Un monde

Por Javier Acevedo Nieto

Comienza con un abrazo. Sigue con un abrazo. Termina con un abrazo. Cuando se es un niño abrazar es un gesto rutinario, quizá porque cuando se es niño el amor algo que se da por hecho, que existe. Abel abraza a Nora, su hermana pequeña, justo antes de que está empiece su primer día en el colegio. Comienza una inmersión sensorial en el universo del niño. Brota un pequeño recuerdo que acompañará durante toda la historia y que recuerda que ser niño es vivir en un estado de permanente intensidad, de permanente juego con las emociones, de permanentes extremos.

Porque somos adultos al principio de la película pero dudaremos de todo. Pensaremos que la directora Laura Wandel va a someternos a algún tipo de relato crudo del bullying. Los planos cortos y los primeros planos harán sentir el peso del niño jugando a ser adulto. El fuera de campo nos llevará a pensar que lo único que importa es el universo de esa niña: universo claustrofóbico, universo cerrado en sí mismo, universo en permanente regresión. El encuadre completamente desenfocado nos va a llevar a pensar que, tarde o temprano no ahora, va a sufrir. En definitiva, tenemos miedo a que Laura Wandel también nos diga que la infancia era otra época más en la que todo lo que teníamos era miedo.

Pero somos adultos. Y Un monde (2021) es una película de niños. Además, olvidamos lo que era ser niños. No hay problema, la cineasta se encarga de recordarnos en qué consistía eso. ¿Se acuerdan? El ruido constante, las jerarquías sociales, el miedo a ser diferente. Empezamos a pensar que la película es una inmersión en la niñez a través de pequeños dejà vus que forman parte de la patria del recuerdo individual: para algunos será atarse los cordones por primera vez, para otros el balonazo en la cara, para otros ese primer amor que amenaza con ser el último que se siente así. Comenzamos a entender y el miedo desaparece. Los primeros planos encapsulan a Nora porque su visión lo es todo, el fuera del campo nos recuerda una época en la que éramos nosotros y el mundo alrededor, en lugar de nosotros alrededor de un mundo demasiado conocido, el desenfoque es aquí una herramienta de inmersión en la que el patio de recreo de la vida era pequeño y enorme, aterrador y acogedor y, sobre todo, nuestro y del resto.

No hay crueldad, tampoco conmiseración ni tentaciones de dramatizar. La infancia es una tabula rasa donde inscribir todo aquello que nunca seremos en barro para, con el tiempo, ver marcas de lo que fuimos en arcilla. Todo comienza con un abrazo, sigue con un abrazo y termina con un abrazo. Abel y Nora se dicen cosas imperdonables para los adultos, pero los primeros aman y los segundos temen. La inmersión infantil de Wandel está preparada para que el abrazo signifique: abrazar no para fundirse con el otro, sino para dejar de ser uno durante unos instantes. En un mundo perfectamente comunicado, qué difícil es comunicarse bien, Wandel parece saberlo y nos devuelve el primer plano, el abrazo, la bonita intuición de que todo se puede perdonar. En realidad, siempre fuimos niños, hasta que dejamos de serlo. Esperamos en el lugar donde hay recuerdo, deseo y olvido: cancelamos futuros para que Wandel nos muestre que vivimos donde siempre querríamos haber estado, no donde estamos. Ser niños y sentir que todo está lleno y nada está dicho del todo. Un monde y la experiencia de la infancia: mirar y sentir el calor de la infancia y el frío de la madurez. En el patio de las imágenes que limpian los restos de estos días volver a ser niño se siente como hacer un huequito en la mirada que no sabíamos que aún estaba ahí.

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