Belfast

La vida de Gilderoy Lockhart Por Raúl Álvarez

En 1989, con tan solo 29 años, Kenneth Branagh sintió el deseo irreprimible de contar sus memorias. Publicado al mismo tiempo que se estrenaba Enrique V (Henry V), Beginning es la crónica en primera persona de su vida, obra y milagros, desde su infancia en un barrio obrero de Belfast hasta el descubrimiento de Shakespeare y su irrupción en la escena londinense con su primera troupe de teatro, la compañía Renaissance. Con su habitual locuacidad, Branagh inyecta pasión a un relato a todas luces hiperbólico y afectado –como es él–, antes hagiografía que reflexión sincera sobre el “nuevo Laurence Olivier”, como le definió The Guardian tras el éxito de Enrique V. Recordar las palabras de Beginning para pensar las imágenes de Belfast se antoja necesario por cuanto Branagh fue, es y será un magnífico farsante, dicho sea sin connotación peyorativa alguna. Representa y continúa la tradición de bufones, camaradas y comediantes que han inspirado algunas de las mejores páginas del teatro en las islas británicas. Más cerca, por tanto, de Falstaff –su personaje favorito, como ha confesado en varias ocasiones– que de Hamlet, el actor, director y guionista de origen irlandés ha destacado siempre por comerse una y contar veinte, y eso vuelve a notarse en Belfast. Más aún si cabe que en otras ocasiones, porque hay un precedente literario que desnuda la gravedad y la refleja como caricatura.

Los trabajadores borrachos y violentos que describe en Beginning son ahora alegres soñadores; las duras ausencias de su padre por motivos laborales se narran hoy como el juego del escondite; la severidad de su madre se ha tornado en fragilidad y empatía; ni una palabra de la riqueza familiar –los Branagh poseen una importante explotación ganadera– que le permitió salir de Irlanda, establecerse en Reading y matricularse en la Royal Academy of Dramatic Art; y, por supuesto, ninguna apreciación sutil del conflicto que desangró su país. Es bastante significativo al respecto que no se pronuncie ni una sola vez la palabra IRA, cuando esta organización ya operaba antes de la marcha de los Branagh, como lo es también el hecho de que no se vea ni una sola gota de sangre. Se podría argumentar que Belfast proyecta la mirada de un niño o que la película no es un retrato explícito de la infancia de Branagh, sino un homenaje a una de tantas inocencias que entonces, en 1969, tuvieron que madurar bajo el sonido de los disparos. Basta analizar la planificación y leer alguna de las entrevistas de promoción concedidas por Branagh para saber que lo primero es absurdo y lo segundo, incierto. La cámara privilegia la mirada de sus padres, en particular la de su madre, y claro que este es un pedacito de su vida, pero con más barro hecho de chocolate del que él mismo se lanzó en Beginning.

Belfast

Notas de vida aparte, siempre cuestionables, siempre dadas a la fantasía por quien las cuenta, llámese Branagh, Cuarón (Roma, 2018), Sorrentino (Fue la mano de dios, 2021) o próximamente Spielberg (The Fabelmans, 2022), el principal problema de Belfast radica en la confusión de su estilo cinematográfico. Resulta problemático trasladar el fondo de la retórica dickensiana –Buddy (Jude Hill) es una variación optimista de Oliver Twist, y a su alrededor se construye la clásica historia de iniciación– a un dispositivo formal, efectista, que la niega. El síntoma más visible de este efecto es la fotografía en blanco y negro de Haris Zambarloukos, cómplice de Branagh desde La huella (Sleuth, 2007), que no logra superar las limitaciones de una cámara tan sobrevalorada como la Arri Alexa Mini LF; ciertamente, un modelo ligero y flexible que permite rodar rápido, pero de dudosa eficacia para codificar la luz en texturas expresivas. En las escenas en color, en cambio, la Panavision 65 sí le permite a Zambarloukos hacer lo que mejor sabe: dar volumen a las formas a partir de tonalidades primarias. Otro asunto es que esas tomas sean postales inanimadas al ritmo de Van Morrison.

Esta disonancia constituye el viejo talón de Aquiles en parte del cine de Branagh; el mismo por el que se rompen Morir todavía (Dead Again, 1991), Hamlet de Kenneth Branagh (Hamlet, 1995), el remake de La huella o sus recientes adaptaciones de Agatha Christie. No digamos ya encargos tipo Thor (2011) o Jack Ryan: Operación Sombra (Jack Ryan: Shadow Recruit, 2014), en los que la escisión entre guion literario e imágenes es una brecha que despersonaliza cualquier intento de autoría por su parte. Cuanta menos seriedad y más ligereza, mejor es Branagh como ese cineasta de la ironía que asoma de tanto en tanto. Si el papel de Ciarán Hinds en Belfast responde a un hombre auténtico, y así lo parece porque es el personaje mejor definido de todos, este es sin duda el referente clave para entender el humor y el sarcasmo que transmite el cine de Branagh cuando se decide a representar el mundo como un teatro. “Las verdades, en camisa de seda”, dice Oberón en El sueño de una noche de verano. Del mismo modo, Branagh es certero y maravilloso cuando se borra del primer plano y deja espacio al drama en su forma más natural y humanista. Por eso siguen funcionando Los amigos de Peter (Peter’s Friends, 1992), Mucho ruido y pocas nueces (Much Ado About Nothing, 1993), En lo más crudo del crudo invierno (In the Bleak Midwinter, 1995) o sus injustamente olvidadas versiones de Trabajos de amor perdidos (Love’s Labour’s Lost, 2000) y Como gustéis (As You like It, 2006).

Hay una excepción reciente y relativamente desconocida. En El último acto (All is True, 2018) conjuga, en tono comedido y sereno, Historia, historia e historias para evocar los últimos días de William Shakespeare, a quien interpreta el propio Branagh. A diferencia de Belfast, aquí los apuntes de una biografía son versos, no enunciados indicativos, cuya verdad se revela en la actitud solemne de las máscaras. Acaso por primera vez en su carrera, la tragedia es verosímil porque cada personaje concilia en su actitud la psicología compleja que los define. Luces, sombras y la fisura que cose ambas. Las imágenes limpias y abrillantadas de Belfast no desprenden verdad, salvo esbozos puntuales en la relación de Buddy con sus abuelos, porque sus protagonistas no tienen dobleces. El verdadero Branagh está en otra parte, tal vez en Hogwarts, firmando autógrafos mientras mira de reojo a ver quien puede pillarle haciendo trampas al solitario.

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