vez. Asistir a festivales de cine se convierte, en la mayoría de casos, en la observación de tendencias, lugares comunes y giros habituales de la narración cinematográfica. Sin ánimo de quejarme por el nivel general del cine de festivales actual, lo cierto es que habitualmente uno se conforma, más que con encontrar buenas películas –algo que, en función del caso, puede ser una tarea altamente infructuosa–, con localizar pequeños detalles, ráfagas de inspiración que ofrezcan algo diferente y valioso a la biblioteca mental que uno lleva consigo y que, con el paso de los años, cada vez es más difícil de renovar con momentos que sorprendan al ojo crítico.

I) Destapar el pastel

There is a Stone (Ishi ga aru, Tatsunari Ota, 2023) quizás sea mi película favorita de esta edición de Novos Cinemas, o, cuando menos, la que más aprecio a nivel cinematográfico. Esto se debe a su capacidad para ofrecer tanto a partir de tan poco, de una propuesta que voluntariamente se fuerza a ser mínima. La historia narra un día en la vida de la protagonista, quien deambula por una suerte de no-lugares, dejándose sorprender por las interacciones humanas que se establecen de manera inesperada. Al mismo tiempo, y de manera subliminal, la obra en realidad nos está contando la incomodidad y la constante sensación de alerta que una mujer debe tener a la hora de interactuar con desconocidos varones. Tras haber sentido el miedo de viajar en el coche de un señor que se ha ofrecido a ayudarla, y de jugar libremente con un grupo de niños, la protagonista pasa la mayor parte del metraje interactuando con un joven de edad similar a la suya, cuyas intenciones nunca termina de descifrar. El joven se comporta como un niño, por lo que rápidamente se ponen a jugar con lo que tienen a su alrededor: piedras, palos, arena. A lo largo de su interacción se producen una serie de momentos donde la joven duda sobre lo que está ocurriendo: ¿La está cortejando, o son juegos inocentes? ¿La está llevando poco a poco a un lugar donde abusará de ella, o simplemente están explorando el lugar?

La duda parece inevitable, y esta se pone de manifiesto al caer la noche, cuando la joven no puede evitar poner el tema sobre la mesa, preguntándole de manera agresiva cuáles son sus intenciones, algo que el joven no termina de entender. De esta manera cristaliza la incapacidad de una mujer para sentirse libre y segura en la interacción con hombres desconocidos, hasta el punto de tener que abortar una interacción que en realidad le estaba resultando profundamente reveladora sobre la manera en que, como sociedad, los individuos coartamos nuestra capacidad para hacer cosas nuevas y dejarnos sorprender por las posibilidades de la existencia, arrollados por una rutina que define de antemano nuestro día a día. Esta escena, combinada con la posterior en que el joven escribe en su diario lo que ha acontecido a lo largo del día, poniendo de manifiesto su carencia de intenciones espurias hacia la joven, culminan este momento de brillante lucidez analítica a través de lo cinematográfico.

There Is a Stone

There is a Stone (Ishi ga aru, Tatsunari Ota, 2023).

II) Violar el plano

The Bride (Myriam Uwiragiye Birara, 2023) narra la historia de una joven que es secuestrada por un grupo de hombres y violada por uno de ellos, con quien posteriormente es forzada a casarse, lo que la lleva a tener que mudarse a vivir con él justo cuando estaba a punto de irse a la universidad a estudiar. Estamos, pues, ante una historia profundamente violenta, tanto en el plano físico como en el psicológico. Sucesivos encuentros con el hombre, quien la fuerza a tener sexo con él, así como el estado de enclaustramiento forzado y, en principio, para el resto de su vida, llevan a la protagonista a vivir un calvario, para el que encuentra cierto alivio en la prima del marido, que vive en la misma casa que ellos.

Con ella comienza a establecer una relación de complicidad, que inicialmente supone una válvula de escape para su situación, pero que, con el paso del tiempo, se convierte en un elemento fundamental en su vida. Entre ellas, por tanto, se establece una interacción de enorme complicidad y comprensión mutuas. Así, la película oscila entre la violencia con el marido y la felicidad con la prima de este. Un plano condensa esta situación de manera brillante. Se trata de un plano general fijo que filma a las dos mujeres jugando alegremente a un juego de palmas. La conversación instala al público en un estado de complicidad amable con los personajes. Al cabo de un tiempo, en ese mismo plano, aparece al fondo el marido, que solicita a la mujer que acuda con él para mantener relaciones sexuales. Lo más brutal del plano es la manera con que, antes de que este hable, su mera presencia transforma la escena, casi como si el propio plano hubiera sido modificado fotográficamente, adquiriendo repentinamente un tono sombrío. Nada de esto sucede, y es todo mérito de la capacidad de la cineasta para condensar narrativamente las ideas del filme en un único plano, bien pensado a nivel de composición y bien ejecutado a nivel de tono y ritmo.

The Bride

The Bride (Myriam Uwiragiye Birara, 2023).

III) Modelos bressonianos enfurruñados

Quizás lo que más llama la atención de Abril, verde, amarillo (Santiago Aulicino, 2023) es el desconcertante tono de su narración. El cineasta narra la historia de un grupo de jóvenes que viven, durante un fragmento de tiempo inconcreto, experiencias cotidianas que no parecen llevar a ningún lugar. Esto, per se, ya genera un cierto desconcierto en la audiencia. ¿Cuáles son los objetivos de la historia? ¿Qué se pretende mostrar? ¿Hay algo más allá de esa cotidianidad extrañada?

El segundo elemento, y quizás el que más estupor genera, es el comportamiento de sus protagonistas, todos ellos dominados por una presencia que se podría asociar en cierta manera a los modelos bressonianos, los actores a los que Robert Bresson despojaba de toda expresividad interpretativa al uso para encarnar a sus personajes. En el caso del filme argentino, el tono liviano y la cierta gravedad de sus declamaciones, casi como si estuvieran enfadados o fueran ariscos, dan lugar a una sorprendente mezcla tonal cuyo resultado necesariamente es la hilaridad extrañada. Quizás la mejor escena que representa esta situación es aquella donde uno de los personajes principales, Ingrid, habla con la profesora de gimnasia. La protagonista está grabando los ejercicios de las niñas, como parte de su trabajo –ha sido contratada por el colegio para hacerlo–. La profesora quiere acceder a dicho material para mejorar el entrenamiento de las pequeñas, pero Ingrid no tiene la potestad de ceder dichas imágenes sin la autorización de la dirección del colegio. Entre ellas se desarrolla una conversación seca, donde el acertado ritmo de las réplicas, el tono arisco de sus voces y la inexpresividad de sus cuerpos dan lugar a una escena hilarante.

Ninguna de estas tres películas es una obra deslumbrante, y, desde luego, cada una de ellas cuenta, en mayor o menor medida, con irregularidades. Sin embargo, lo que caracteriza a las tres es su capacidad para ofrecer momentos que me han sorprendido profundamente, y que con total seguridad permanecerán en mi mente mucho tiempo después de la finalización de la cobertura del festival. En un presente saturado de oferta cinematográfica, en muchos casos irrelevante, y en una historia del cine plagada de obras maestras, en ocasiones uno, más que buscar un filme incontestable, solo necesita un instante de lucidez que le cambie el día. Y estas tres películas lo lograron conmigo.

Abril, verde, amarillo

Abril, verde, amarillo (Santiago Aulicino, 2023).

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